La era wellness también puede ser un atentado a la salud

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Propósitos irreales, constantes vitaminas sin un análisis previo del cuerpo,

tratamientos milagrosos para regenerar el cuerpo, terapias alternativas sin

sustento que prometen erradicar enfermedades terminales, así es la era wellness

de la que todos queremos ser parte, es normal añorar nuestra mejor versión, pero,

¿cuánto nos informamos al respecto para no caer en estafas?

El deseo de vivir mejor nunca había sido tan visible como ahora. Redes sociales,

publicidad y discursos motivacionales nos repiten a diario que el bienestar está al

alcance de cualquier persona: basta con tomar cierto suplemento, someterse a

una terapia novedosa o seguir el tratamiento de moda. En teoría, la era wellness

promueve hábitos saludables, autocuidado y prevención. En la práctica, también

ha abierto la puerta a un mercado poco regulado donde la salud puede convertirse

en un negocio riesgoso.

El reciente caso de los sueros vitaminados en Hermosillo, Sonora, donde cuatro

personas murieron tras recibir este tipo de tratamiento, puso en evidencia un

problema que desde hace tiempo crece silenciosamente: procedimientos médicos

o estéticos aplicados fuera de clínicas certificadas y, en muchos casos, por

personas que no cuentan con la formación necesaria. Aunque los sueros

intravenosos se promocionan como una forma rápida de “revitalizar” el organismo,

lo cierto es que introducir sustancias directamente al torrente sanguíneo implica

riesgos importantes si no existe un diagnóstico previo ni supervisión médica

durante el mismo tratamiento.

Lo preocupante es que este tipo de prácticas no son aisladas. En distintas

ciudades proliferan spas, consultorios improvisados o centros de bienestar que

ofrecen desde vitaminas intravenosas hasta terapias “detox”, hormonas

antienvejecimiento o tratamientos que prometen regenerar el cuerpo en pocas

sesiones. Muchos de ellos se promocionan con testimonios emotivos y una

estética atractiva que transmite confianza, pero pocas veces presentan evidencia

científica o certificaciones verificables.

Parte del problema es cultural. En una sociedad que premia la productividad, la

juventud y la apariencia física, la promesa de soluciones rápidas resulta

irresistible. Además, existe una creciente desconfianza hacia la medicina

tradicional que algunos discursos aprovechan para posicionar terapias alternativas

como si fueran sustitutos absolutos de la atención médica. El resultado es una

mezcla peligrosa: desinformación, marketing emocional y falta de regulación.

También influye la velocidad con la que circula la información. En redes sociales,

una recomendación puede volverse viral en cuestión de horas. Influencers,

celebridades o creadores de contenido comparten rutinas, suplementos o

procedimientos sin necesariamente comprender sus implicaciones médicas. Lo

que para algunos puede parecer un simple consejo de bienestar, para otros puede

convertirse en una decisión de salud tomada sin la orientación adecuada.

Esto no significa que el interés por el bienestar sea negativo. Cuidar la

alimentación, hacer ejercicio, atender la salud mental o buscar terapias

complementarias con respaldo profesional son prácticas valiosas. El problema

surge cuando el bienestar se transforma en un producto que promete resultados

milagrosos sin evidencia ni responsabilidad.

Frente a este panorama, la mejor herramienta sigue siendo la información. Antes

de someterse a cualquier tratamiento, es fundamental verificar que quien lo ofrece

tenga formación médica o certificaciones oficiales, investigar los posibles riesgos y

evitar procedimientos que prometan resultados inmediatos o extraordinarios. La

salud no debería depender de modas ni de recomendaciones virales.

Buscar sentirse mejor es legítimo y necesario. Pero el bienestar real no se

construye a partir de atajos ni de promesas mágicas. Implica decisiones

informadas, profesionales capacitados y un enfoque responsable del cuidado

personal. En tiempos donde el wellness se vende como estilo de vida, quizá el

acto más saludable sea aprender a cuestionar, investigar y elegir con criterio antes

de poner el cuerpo —y la salud— en manos equivocadas.

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