
Por: Zaira Rosas
zairosas.22@gmail.com
Las imágenes que llegan desde Venezuela son devastadoras. Dos terremotos de
magnitud 7.2 y 7.5 sacudieron el norte del país el pasado 24 de junio, provocando
una de las peores tragedias humanitarias de su historia reciente. Las cifras
preliminares hablan de 920 personas fallecidas, más de 3000 heridos y
comunidades enteras afectadas mientras continúan las labores de búsqueda y
rescate.
Sin embargo, reducir esta crisis únicamente a un desastre natural sería un error de
análisis. Lo que ocurre hoy en Venezuela es la convergencia de una emergencia
sísmica con años de fragilidad institucional, deterioro de infraestructura,
debilitamiento de los servicios públicos y una prolongada crisis económica y
migratoria. Los terremotos no distinguen ideologías ni fronteras, pero sus
consecuencias sí dependen de la capacidad de respuesta de los Estados. Y allí
radica la verdadera dimensión del problema venezolano.
Los expertos coinciden en que la vulnerabilidad previa multiplica el impacto de
cualquier catástrofe. Hospitales saturados, infraestructura envejecida y escasez de
recursos complican una respuesta que debería ser inmediata y masiva. Además,
Venezuela ya enfrentaba necesidades humanitarias significativas antes del
terremoto. Organismos internacionales estimaban que millones de personas
requerían algún tipo de asistencia, situación que ahora se agrava dramáticamente.
Desde una perspectiva internacional, la emergencia venezolana representa
también una prueba para la cooperación regional. América Latina suele reaccionar
con rapidez frente a terremotos, huracanes o inundaciones, pero los esfuerzos
suelen disminuir conforme desaparecen los titulares. La experiencia demuestra
que las primeras 72 horas son cruciales para rescatar vidas, pero los meses
posteriores son determinantes para reconstruir comunidades, restablecer servicios
básicos y evitar crisis sanitarias secundarias.
México tiene razones humanitarias, históricas y estratégicas para involucrarse.
Somos un país que conoce el dolor de los terremotos. Desde 1985 hasta 2017,
hemos aprendido que la solidaridad internacional puede marcar la diferencia entre
la desesperanza y la recuperación. También hemos desarrollado capacidades
reconocidas mundialmente en protección civil, rescate urbano y atención de
emergencias que pueden aportar valor en momentos críticos.
El apoyo mexicano ya comenzó a materializarse. El gobierno de México envió dos
aviones con ayuda humanitaria, medicamentos, herramientas de rescate, binomios
caninos y personal especializado para apoyar las labores de búsqueda y atención
de damnificados en Venezuela. Reportes periodísticos señalan que la misión
incluye alrededor de 250 rescatistas y equipos de la Sedena, además de insumos
médicos y logísticos. Este gesto no sólo responde a una emergencia puntual:
confirma que la experiencia mexicana en desastres naturales puede convertirse en
una herramienta concreta de cooperación regional cuando cada hora cuenta.
La ayuda no debe limitarse al envío de recursos gubernamentales. La sociedad
civil, universidades, empresas y organizaciones humanitarias mexicanas pueden
contribuir mediante donaciones verificadas, campañas de recaudación, apoyo
logístico y cooperación técnica. Lo importante es canalizar la ayuda a través de
organismos con experiencia y mecanismos transparentes que garanticen que los
recursos lleguen efectivamente a quienes más los necesitan. Diversas
organizaciones internacionales como la ONU y otros países se han sumado al
apoyo desde la zona cero.
El apoyo a Venezuela es clave para contribuir a su resiliencia, pero a los ojos de
Estados Unidos esta también es una oportunidad de política exterior y posicionar
hacia el mundo su estrategia de intervencionismo, no es casualidad que en esta
ocasión la promesa de ayuda sea de 150 millones de dólares.
Si bien la solidaridad internacional es necesaria, no confundamos esta con
caridad, es fundamental para la estabilidad, las crisis humanitarias prolongadas
generan desplazamientos de población, presión sobre los sistemas de salud,
impactos económicos y tensiones políticas que trascienden las fronteras
nacionales. Hoy México tiene la oportunidad de contribuir a un momento de
resiliencia que si bien parece limitarse a una Nación es una herida que afecta a
América Latina.

