Alarma Mundial: 

Pánico a la tecnología asesina, la guerra que nadie declaró

Mouris Salloum George Director general del Club de Periodistas de México, A.C. Periodista, escritor y analista, con una extensa trayectoria en el periodismo en México.

La inteligencia artificial dejó de ser únicamente una revolución tecnológica. Se está convirtiendo en un instrumento de poder económico, militar y geopolítico. Mientras el mundo teme que las máquinas algún día puedan rebelarse contra la humanidad, las grandes potencias ya compiten por convertirlas en una ventaja estratégica.

Durante décadas, la amenaza tecnológica perteneció principalmente al terreno de la ciencia ficción. Robots capaces de pensar, máquinas que escapaban del control humano y sistemas que terminaban rebelándose contra sus creadores parecían argumentos reservados para las películas. Sin embargo, la inteligencia artificial ha avanzado hasta convertirse en una herramienta presente en nuestra vida cotidiana y, al mismo tiempo, en un elemento cada vez más importante para la seguridad y la política internacional.

La ironía es que las máquinas no necesitan rebelarse contra nosotros para convertirse en una amenaza. Basta con que los seres humanos las utilicen para competir, vigilar, manipular información o desarrollar nuevas formas de hacer la guerra. La verdadera discusión, por tanto, no debería concentrarse únicamente en si algún día una inteligencia artificial adquirirá voluntad propia, sino en quién tendrá la capacidad de utilizar sistemas cada vez más poderosos y bajo qué reglas podrá hacerlo.

La carrera ya comenzó. Gobiernos desarrollan estrategias nacionales de inteligencia artificial, empresas privadas compiten por construir modelos cada vez más avanzados y las fuerzas armadas incorporan estas tecnologías a sus sistemas de defensa. Al mismo tiempo, el acceso a los semiconductores necesarios para entrenar y ejecutar estos modelos se ha convertido en una cuestión de seguridad nacional. La inteligencia artificial ha dejado de ser exclusivamente un asunto tecnológico: ahora forma parte de la disputa por el poder internacional.

El comienzo de una nueva carrera

La competencia actual no apareció de manera repentina. Uno de sus antecedentes más importantes se encuentra en 2017, cuando China publicó su Plan de Desarrollo de Inteligencia Artificial de Nueva Generación. El documento estableció el objetivo de convertir al país en un líder mundial de inteligencia artificial para 2030 y planteó su incorporación a sectores estratégicos de la economía, la industria, la sociedad y la defensa. Ese mismo año, Estados Unidos comenzó a desarrollar Project Maven, una iniciativa del Departamento de Defensa destinada a utilizar aprendizaje automático y visión computacional para analizar enormes cantidades de imágenes y video obtenidos mediante sistemas de vigilancia militar.

Aunque estos proyectos tenían objetivos diferentes, ambos mostraban una transformación fundamental: la capacidad de procesar información a gran velocidad comenzaba a convertirse en una ventaja estratégica. En un conflicto moderno, identificar un movimiento, analizar una imagen o detectar un patrón puede resultar decisivo, especialmente cuando la cantidad de información supera la capacidad de procesamiento de los seres humanos.

Esta tendencia adquirió una dimensión internacional todavía mayor en octubre de 2021, cuando la OTAN aprobó su primera estrategia específica de inteligencia artificial. La alianza reconoció que estas tecnologías estaban transformando el entorno de seguridad y estableció principios para su utilización responsable, entre ellos la legalidad, la responsabilidad humana, la fiabilidad y la posibilidad de controlar o desactivar los sistemas.

El mensaje era claro: la inteligencia artificial ya no podía considerarse únicamente una herramienta comercial. Para las grandes potencias militares, también comenzaba a formar parte de la arquitectura de seguridad del siglo XXI.

La guerra de los chips

Sin embargo, hablar de inteligencia artificial sin hablar de semiconductores sería ignorar una de las piezas fundamentales de esta nueva competencia. Los modelos avanzados necesitan enormes cantidades de capacidad de procesamiento y dependen de chips especializados, centros de datos, energía e infraestructura tecnológica. Por esa razón, el control de los semiconductores se ha convertido en uno de los principales puntos de tensión de la relación entre Estados Unidos y China.

En octubre de 2022, Estados Unidos anunció restricciones destinadas a limitar el acceso de China a determinados chips avanzados de computación y a tecnologías utilizadas para fabricar semiconductores de vanguardia. Washington justificó las medidas por razones relacionadas con la seguridad nacional y posteriormente amplió algunas de estas restricciones.

La disputa demuestra que la carrera por la inteligencia artificial no se libra únicamente en los laboratorios donde se desarrollan los modelos. También se libra en las fábricas donde se producen los componentes que permiten ejecutarlos. En consecuencia, un semiconductor puede convertirse en un elemento tan estratégico para una potencia tecnológica como lo fueron en otras épocas determinados recursos energéticos o materias primas.

La dependencia tecnológica también introduce una dimensión de vulnerabilidad. Un Estado que dependa completamente de otros países para obtener chips, infraestructura informática o determinados componentes críticos puede encontrarse con un margen de maniobra reducido en momentos de tensión internacional. Por eso, desarrollar capacidades tecnológicas propias se está convirtiendo cada vez más en una cuestión vinculada a la soberanía nacional.

Ucrania: un adelanto de la guerra del futuro

Si existe un conflicto que permite observar con especial claridad cómo la tecnología está modificando la guerra contemporánea, es la guerra entre Rusia y Ucrania. Desde la invasión rusa a gran escala de febrero de 2022, los drones se han convertido en una herramienta fundamental para ambos bandos, utilizados para reconocimiento, vigilancia y ataques.

La evolución tecnológica, sin embargo, ha ido más allá del uso de aeronaves controladas remotamente. Durante 2024, Ucrania comenzó a incorporar sistemas de inteligencia artificial para mejorar las capacidades de sus drones. Reuters informó en octubre de ese año que Ucrania estaba utilizando decenas de sistemas de IA destinados a ayudar a sus drones a localizar y alcanzar objetivos incluso en circunstancias en las que las interferencias electrónicas podían dificultar la comunicación con los operadores.

Este desarrollo resulta importante porque muestra una transición desde sistemas completamente dependientes de la comunicación humana hacia tecnologías capaces de realizar determinadas tareas con mayor autonomía. Un dron que pierde comunicación con su operador puede quedar inutilizado; un sistema que incorpora capacidades autónomas puede continuar ejecutando determinadas funciones.

La diferencia parece técnica, pero sus consecuencias son profundamente políticas y militares. A medida que las máquinas pueden asumir más funciones dentro de un conflicto, aumenta también la dificultad de establecer dónde termina la decisión humana y dónde comienza la decisión automatizada.

El dilema de las armas autónomas

Aquí aparece uno de los debates más delicados de la inteligencia artificial aplicada a la guerra: las llamadas armas autónomas. Es importante aclarar que autonomía no significa necesariamente conciencia. Un sistema puede seleccionar o seguir un objetivo mediante sensores y algoritmos sin poseer intención, emociones o voluntad propia.

Precisamente por eso el problema resulta tan complejo. Una máquina no necesita querer hacer daño para participar en una decisión con consecuencias letales. Basta con que haya sido diseñada para reconocer determinadas características y actuar siguiendo unas reglas previamente establecidas.

La cuestión fundamental es qué ocurre cuando el sistema se equivoca. Los algoritmos dependen de los datos con los que fueron desarrollados y pueden enfrentarse a situaciones ambiguas, información incompleta o condiciones diferentes de aquellas para las que fueron entrenados. En un contexto cotidiano, un error puede resultar molesto o costoso. En un campo de batalla, podría ser irreversible.

Esto plantea una pregunta que la tecnología por sí sola no puede responder: ¿quién debe asumir la responsabilidad cuando una decisión automatizada provoca la muerte de una persona? El fabricante, el programador, el comandante militar o el gobierno que autorizó el sistema pueden formar parte de esa cadena de responsabilidad, pero una máquina no puede asumir responsabilidad jurídica o moral por sus propias decisiones.

Por eso, cuanto mayor sea la autonomía concedida a un sistema, más importante resulta establecer mecanismos claros de supervisión y responsabilidad humana.

La otra guerra: la batalla por la verdad

Sin embargo, la dimensión militar es solamente una parte del problema. La inteligencia artificial también está modificando otro campo de batalla mucho más cercano: el de la información.

La posibilidad de generar imágenes, audios, videos y textos artificiales cada vez más convincentes plantea un desafío importante para las sociedades. Durante mucho tiempo, una fotografía o una grabación de video fueron consideradas evidencias relativamente difíciles de fabricar. Actualmente, la tecnología permite producir contenidos sintéticos que pueden resultar difíciles de distinguir de materiales auténticos.

Esto no significa que toda imagen generada por inteligencia artificial sea falsa ni que toda información digital deba considerarse sospechosa. El problema es que el costo y la dificultad de fabricar determinados contenidos engañosos pueden disminuir considerablemente, mientras que comprobar su autenticidad continúa requiriendo tiempo y recursos.

En una crisis internacional, esa diferencia puede adquirir una importancia extraordinaria. Un audio falso atribuido a un dirigente, un video manipulado de un supuesto ataque o una campaña automatizada en redes sociales podrían contribuir a crear confusión antes de que los gobiernos o los medios tengan tiempo suficiente para verificar lo ocurrido.

La inteligencia artificial no inventó la propaganda ni la desinformación. Los Estados y grupos políticos han utilizado ambas durante siglos. Lo que cambia es la escala. Una herramienta capaz de producir grandes cantidades de contenido puede hacer que una campaña de manipulación sea mucho más rápida y barata.

El peligro más profundo quizá no sea solamente que una mentira parezca verdadera, sino que las personas comiencen a desconfiar incluso de aquello que sí es auténtico. Cuando cualquier fotografía, grabación o declaración puede ser cuestionada como posible contenido artificial, la confianza pública se convierte en un recurso estratégico.

2023: el mundo empieza a hablar de límites

La preocupación internacional comenzó a traducirse también en iniciativas diplomáticas. Los días 1 y 2 de noviembre de 2023, representantes de 28 países y la Unión Europea participaron en el primer AI Safety Summit, celebrado en Bletchley Park, Reino Unido. De aquella reunión surgió la Declaración de Bletchley, en la que los participantes reconocieron que determinados sistemas de inteligencia artificial podían generar riesgos importantes y llamaron a fortalecer la cooperación internacional en materia de seguridad.

La declaración fue significativa porque reunió a países con intereses políticos y económicos muy diferentes alrededor de una preocupación común. Sin embargo, reconocer los riesgos no significa que exista consenso sobre la manera de regularlos. Las diferencias entre Estados continúan siendo considerables, especialmente cuando la inteligencia artificial se relaciona con seguridad nacional y defensa.

En mayo de 2024, el debate continuó durante la AI Seoul Summit, donde los participantes aprobaron la Declaración de Seúl, centrada en seguridad, innovación e inclusión. Estos encuentros reflejan un intento de construir reglas internacionales antes de que el desarrollo tecnológico avance hasta un punto en el que resulte mucho más difícil establecer límites.

Pero existe una contradicción difícil de resolver: los mismos países que desean reducir los riesgos de la inteligencia artificial también tienen incentivos para desarrollar capacidades superiores a las de sus competidores.

El dilema de la seguridad

La situación recuerda a otras carreras tecnológicas y armamentísticas de la historia. Si un Estado cree que otro está desarrollando una nueva capacidad estratégica, puede considerar peligroso quedarse atrás. Como consecuencia, aumenta sus propios esfuerzos para desarrollar una tecnología equivalente.

El otro Estado observa esa reacción y puede interpretarla como una amenaza, por lo que vuelve a acelerar sus programas.

Así puede producirse una dinámica en la que nadie necesita declarar una guerra para que la competencia se intensifique. Cada actor puede justificar sus propias acciones como medidas defensivas, mientras el resultado colectivo es una carrera cada vez más rápida.

La inteligencia artificial puede reproducir este dilema de seguridad a una velocidad particularmente elevada. Los avances tecnológicos pueden producirse en meses, mientras que la creación de tratados internacionales y mecanismos de supervisión suele requerir años.

La tecnología corre. La diplomacia camina.

Y esa diferencia puede convertirse en uno de los mayores desafíos de la próxima década.

La paradoja de la inteligencia

La cultura popular nos enseñó a imaginar el apocalipsis tecnológico como una rebelión de las máquinas: una inteligencia artificial consciente que decide que los seres humanos representan una amenaza y comienza a actuar contra ellos.

Ese escenario pertenece, por ahora, al terreno de la especulación.

El escenario que ya podemos observar es diferente y mucho más concreto. No necesita máquinas conscientes, emociones artificiales ni robots capaces de desarrollar sus propios objetivos. Necesita únicamente seres humanos con acceso a herramientas cada vez más poderosas y estructuras institucionales que no siempre evolucionan a la misma velocidad.

La inteligencia artificial puede amplificar nuestras capacidades, pero también puede amplificar nuestros errores. Puede acelerar el análisis de información, pero también acelerar una decisión equivocada. Puede ayudar a detectar una amenaza, pero también facilitar la vigilancia. Puede mejorar la productividad, pero también transformar profundamente determinados mercados laborales.

La tecnología, por sí misma, no determina cuál de estos resultados prevalecerá.

Las decisiones humanas sí.

La guerra que nadie declaró

Por eso, quizá sea demasiado sencillo imaginar que el mayor peligro de la inteligencia artificial será una máquina que algún día decida levantarse contra sus creadores.

La verdadera transformación ya está ocurriendo.

Las grandes potencias compiten por los chips que alimentan los sistemas avanzados, por los investigadores capaces de desarrollarlos, por los datos que permiten entrenarlos y por la infraestructura necesaria para ejecutarlos. Los ejércitos experimentan con nuevas formas de utilizar inteligencia artificial, los conflictos incorporan drones cada vez más sofisticados y los gobiernos intentan establecer reglas para una tecnología cuyo desarrollo avanza a una velocidad extraordinaria.

No existe una fecha oficial en la que pueda decirse que comenzó esta nueva guerra tecnológica. Tampoco existe una única línea de batalla. La competencia se extiende desde los centros de investigación hasta las fábricas de semiconductores, desde los campos de batalla hasta las redes sociales.

Y quizá esa sea precisamente su característica más inquietante.

No parece una guerra porque no tiene el aspecto de una guerra.

No necesariamente hay soldados cruzando fronteras. No hay una declaración formal. No existe un único enemigo. Lo que existe es una competencia permanente por obtener una ventaja tecnológica antes que los demás.

La pregunta, entonces, ya no debería ser únicamente qué tan inteligente puede llegar a ser una máquina. La pregunta verdaderamente importante es quién tendrá el poder de utilizarla, bajo qué límites y quién responderá cuando ese poder produzca consecuencias que nadie había previsto.

La humanidad ha creado herramientas capaces de multiplicar su capacidad de actuar. Ahora enfrenta una prueba mucho más difícil: demostrar que puede construir instituciones capaces de controlar ese poder.

Y mientras el mundo observa con miedo la posibilidad de una futura “tecnología asesina”, quizá la historia ya haya comenzado a escribir una advertencia diferente:

la mayor amenaza no será necesariamente una máquina que escape del control humano, sino una humanidad que corra demasiado rápido para controlar aquello que está construyendo.

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