Por Juan Carlos Castellanos.
Desde niño quise ser periodista. Casi siempre nadando contra corriente, logré ingresar al medio, pero nunca me he llamado “periodista”, siempre me ha parecido más profesional, modesto, casi humilde, llamarme “reportero”. Será porque el reportero está siempre en la línea de fuego, mientras que el periodista suele estar en el escritorio, o en la burocracia.
Esa es mi concepción. Tal vez esté equivocado y no todos los compañeros “periodistas” estén de acuerdo, pero vivo convencido de mis creencias y mis pensamientos al respecto. Además, siempre he tenido en mente que la actividad periodística es un apostolado, y no todos están dispuestos a experimentar, padecer, sufrir y hasta llorar en la línea de fuego.
Todos los oficios y vocaciones demandan, ante todo, vocación. Si se tiene, sólo hace falta esfuerzo, estudio, dedicación, y muchas horas ofrendadas al sueño de convertirse en todo un profesional de lo que sea. Pero reportear, lo siento con todo el romanticismo que cabe en mi alma, deveras es otra cosa. Hay que amarlo, odiarlo, gozarlo y sufrirlo a la vez.

En estos días de intensas lluvias, que incluso han afectado las actividades cotidianas en la Ciudad de México, vino a mi mente una tarde-noche de agosto de 2015. Era yo Reportero “AAA” de la Sección Cultural de Notimex, la Agencia de Noticias del Estado Mexicano. De mis órdenes de trabajo para ese día, la última estaba programada para las 19:00 horas.
Era jueves. Esa última orden del día era más importante que las demás, lo que es fácil de deducir: los jueves y viernes tienen lugar las actividades más destacadas de la semana (conferencias, estrenos de danza, ópera, teatro o música, exposiciones plásticas, etc.). Esa orden tuvo lugar en el Anfiteatro Simón Bolívar del Antiguo Colegio de San Ildelfonso.
Ese recinto de larga historia está ubicado en la calle Justo Sierra 16, entre República de Argentina y El Carmen, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Fue seleccionado por la Academia Mexicana de la Lengua (AML) para realizar, ese día a esa hora, una más de sus sesiones solemnes para dar la bienvenida a un nuevo Miembro de Número.
Ese día amaneció nublado. Mi primera orden fue una entrevista exclusiva con la escritora Elena Poniatowska, en su casa de Chimalistac (en el sur de la ciudad); la segunda, una entrevista con el novelista Eugenio Aguirre en la editorial que le publica, en Polanco (del lado Poniente); y la tercera un ensayo de danza, en el Politécnico (en el norte de la capital).
Así de maravilloso era diario, correr de un punto a otro de la ciudad para cubrir, escribir, transmitir y correr a la siguiente. Cuando salí de la estación Bellas Artes para dirigirme al Antiguo Colegio de San Ildelfonso, estaba lloviznando. “No pasa nada”, pensé. Caminé por Donceles hasta que la calle cambió su nombre a Justo Sierra, el educador de México.
Al llegar a República de Argentina (a media cuadra de mi orden de trabajo) el aguacero ya no dejaba ver más allá de tres metros. Una densa cortina de agua mojaba todo, ya se colaba por las puertas de los negocios, y el frío llegó por añadidura. Me atajé en la vieja Librería Porrúa que está justo en esa esquina, República de Argentina y Justo Sierra.
Mi orden era a las 7 de la noche. Ligeramente mojado, estaba yo en esa esquina a las 6:40. “Ojalá la lluvia amaine un poco, porque si llego mojado a la casa mi esposa se va a enojar conmigo por no haberme traído una sombrilla, pero ay, es que no me gusta andarla cargando”, pensé y recé a todos los santos. Allí me dieron las 6:55 y tomé una decisión.

Con la mochila a cuestas, los lentes mojados como parabrisas sin limpiadores, sorteando charcos, despeinado y el deseo inmenso de no llegar tarde a mi orden de trabajo, pegué la carrera hasta la enorme puerta de madera antigua de San Ildelfonso. Pensé en ir primero al baño para, al menos, sacudirme el exceso de agua que había sobre mi empapado ser.
Para mi fortuna, los baños cuentan con secadores de aire. Más tardé en verlos que en quitarme el chaleco y la camisa. Juro que no miento ni exagero: las dos prendas se podían exprimir. Primero sequé la camisa, para ponérmela y no exhibirme sin ella en el baño. En esa tarea estaba cuando me pareció escuchar el obturador de una cámara fotográfica.
Saltaba yo de un secador a otro, para no sobrecalentarlos, cuando a través del reflejo del espejo vi a mi compañero fotógrafo Bernardo Moncada quien, súper divertido, me estaba tomando fotos. Él ya se había quitado la chamarra que traía, también mojada, pero de hechura especial para la lluvia, por eso el agua no le caló tanto como a mí y a mi chaleco.
No hubo poder humano que impidiera que Bernardo siguiera fotografiándome. Ese día, ambos cumplimos con nuestra orden de trabajo. A los pocos días, Rodolfo Maldonado, mi jefe, me avisó por teléfono que el director de la Agencia deseaba verme. Como por regla general los jefes (y menos los directores) no llaman para saludar a uno, yo me preocupé.
A la siguiente tarde, entre mi segunda y mi tercera orden de trabajo, me presenté en la Dirección General de Notimex. La secretaria me sonrió con mayor amabilidad que de costumbre, casi con simpatía, y de inmediato me abrió la puerta de la oficina de su jefe. Algo raro pasaba. “Buenas tardes, señor. ¿Me mandó llamar? A sus órdenes”, le dije.
Preocupado, aunque con la conciencia bien tranquila, me quedé parado bajo el marco de la puerta. “Pase Juan Carlos, siéntese por favor”, me dijo en tono amable. Me senté y me invitó un café “o lo que usted desee tomar, Juan Carlos”. Más rarezas. De un cajón de su escritorio sacó un sobre que abrió sin dejar de verme fijamente, sonriendo en silencio.

“No todos hubieran hecho lo que hizo usted por cumplir una orden”, me dijo el director. El reportero agradeció a la vida la oportunidad de poder dar rienda suelta a su vocación.
Eran las fotos que Bernardo Moncada me tomó en plena acción de secado. Las piernas me temblaron, el estómago se me revolvió, la boca se me secó y me quedé mudo. Pero para mi sorpresa, el director rompió el silencio: “Lo felicito Juan Carlos, es usted un reportero profesional; no todos hubieran hecho lo que hizo usted por cumplir una orden”.
Mi alma, que ya andaba por no sé dónde, volvió a mi cuerpo. Las palabras en el mismo tono siguieron saliendo de la boca del director, mientras yo nada más decía “gracias”. Se levantó, rodeó el escritorio y me dio un fuerte apretón de manos al tiempo que rubricó: “Más reporteros como usted nos hacen falta aquí, en Notimex. Gracias Juan Carlos”.
Qué contento me sentí. Agradecí a la vida la oportunidad de poder dar rienda suelta a mi vocación y de llevarla a la práctica aplicándole un matiz de apostolado casi místico. A 10 años de distancia, Bernardo y yo seguimos comentando esa anécdota. Y como esa, él y yo vivimos muchas más, porque ser reportero, o reportero gráfico, es lo mejor del universo.

