
Tenemos tierra,
hay que cuidarla, nos da el alimento para la vida. La tierra es nuestra madre,
genera nuestro bienestar y hay que tratarla con amor para que nos dé una vida
digna. Sin tierra no hay alimento.
México fue
autosuficiente alimentariamente desde el siglo XIX hasta la séptima década del
siglo pasado, además obtenía grandes divisas por la exportación de alimentos.
En la actualidad –resultado de las políticas neoliberales- importamos la mitad
de los alimentos y lo que producimos para exportar es para satisfacer el
mercado de Estados Unidos: tequila, aguacate, frutos rojos, mezcal, pimientos,
jitomates, nuestra producción no se orienta a satisfacer las necesidades de la
familia mexicana, estamos sujetos a los dictados de Washington y del dios
mercado.

Tengamos en
cuenta que no se puede hablar de soberanía económica sin soberanía alimentaria,
y sin soberanía económica no existe plena soberanía política ni autentica
soberanía nacional. Por lo tanto, necesariamente debemos transformar esta
situación considerando lo que el país requiere y la forma de producirlo en
armonía con la tierra.
Tenemos mano de
obra suficiente para trabajar la tierra, debemos crear las condiciones para que
aumente la cantidad de productores agrícolas en México, que los agricultores se
puedan quedar en México y no se vean obligados a migrar a tierras lejanas,
desgarrar a sus familias, arriesgar su seguridad, perder su libertad para
convertirse en “ilegales” para ir a cultivar una tierra que era nuestra pero
que nos robó el agresivo vecino del norte.
En nuestra
tierra hay 100 millones de personas en edad de trabajar, solo tienen o se
empeñan en conseguir trabajo 60 millones, de los cuales solo 5.5 trabajan en el
campo. Con un programa que arraigue a nuestra tierra a las y los trabajadores,
en el que se fomente el desarrollo comunitario, podríamos duplicar las manos
campesinas que trabajen la tierra y así contar con una basta y suficiente
producción.
De casi 200
millones de hectáreas de territorio mexicano, solo se siembran 18 millones y se
irrigan únicamente seis millones, podemos sembrar y regar el doble, si se
aprueba un nuevo artículo 27 constitucional y una Ley General de Aguas que tire
a la basura la ley vigente de Carlos Salinas de Gortari. Si se implementa un poderoso
programa de desarrollo rural y comunitario nuestra tierra dará grandes frutos.

Generar empleo y
desarrollo cuesta, pero sí hay dinero, basta con aumentar los impuestos a las
corporaciones –México solo cobra el 14 % del Producto Interno Bruto cuando el
promedio de los países pertenecientes a la OCDE es del 34 %-, además de
establecer un impuesto a las grandes fortunas que han tenido un crecimiento
desmedido en los últimos años. También es necesario suspender el pago de la
deuda que este año suma 1.4 billones de pesos, auditarla y disminuir esa enorme
carga que se lleva recursos sustanciales. Habrá dinero suficiente si se toman
estas tres medidas.
Por eso, en
cuanto al trabajo, tierra y agua, debemos considerar el problema, de no menos
importancia, de los fertilizantes que inciden en el aumento de la productividad
agrícola para garantizar el suministro de alimentos. Es importante que se
empleen sustancias que aporten nutrientes y que mejoren el suelo, además de propiciar
un desarrollo adecuado de los cultivos agrícolas.
En cuanto a los
fertilizantes, México es deficitario y tiene que importar grandes cantidades.
No siempre ha sido así. Es importante recordar que la industria mexicana de fertilizantes
pasó a manos del Estado en 1970 a través de FERTIMEX y durante 22 años produjo,
comercializó y abasteció a productores nacionales agrícolas de manera casi
autosuficiente, satisfaciendo la demanda del mercado interno.
En 1982 contaba
con 64 plantas productoras de fertilizantes, a finales de 1980 producía 3
millones de toneladas, pero a partir de 1992 es privatizada por el gobierno neoliberal
de Carlos Salinas de Gortari y además se vendieron las plantas a diferentes
compradores, la industria se vino abajo, la privatización provocó que México
dejase de ser autosuficiente en la producción de fertilizantes y ahora tenemos
que importar este insumo agrícola. Un elemento más para constatar el impacto
negativo de las políticas privatizadoras.

Salinas vendió
las plantas a precio de regalo, la Unidad de Pajaritos de petroquímica, la
liquidó por 151 millones de dólares muy por debajo de su valor contable, la
ofertó en un paquete de trece unidades por 317 millones de dólares, a distintos
compradores para fragmentar la agroindustria. Estas políticas neoliberales se
aplicaron de forma consciente para favorecer a corporaciones extranjeras y
golpear la soberanía alimentaria del país, de acuerdo con los planes de
Washington y de sus corporaciones ávidas de controlar nuestro mercado y nuestro
sector agropecuario para hacernos dependientes alimentariamente, con fines
económicos y políticos.
Actualmente estamos
importando alrededor del 65 % de los fertilizantes que se utilizan, en el año
2021 México consumió 5.4 millones de toneladas de fertilizantes, en 2022 el
consumo fue de 6.5 millones de toneladas, de las cuales 4.8 millones fueron
importadas, un aumento en relación con las 4.1 millones de toneladas importadas
en 2019, de acuerdo con cifras de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo
Rural (Sader) y el Servicio de Información Agroalimentaria.
Esto significa
una sangría económica, en 2021 las importaciones de fertilizantes sumaron 1,430
millones de dólares, en 2024 totalizaron 1,537 millones de dólares. El año
actual también aumentaron, con un incremento del 18.2 % en enero de 2025, en
comparación con el mismo mes del año anterior según La Jornada. En lugar de
producir nuestros fertilizantes, alrededor del 30 % lo importamos de Rusia, que
se ubica a 10,000 kilómetros de distancia, alrededor del 20% de China que está
a 12,000 kilómetros y el resto, de Estados Unidos, Indonesia y Noruega.
El gran problema
es que son fertilizantes sintéticos, los principales fertilizantes nitrogenados
usados en la agricultura son: urea, sulfato de amonio y nitrato de amonio.
Todos los principales fertilizantes nitrogenados usados en la agricultura
tienen efectos negativos: la urea se extrae del gas natural, el sulfato de
amonio y también el nitrato de amonio son sintéticos. La urea destaca como el
fertilizante nitrogenado más utilizado en el mundo, aunque es la fuente que
mayores pérdidas de nutrientes puede tener antes de ser absorbido por el
cultivo, que asimila apenas un 30 %, es tan inestable que antes de que la
planta los absorba ya se volatilizó a la atmósfera e infiltró en suelo y
subsuelo el 70 %. Como consecuencia contaminan el suelo y los mantos freáticos,
los ríos, lagos y mares donde producen el sargazo que amenaza nuestras costas.
Además, muchos
de los componentes de los fertilizantes se extraen de la minería contaminante,
por ejemplo, el fosfato se obtiene de la roca fosfórica, el potasio de la
carnalita y silvinita, etc. Actividad que conlleva un gran impacto ambiental
como la tala de bosques y otras formas de afectación a la biodiversidad. Las
plantas que producen amoniaco dañan el ambiente puesto que el amoniaco se
volatiliza y se convierte en un gas de efecto invernadero. Estas plantas
petroquímicas producen azufres que contaminan y permanecen en el ambiente.
El modelo
globalizador junto con las corporaciones agroindustriales en búsqueda de
aumentar sus ganancias, impulsan cultivos a gran escala y el nocivo
monocultivo, para el cual el nitrógeno es de fácil absorción, pero con
consecuencias dañinas a mediano y largo plazo. Sin embargo, el nitrógeno es un
nutriente elemental en el desarrollo de los cultivos, y este macronutriente se
puede obtener de forma muy benéfica de los biofertilizantes. Es urgente y
necesaria una estrategia biológica natural para reintegrar al suelo los
nutrientes, la materia orgánica que mantenga la salud del suelo con la
liberación lenta de carbono y la generación de microrganismos.

Los
fertilizantes sintéticos no solo empobrecen y deterioran los suelos, sino que
agudizan el cambio climático. Los derivados del petróleo y sus plantas que
producen fertilizantes, requieren generar mucha energía adicional cuando es
mejor utilizar fertilizantes naturales que retienen nutrientes sin ocasionar
los principales efectos ambientales que causan la aplicación de los
fertilizantes nitrogenados como la contaminación de las aguas por nitratos y la
emisión de gases a la atmósfera.
Es necesaria la
nutrición vegetal y un suelo sano. Se debe tomar en cuenta que los
microorganismos son parte del suelo y que los fertilizantes minerales solo
nutren a la planta no al suelo, mientras que el abono sí lo ayuda, así como la
lombricomposta húmeda y desde luego el abono con nuestros desechos orgánicos.
No deberíamos importar
fertilizantes de países lejanos cuando cada comunidad puede generarlos. Antes
de la invasión española cada calpulli
(comunidad) producía sus alimentos en la milpa: maíz, frijol, calabaza, chile,
etcétera, usando su propio abono natural: excremento humano y animal, además de
los restos de cosechas, y eran autosuficientes, así devolvían a la tierra lo
que la tierra les daba.
El modelo
occidental de suprimir los baños secos y usar drenajes que contaminan el agua y
la expulsan hacia ríos y mares, es irracional. Cambiando de modelo, en cada
comunidad se pueden producir sus biofertilizantes, fertilizantes orgánicos que
proporcionan a las plantas los nutrientes necesarios para su desarrollo, al
mismo tiempo mejoran la calidad del suelo y ayudan a conseguir un entorno microbiológico
óptimo y natural, adicionalmente pueden generar empleos.
En los últimos
años los campesinos están recibiendo fertilizantes del gobierno, que son
químicos e importados, ¿porque no generar programas para que sean autosuficientes?
Produciendo sus abonos naturales entre pequeños productores, cooperativas, en
cada ejido y parcela, a nivel familiar y comunitario.

Como dicen en su
ensayo La paradoja de la Soberanía
alimentaria, los biólogos Mario Domínguez-Gutiérrez e Itzel Moctezuma
Pérez: “La biofertilización es un paradigma sostenible”[1], la fertilización orgánica
es posible y sobre todo barata. No necesitamos el gas de Rusia en las
cantidades que importamos, ni explotar la roca fosfórica de Marruecos y China,
o a los sedimentos marinos que empiezan a verse como oportunidad. Esta forma de
industria alimentaria ha sido implementada por las corporaciones para su
beneficio económico sin importarles la nutrición real de la población y menos
la conservación ambiental. Para acumular ganancias moldean hábitos de consumo
insanos que van contra la salud, porque otro de sus negocios es el farmacéutico,
nos alimentan con comida chatarra y nos enferman para luego hacer gran negocio
con los medicamentos para las enfermedades crónicas.
Es necesario
cambiar de modelo agropecuario, fomentar el desarrollo local, regional y
nacional, emplear personas para la fertilización agroecológica efectiva y
sostenible. Cada gobierno a nivel municipal, estatal y nacional debe comprometerse
en la transformación de residuos orgánicos que son magnífica fuente de
nitrógeno orgánico, recuperar el suelo, conservar el agua, reforestar, nutrir
orgánicamente nuestros cultivos, ocuparse en fomentar la conciencia de la
bondad de usar los abonos naturales, implementar los baños secos, que se
generalicen el uso de los residuos orgánicos y las lombricompostas.
Tengamos en
cuenta que fomentar la nutrición con productos orgánicos lleva a mejorar
nuestra salud y evitar enfermedades crónicas, el cáncer u otros males.
Desarrollemos en México la producción en gran escala de fertilizantes
agroecológicos. Es momento de impulsar una nueva forma de vida que ayude a la
relación armónica entre los seres humanos y con la naturaleza. Es hora de
construir una vida con agua limpia, tierra fértil y trabajo digno en el campo,
México debe y puede tener soberanía alimentaria, fundamental para la soberanía
nacional y para el bienestar de la población.
______________
[1] Moctezuma-Pérez,
I. Domínguez-Gutiérrez, M. 2022. “Fertilizantes: la paradoja de la soberanía
alimentaria en México”. Contralínea
21(825). 11 de noviembre 2022

