
La derrota electoral de Trump debilita su influencia regional y pone en duda el futuro del Escudo de las Américas y sus aliados latinoamericanos

La derrota de Donald Trump en las intermedias de su mandato, que lo dejaron en pañales a expensas de sus vetos para gobernar, fue un golpetazo demoledor a la mandíbula de la derecha latinoamericana que se encaramó en el poder en varios países de la región gracias a la gestión y el dinero con los que la apoyó.
Ha sido también un posible nocaut a su política hemisférica basada en la resurrección de la putrefacta Doctrina Monroe, que los latinoamericanos desprecian y que los lacayos de nuevo tipo, como Javier Milei y otros, estaban haciendo posible su avance.
Una pregunta clave que muchos se hacen después del martes funerario del 3 de noviembre es: ¿qué rumbo va a tomar el ambicioso programa de conquista del continente —bautizado con el rimbombante nombre de Escudo de América—, que el secretario de Estado, Marco Rubio, y el jefe del Pentágono, Pete Hegseth, están armando?
Ellos buscaban convertir ese “escudo” en el mascarón de proa de la Doctrina Monroe, como les denominan en homenaje al narcisismo de Trump.
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Es muy pronto para hacer juicios de valor al respecto, aunque se pueden avanzar hipótesis por la notoria influencia que ya empieza a tener en América Latina y el Caribe la derrota parlamentaria de Trump, a la luz del complejo panorama legislativo que la Casa Blanca. Enfrentará a partir de enero, cuando el color de las bancadas cambie radicalmente.
La primera gran dificultad está en el poco tiempo de vida del programa, que apenas comienza a estructurarse y ni siquiera ha tomado cuerpo jurídico. Siete meses después de su convocatoria, sigue siendo una coalición informal y no un tratado internacional. Tampoco, por tanto, está aprobado formalmente por los congresos de los países que lo integran, entre ellos EEUU.
Ya no se puede dar por seguro que las nuevas cámaras de representantes y senadores, ambas en manos demócratas, voten igual que como hubiese sucedido antes del 3 de noviembre, incluso aunque Trump retenga poderes autónomos para coordinar acciones con las partes de forma bilateral, pero no en bloque. El veto no funcionará allí.
Con la amplia diferencia de curules en su contra (240-147 y 54-44 en el Senado), Trump poco o nada podrá hacer si, por ejemplo, el legislativo le niega la asistencia financiera a los países involucrados, como les habían prometido, en especial ahora con la crisis económica que enfrenta el gobierno por la deuda pública exacerbada.
Tampoco es probable que le apruebe el uso de la fuerza militar como se jactaba Trump, para solucionar presumibles conflictos y exigencias de sus aliados, como contempla la doctrina del Escudo, aun tomando como justificación el presunto combate contra los cárteles, objetivo que genera muchísimas dudas.
Primero, porque no hay acciones antinarcóticos dentro de EEUU como corresponde por ser el principal mercado de estupefacientes del mundo y nido de los más grandes cárteles de su distribución mayorista y minorista.
Segundo, porque el despliegue militar del Caribe a principios de año —incluidos el hundimiento de lanchas y asesinatos en altamar— no fue contra el narcotráfico, sino una operación encubierta para atacar a Venezuela, secuestrar a su presidente constitucional y robar su petróleo y minerales, como confesó el propio Trump.
No parece probable, por otra parte, que la Casa Blanca siga argumentando después de enero de 2027 que tiene autoridad para realizar «ataques selectivos ante amenazas inminentes». El nuevo congreso no se lo admitirá o, mínimo, tendrá que presentar pruebas contundentes para intentarlo, algo que nunca ha podido hacer Trump porque todo ha sido mentira, su palabra contra los hechos.
Ahora, las secretarías de Estado y de Guerra serán obligadas a presentar costos sin cifras maquilladas, tanto sobre los gastos de asistencia, despliegue logístico, tecnología, entrenamientos, etc., como las de las operaciones propias contra los cárteles, con la variante de que ya no estarán los republicanos controlando los comités de Asignaciones y de las Fuerzas Armadas, y cualquier hipotética aprobación tendrá que ser bajo total transparencia, algo a lo que no están acostumbrados.
Tampoco la Oficina de Presupuesto del Congreso estará en manos de republicanos y es muy probable que empiecen pronto la revisión de iniciativas de seguridad nacional masivas de Trump, y ya se habla de que una de las primeras en escrutar será el programa nacional antimisiles o «Cúpula Dorada», para el cual designarían hasta 1.2 billones de dólares en un plazo de 20 años.
Para colmo de las desgracias de Trump y Rubio, ya sus aliados cercanos los están considerando dirigentes desechables al culparlos de un fracaso de tales dimensiones cuya magnitud y daños no esperaban, aun cuando estimaban probable la pérdida de alguna de las dos cámaras por muy estrecho margen. Pero fue una hecatombe.
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Gregg Peppin, estratega republicano de Minnesota, los acusa de cometer graves errores, uno tras otro, por su arrogancia y falta de cerebro, y admite que en muchos estados a la gente no le gustaban las políticas del presidente. Trump y Rubio se convierten así en los chivos expiatorios de conservadores y multimillonarios.
Ya admiten que la desaprobación pública hacia Trump por la guerra contra Irán, los aranceles y la represión migratoria de su administración crearon una “tormenta perfecta” en noviembre, pero lo más bonito de todo es que ellos los aplaudieron y no se les opusieron.
No deberían quejarse de que haya “una frustración palpable dentro del partido por cómo se han desarrollado los acontecimientos”, como dijo Peppin cuando confesó que el enojo contra Trump “es altísimo”. Pero ya no vale. Debieron preverlo antes y dejar que los dos intentos de impeachment contra él prosperaran.
El vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, se frota las manos y lo ataca en la creencia de que un mutis por el foro de Trump y Rubio lo llevará a la Oficina Oval y a ser el candidato de las presidenciales de 2028. Parecen ser sueños en una noche de verano, porque como vicepresidente también es responsable de todo por lo que se acuse a sus dos colegas.
El Sr. Voto no va a tener tanto margen como quisiera para gobernar por decreto debido a que los demócratas pueden congelar o condicionar severamente las partidas presupuestarias destinadas a la cooperación militar y policial con los gobiernos aliados de la región, y ya eso preocupa grandemente a los gobernantes de Argentina, Colombia, El Salvador, Perú, Chile, Ecuador, etc.
Tampoco parece probable que hechos deleznables como el perpetrado contra la Venezuela chavista se vuelvan a repetir si la nueva configuración del congreso respeta la voluntad popular, mayoritariamente favorable a restricciones en el uso de la fuerza, y eso incluye a Irán.
Si con estas elecciones se abre una nueva visión del orden internacional saboteado por Trump, el proceso judicial ilegal contra Nicolás Maduro y su esposa debe regresar a su curso legal, pues no se trata de un juicio común de competencia exclusiva de los tribunales. No podrían utilizar ese argumento para retenerlo secuestrado y juzgado, pues las causas políticas y personales son demasiado evidentes y eliminan el marco artificial de la jurisprudencia por insostenible.
No extrañe a nadie si el nuevo Comité de Control e Investigación reactive audiencias públicas a los secretarios Rubio y Hegseth, si es que Trump no los saca antes de sus cargos porque ya empiezan a convertirse en una impedimenta para él, algo que hará sonreír al vicepresidente Vance, aunque sea tan culpable como sus dos consortes.
Lo más probable, aunque es necesario esperar, es que el Escudo de las Américas se convierta en una entelequia sin capacidad operativa por falta de presupuesto, y se verá con más claridad que su objetivo principal no era combatir el narcotráfico, sino aplicar la trasnochada Doctrina Monroe.
Todo esto explica el nerviosismo y el silencio que la derrota de Trump ha provocado en los gobiernos conservadores en América Latina, como Argentina, Chile, Bolivia, Ecuador, Panamá, Paraguay, Perú y Colombia y Costa Rica, ante el justificado temor a los reajustes políticos que seguirán a la debacle a la que Trump llevó al partido republicano.
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De alguna manera, esta situación demuestra que el auge de la derecha en la región ha sido circunstancial y que, al igual que subió por las causas que fueran, podrá bajar otra vez en picada, como hemos sostenido desde el arribo de Javier Milei a la presidencia en Argentina. Ese pueblo es inteligente y combativo y en algún momento le pasará cuenta, como harán todos los demás hasta bajar a la derecha de sus cumbres borrascosas.
La sostenibilidad de la derecha latinoamericana es crítica y cada vez lo será más. El golpe de la derrota de Trump fue directo a su mandíbula, por mucho que traten de negarlo algunos especialistas, aun cuando tengan razón al señalar que las causas del asalto del conservadurismo latinoamericano al gobierno están en los graves problemas y divisiones de la izquierda.
Ciertamente, ese criterio hay que tomarlo en cuenta, y el nefasto período del trumpismo debería ser considerado por los bloques progresistas como una enseñanza y tomar a pie juntillas el viejo refrán de que en la unión está la fuerza. Es importante que la izquierda lo asimile de esa manera si quiere recuperar las posiciones perdidas.
Sí es cierto, y hay que admitirlo, que la injerencia de Trump ganó tanto terreno y logró este auge del conservadurismo más atroz, también a causa de una izquierda que se dejó ganar por la ambición, las traiciones y la corrupción, que generaron descontento social, inseguridad y estancamiento económico.
No basta con la derrota de Trump si no hay una recomposición de la izquierda y una identificación plena con las masas, para hacerle más difícil al adversario situaciones como las padecidas en Argentina con Cristina Fernández, en Bolivia con Evo Morales, en Ecuador con Rafael Correa, en Perú con Pedro Castillo y todo lo demás hartamente conocido.
Lo bueno es que el declive del trumpismo en el Capitolio continuará debilitando al régimen autocrático y eso le seguirá quitando «oxígeno mediático» y garantías financieras a la derecha de la región, pero los analistas sugieren que las caídas de estos gobiernos no se darán por un simple contagio psicológico de las urnas de EE. UU., sino bajo las condiciones reales de cada país y de las rectificaciones de los errores cometidos, como por ejemplo, dejarse arrebatar sus historias, algo que, por suerte, no ha ocurrido ni en México ni en Cuba.
Una alerta: no esperar ni creer que Donald Trump caerá de inmediato. Solo la vida lo dirá y ojalá sea más temprano que tarde. Lo seguro es que, si el pueblo de Estados Unidos sigue con los pantalones largos puestos, los dos últimos años de Trump transcurrirán en sordina y no con trompeta heráldica, y los multimillonarios tendrán que regresar a lo suyo y dejar el gobierno a los políticos. De todas formas, esto recién comienza.

