
Por Raúl A.Villegas
Cada vez se acumula mayor cantidad de signos anunciadores de que las guerras y conflictos que hoy alteran la vida del orbe, en cualquier momento pueden desembocar en un enfrentamiento total entre bloques de potencias. Cada vez se menciona con más insistencia, empezando por las grandes potencias implicadas, la inminencia de la Tercera Guerra Mundial, como un desenlace inevitable del proceso bélico que no se detiene; a veces pareciera que todo mundo lo desea. Lo que fueron líneas rojas que unos gobiernos establecieron como infranqueables, so pena de propiciar un terrible Armagedón, han sido allanadas una y otra vez, acortando el camino hacia la fatal decisión. Hace más de un año fueron los tanques Sherman y los cohetes Patriot entregados por Estados Unidos a Ucrania, luego fueron los aviones F-22; la semana pasada los misiles Taurus que envió Alemania, y siempre presente la oferta de Francia de ceder material atómico. La respuesta de Rusia a estas amenazas se dio, contundente, después de que Biden autorizara a Ucrania a lanzar contra Rusia los misiles de largo alcance, el 19 de noviembre de 2024, en el marco de la nueva doctrina nuclear de Rusia. Ésta establece que un ataque por parte de un Estado sin armas nucleares pero con el apoyo de uno que sí cuenta con ellas sería considerado por Moscú como un ataque conjunto contra Rusia. Los cambios en la doctrina de seguridad nacional rusa fueron propuestos en septiembre, pero adoptados en noviembre, coincidiendo con los 1000 días de la guerra. Pero de acuerdo con las nuevas directrices, un ataque contra Rusia con misiles convencionales, drones o aviones, podría reunir los requisitos para una respuesta nuclear de las fuerzas armadas rusas, como sucedería también de se atacada Bielorrusia, o se diera una amenaza crítica a la soberanía rusa.
Estos cambios fundamentales en el concepto de seguridad nacional establecen una orientación radicalmente diferente a la que predominó durante el periodo de la Guerra Fría (1945-1991), en el que Estados Unidos se orientó por la estrategia política y diplomática de la contención y la URSS por la convivencia pacífica. Aun así, no se puede negar que desde la crisis de los misiles del Caribe, en 1962, la humanidad no había vivido tan cerca esta ominosa posibilidad de la destrucción total.
Las diferencias que han generado estos más de 60 años son bastante significativas, y expresan las líneas de continuidad y ruptura propias de las contradicciones de su desarrollo. Otra vez la confrontación fundamental se da entre Estados Unidos y sus aliados, contra Rusia, sus socios y asociados. Pero ya los dos bloques están encabezados por naciones capitalistas; el “comunismo realmente existente, como lo llamó Rudolph Bahro -que nunca fue comunismo sino una degenerada dictadura burocrática- ha desaparecido. En China, aliado estrecho de Rusia, existe una mezcla sui géneris de comunismo en lo político y capitalismo en lo económico, con el pragmatismo brillando sobre ambos como un sol.
Las constelaciones de este bloque integran a países tan heterogéneos y dispares como China -gran potencia económica, militar, tecnológica y política-, con países sometidos por largos periodos a una feroz dictadura militar como Paquistán, otros que se debaten entre la liquidación de la dominación colonial y las adecuaciones necesarias para un desarrollo capitalista de fuerte impulso como Sudáfrica, una dictadura hereditarias de orientación “comunista” como Corea del Norte, y otros más que han podido erigir gobiernos progresistas en un capitalismo dependiente y poco desarrollado, como Brasil Colombia, Venezuela, etc. Todos estos Estados y naciones tienen un común denominador que los amalgama: su oposición a la dominación de Estados Unidos y los que fueron sus socios menores en la Unión Europea. La heterogeneidad se agrupa en defensa de la multipolaridad y en contra de la aspiración unipolar que ya sólo defiende la potencia norteamericana en declive. Europa es un continente en proceso de desintegración que habrá de llevar a países como Hungría, Eslovaquia, Serbia y algunos otros balcánicos, hacia un polo ruso triunfante de la guerra, fortalecido con los recursos del Ártico, con sólidas alianzas en el mundo árabe y musulmán, así como en el Sahel y América Latina.
En Asia, el reciente acercamiento de China con un Japón cada vez más independiente de los gringos, y con lazos incipientes con Corea del Sur, puede ser una fuerte plataforma industrial, científica y tecnológica que China buscaría a toda costa complementar con la integración territorial de Taiwán y la extensión de su influencia política y comercial por todo el sudeste asiático. No obstante, su proyecto más importante sigue siendo su expansión por Eurasia, como plataforma de acceso a Europa, Medio Oriente y África, en la que ha sido llamada nueva ruta de la seda y el collar de perlas, como control de todos los puertos y rutas marítimas que corren desde el oriente de Asia, bajan por Singapur y Malasia hasta la península de Indochina y se extienden hasta Indonesia y Australia, por una lado, pero también bordean la costa de Birmania, Sri Lanka e India de costa a costa, para hasta llegar al Mar Arábigo y acceder a los riquísimos yacimientos petroleros y gasíferos de la Península Arábiga. Como puede verse, el futuro del mundo a corto, mediano y largo plazo, se está jugando ahora en una guerra que constantemente abre nuevos frentes como en Ucrania, Irán, Israel, Líbano, Siria, Irak, Yemen, Turquía y probablemente muy pronto Egipto, Libia, EAU, Arabia y el norte de África.
Este es el primer esquema conceptual que nos sirve para desenredar este nudo de contradicciones: un imperio que fue hegemón del sistema, hoy en franca decadencia, sumido en una crisis estructural, sin un proyecto histórico claro y gobernado por un loco que busca por todo el mundo la guerra.
En este cuadro del caos total, pocos han podido vislumbrar la enorme aportación involuntaria de Donald Trump a la causa liberadora y democrática de la humanidad. No es el único en crear condiciones tan favorables para el derrumbe de un imperio. Ya antes, Calígula, Nerón, Atila, Bonaparte, Hítler y con su muerte también Stalin, hicieron lo posible para incendiar al mundo de su época. Hubo otros criminales más pequeños como Pol Pot, Francois Duvalier, Somoza, Pinochet, etc. Todos ellos, chicos y grandes, representan las diversas formas del delirio mesiánico megalomaníaco sin formas institucionales de control, que tuvieron etapas constructivas, alternadas con otras que terminaron por destruir la obra completa. De ello da cuenta la crueldad desbordada de “Botitas”, la Roma incendiada que inspiró a Nerón, los 700,000 soldados de Napoleón congelados en la estepa rusa, al igual que los ejércitos nazis que perecieron frente a Stalingrado y en toda la ruta de la muerte que siguieron de regreso a Berlín. La nefasta obra de José Stalin es mucho más amplia, compleja y universal que la de sus predecesores, pero eso merece mención aparte.

Una economía que vive de la guerra
El presupuesto militar de Estados Unidos para el año fiscal de 2025 fue de 962.000 millones de dólares, que representa aproximadamente el 37.5% del gasto militar mundial. Este monstruoso presupuesto cubre una amplia gama de gastos, incluyendo la ayuda a Ucrania por 48.4 mil millones de dólares. Es con mucho el más alto del mundo (casi cuatro veces el de China, que ocupa el segundo lugar, con 246.000 millones de dólares) y supera la suma de los ocho países que le siguen en la lista, dato que ha servido a los congresistas que trabajan para la industria de la guerra como prueba de que Estados Unidos es la potencia militar más importante del mundo. No saben aún que no es el que más gasta en armas el más fuerte, sino el que mejor administra el conjunto de sus recursos. Esta suma incluye fondos para la modernización de capacidades militares y desarrollo de nuevas armas, incluyendo las atómicas. Esta labor de investigación y desarrollo la cubren principalmente industrias privadas que trabajan para los gobiernos del mundo, principalmente el de Estados Unidos. Las ganancias e influencia política del complejo industrial militar de este país, son tan grandes, que para 2024 superaban los 800.000 millones de dólares. Empresas como Lockheed Martin, RTX (antes Raytheon), Northrop, Grumman, General Dynamics y Boeing, lideran y obtienen las ganancias más altas mediante los contratos de defensa. Para lograr la aprobación de sus contratos de ventas al gobierno federal, financian campañas electorales, lo cual les permite conquistar una influencia decisiva en los órganos legislativos, los medios de comunicación, la alta burocracia enquistada en el Pentágono, la Defensa, la CIA y la Presidencia de la república.
A inicios de la década de los años 50 del siglo pasado, el presidente de Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower, publicó un documento sobre el incremento del poder del complejo militar, que a decir de Ike ya era tan grande “que le provocaba escalofrío”. ¿Qué efectos le habría producido hoy, cuando dicho grupo empresarial es muchísimo más poderoso que entonces? Porque hoy en día es más que un conjunto de monopolios que se ha extendido a los medios de comunicación y la banca. Es también un bloque de legisladores y altos miembros de la administración pública, los altos mandos de las fuerzas armadas, la Guardia Nacional y la policía. Engloba a los veteranos de guerra, jubilados y sus familias, investigadores de instituciones educativas públicas y privadas, periodistas a su servicio, jefes de prensa, accionistas y dueños de los bancos que participan en las empresas de armamento y subsidiarias de éstas. Tampoco podemos dejar fuera a las empresas de contratistas con millones de mercenarios, que hacen el trabajo sucio en las guerras que propicia el complejo por todo el mundo. Hoy en día, entrar a este tenebroso mundo de la muerte, no produce escalofrío…produce la sensación de que la extinción de la humanidad ya está muy cerca.

