
Este domingo y, como ocurre con frecuencia, las horas de ocio terminaron frente a la televisión. Entre las opciones de las plataformas disponibles, fui recorriendo películas, títulos conocidos y futuros imaginarios. Desde aquellos días en que “2001, Odisea del Espacio”, “El planeta de los simios” y “La guerra de las galaxias” despertaron mi gusto por la ciencia ficción, pocas cosas me resultan tan atractivas como sentarme a observar cómo el cine imagina nuestro futuro.
Esta vez, sin embargo, mi elección tuvo un rumbo distinto. No buscaba héroes espaciales ni aventuras intergalácticas. El recorrido, me llevó hacia el cine apocalíptico, género que anuncia el fin del mundo, la destrucción de la civilización después de la bomba atómica, epidemias impensables que crean zombis, guerras, catástrofes ambientales y sociedades que sobreviven entre las ruinas de lo que alguna vez fuese el progreso de la especie humana.
Ya tenía el resumen de algunas y algunas reflexiones y mientras avanzaba el film que veía, comenzó a repetirse ante mis ojos una misma imagen que ya tenía bien ubicada: podían cambiar los circunstancias, las épocas, las tecnologías y hasta las formas de destruir a la humanidad, pero había algo que parecía resistir incluso al apocalipsis: seguían los privilegios de los poderosos y la miseria y muerte para miles de millones.
Por lo general, se trata de una visión pesimista del futuro. Un futuro en el que se magnifican los errores que, según estas historias, comete la humanidad y se muestran las consecuencias que inevitablemente tendrá que pagar. Sin embargo, hay algo que llamó particularmente mi atención: pocas veces se cuestiona con la misma intensidad a quienes toman las decisiones desde los gobiernos o de las grandes corporaciones, cuando estos son los principales depredadores del planeta.
Hay un subgénero en la ciencia ficción —y del cine de desastres— en el que el presidente de Estados Unidos, sus instituciones militares o grandes corporaciones de este país aparecen como actores capaces de salvar a la humanidad. Esto puede analizarse como una forma de relato de excepcionalismo estadounidense, donde el liderazgo del habitante de la Casa Blanca. se presenta como necesario para resolver amenazas globales y con una frase recurrente en todos los ámbitos de la vida estadounidense: “Dios bendiga a América”.
Tomo unos segundos para la reflexión, tomo algo de café y recuerdo algunas películas donde el presidente es el salvador de “El Día de la Independencia”, “Armageddon”, “Deep Impact”, “2012”, “Olympus Has Fallen”, “White House Down”.
Pero ¿Cómo construye el cine de ciencia ficción estadounidense un relato en el que la capacidad tecnológica, militar, científica y política de Estados Unidos aparece como condición necesaria para -perdón, pero es una constante- la supervivencia de la humanidad? Si no estás con La Casa Blanca estás en su contra.
Y hay una segunda línea todavía más interesante: el desplazamiento del héroe del Estado hacia la corporación tecnológica. Ahí películas como “WALL-E”, “Elysium”, “Jurassic Park”, “The Matrix” y, en otro registro, Iron Man, incluso en “RoboCop” permiten estudiar cómo la empresa tecnológica adquiere atributos que anteriormente pertenecían al Estado: conocimiento, infraestructura, seguridad, comunicación y capacidad para decidir sobre el futuro de la raza humana.
Hay algo más que entretenimiento detrás de esas películas en las que un presidente de Estados Unidos mira al horizonte mientras el mundo está a punto de desaparecer. Una ciudad se incendia, una nave extraterrestre se aproxima, un asteroide amenaza con impactar contra la Tierra o una catástrofe climática anuncia el fin de la civilización. ¡Y entonces aparece él: ¡el presidente estadounidense, rodeado de asesores, generales y científicos, tomando la decisión que habrá de cambiar el destino de la humanidad!
Por un momento, el corazón se me acelera y casi me atraganto con las palomitas, no sé si por las imágenes de destrucción, los millones que mueren o las palabras del Presidente al decir que está salvada la democracia ¡por mandato de Dios! Respiro profundamente, me tranquilizó y “en modo” estoico, continúo viendo la película, pero me gana el pensamiento y la reflexión.
Desde hace décadas, el cine de ciencia ficción y el llamado cine de catástrofes ha construido una narrativa en la que las grandes amenazas dejan de ser exclusivamente nacionales para convertirse en peligros planetarios. Pero cuando llega el momento de enfrentarlos, la escena se repite, pero es poderosa porque condensa una fórmula narrativa, Estados Unidos asume el liderazgo.
No importa que el enemigo sea extraterrestre. Tampoco que la amenaza afecte por igual a chinos, rusos, europeos, latinoamericanos, africanos o estadounidenses. En el relato cinematográfico, la humanidad puede aparecer unificada, pero la capacidad de respuesta continúa teniendo un acento inequívocamente estadounidense.
El mensaje se vuelve todavía más evidente cuando el presidente pronuncia su famoso discurso antes de la batalla. El conflicto deja de ser una guerra estadounidense para transformarse en una guerra de todos. Sin embargo, nuestros vecinos del norte proporcionan el liderazgo político, militar y tecnológico necesario para organizar la resistencia.
Hollywood no inventó esta narrativa, pero sí aprendió a perfeccionarla.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el cine estadounidense construyó innumerables representaciones del enfrentamiento entre dos modelos de sociedad. “Los malos” podían tener el rostro de la “oz y el martillo” o de una amenaza nuclear.
Viene a mi memoria la invasión y destrucción de Irak, la madre de todas las batallas, o también habrá que ver lo que sucede con el genocidio en Gaza o el ataque a Irán. Todo bajo el lema: Dios salve a América… y la clásica frase: por el bien de la humanidad.
En Armageddon y Deep Impact, el presidente de Estados Unidos ocupa un lugar central en la administración de una crisis que amenaza con extinción de la Tierra. El presidente ya no es solamente un personaje político. Es una figura narrativa. Es el hombre que sabe qué hacer cuando nadie más sabe qué hacer. Es quien recibe la información secreta, quien reúne a los científicos, quien consulta a los militares y, finalmente, quien toma la decisión que puede salvar al mundo.
Pero la historia cinematográfica no termina en el poder presidencial. Con el avance de las nuevas tecnologías, el héroe comienza a desplazarse del Estado hacia otro territorio: la empresa privada.
La ciencia ficción comenzó a imaginar corporaciones capaces de realizar aquello que anteriormente pertenecía exclusivamente a los gobiernos: controlar tecnologías estratégicas, explorar el espacio, manipular la genética, desarrollar inteligencia artificial, administrar ciudades enteras y, en algunos casos, decidir quién puede sobrevivir.
Resulta interesante observar estas películas no solamente como productos de entretenimiento, sino como documentos culturales. En ellas pueden rastrearse las transformaciones del imaginario político estadounidense: primero el Estado y su ejército; después la NASA y los científicos; más tarde las grandes corporaciones tecnológicas; finalmente, una combinación de gobiernos, empresas y tecnologías digitales que parece tener capacidad para intervenir en el destino del hombre.
Hay otras películas como “Pasajeros”, “Los juegos del hambre”, “Blade Runner”, “Divergente”, “La guerra del mañana”, “La máquina del tiempo” y decenas más en las que el futuro aparece como un territorio de desastre social, terrestre, cósmico o nuclear. Cambian los escenarios, los personajes y los efectos especiales, pero existe una constante que recorre mi pensamiento:
-El enfrentamiento de las consecuencias de nuestras acciones.
-¿De nuestras acciones? Me pregunto y en seguida considero que mientras absurdamente, pero real: las estructuras de poder permanecen sorprendentemente resistentes.
Es un símbolo, pero a la vez un acondicionamiento ideológico: el poder sigue en manos de Washington y de sus empresas, quienes son las únicas que pueden enfrentar el caos. Cuentan con tecnología desarrollada en Silicon Valley y, cuando la solución requiere dinero, suele aparecer una corporación capaz de financiarla. Es aquí donde la ciencia ficción deja de ser solamente una fantasía sobre el futuro y se convierte en un relato sobre el presente.
Hollywood ha construido durante décadas una pedagogía visual del poder. Nos ha enseñado quién manda cuando llega el desastre. Nos ha mostrado quién posee la tecnología. Quién tiene los científicos. Quién controla los satélites. Quién dispone de las armas. Quién tiene la capacidad de intervenir. Y, sobre todo, quién aparece finalmente como salvador.
Tal vez por eso resulte pertinente volver a repasar estas películas desde una perspectiva histórica. No para preguntar únicamente si son buenas o malas, si son palomeras o no, sino para catalogarlas como relatos políticos y culturales.
Quizá ahí se encuentre uno de los vínculos más interesantes entre la propaganda de los últimos 75 años y los instrumentos mediáticos contemporáneos. Es decir, cambian los enemigos, cambian las tecnologías y cambian los escenarios, pero la construcción del héroe y del poder salvador puede permanecer sorprendentemente intacta. ¡Si no, pregúntenle a Donald Trump!
La empresa tecnológica, la corporación científica, el poderoso empresario o el grupo económico que dispone de los recursos para protegerse del desastre. Y si no puede salvar a todos, al menos consigue salvar a aquellos que tienen dinero, poder político o una posición privilegiada. En algunas de estas películas, las nuevas sociedades posteriores al apocalipsis aparecen organizadas como sociedades de castas o clases sociales prácticamente inamovibles: ricos y pobres.
Una masa de seres humanos queda condenada a trabajar, producir y sobrevivir en condiciones miserables, mientras los magnates los consideran como un estorbo o mueren en masa sin importarle a nadie.
El cine y las series de televisión de ciencia ficción han presentado, de distintas maneras, a la sociedad como una selva donde los más fuertes sobreviven. Las relaciones humanas aparecen como un ecosistema dominado por depredadores. Los grandes hombres del dinero son los tiburones. Los poderosos son los carnivoros. Los privilegiados son quienes merecen el confort, los lujos y la seguridad y los miles de millones viven en condiciones paupérrimas, de sobras o de galletas de restos humanos como en “Soylent Green”, mejor conocida en español “Cuando el destino nos alcance”.
Pero, lo único que reproduce el cine de ficción apolaliptica es lo que Charles Chaplin denunció en un largometraje de 1936, “tiempos modernos”: gente frustrada, resentida y víctimas de injusticia social.
Chaplin no necesitó una nave espacial para mostrar una sociedad enferma. Le bastó una fábrica, una máquina y un hombre atrapado en un sistema de producción que lo convierte prácticamente en una pieza más del engranaje. Personas que intentan sobrevivir dentro de un sistema que parece haber sido construido para funcionar por encima de ellas.
Termina un domingo de ficción, pero no de reflexión y recuerdo lo que cantaba Pink Floyd en 1979 y que fue un himno mundial: “seguimos siendo un ladrillo en la pared”, por lo que es falso que se quiera salvar a la humanidad. Se quieren salvar los ricos y sus privilegios. FIN.


