• Cómo las redes sociales, la inteligencia artificial y la desinformación están transformando la democracia en México y América Latina

Por José Sobrevilla
¿Se ha dado cuenta de que hoy la verdad compite contra un algoritmo? Tan ha sido así que un conocido columnista mexicano fue criticado por decir que “la realidad era irrelevante” y lo que importaba era la “narrativa”. Todavía en el siglo pasado, la información pública circulaba a través de periódicos, estaciones de radio y canales de televisión sometidos a criterios editoriales relativamente identificables. La llegada de Internet prometía democratizar el acceso al conocimiento y ampliar la libertad de expresión, pero, dos décadas después, América Latina enfrenta la paradoja de que nunca había existido tanta información disponible y, al mismo tiempo, jamás había sido tan difícil distinguir entre realidad y manipulación.
La irrupción de las redes sociales, la inteligencia artificial generativa, los sistemas automatizados de difusión de contenidos y los llamados “deepfakes” han transformado radicalmente el ecosistema informativo, comenzando una revolución tecnológica que se ha convertido en uno de los principales desafíos para las democracias contemporáneas.
Gran parte de esta información ha sido concentrada en un libro llamado “El Sicariato Informativo, El algoritmo su arma letal” que circula ya en Amazon y cuya autoría es del comunicador Juan Ayón Bernal (exjefe de información del periodista y conductor Ricardo Rocha) y de este columnista. ¿Por qué escribimos este libro? Precisamente porque organismos internacionales, autoridades electorales, universidades y centros de investigación coinciden en que la desinformación se ha convertido en un factor capaz de alterar procesos políticos, influir en la opinión pública, exacerbar conflictos sociales y erosionar la confianza ciudadana en las instituciones.
Originalmente las plataformas digitales no fueron diseñadas para difundir información verificada, sino para captar atención. Su modelo económico depende de mantener a los usuarios conectados el mayor tiempo posible; así, diversos estudios académicos han demostrado que los contenidos que provocan emociones intensas —miedo, enojo, indignación o sorpresa— generan más interacciones que la información objetiva y contextualizada. Como consecuencia, los algoritmos tienden a favorecer publicaciones que despiertan reacciones inmediatas.
La UNESCO ha advertido que esta dinámica facilita la propagación de contenidos falsos o engañosos, especialmente en contextos de polarización política y desconfianza institucional, características presentes en numerosos países latinoamericanos.
La velocidad con la que se propagan estos mensajes supera ampliamente la capacidad de verificación de periodistas, estudiosos del tema, académicos y autoridades. Cuando una noticia falsa es desmentida, el daño a menudo ya está hecho. Decía con frecuencia el expresidente AMLO “La mentira, cuando no mancha, tizna”.
Lo conocido globalmente es que México se ha convertido en uno de los principales laboratorios regionales de la desinformación política. Durante los procesos electorales de los últimos años, el Instituto Nacional Electoral (INE) y diversas organizaciones de verificación documentaron la circulación masiva de videos manipulados, fotografías sacadas de contexto y narrativas falsas relacionadas con supuestos fraudes electorales.
Las plataformas digitales se fueron transformando en espacios donde millones de ciudadanos recibieron información sin filtros editoriales y sin mecanismos eficaces para distinguir entre contenido auténtico y contenido fabricado. La situación se agravó debido a la creciente polarización política. Las redes sociales dejaron de ser únicamente espacios de interacción para convertirse en campos de batalla donde grupos políticos, simpatizantes, operadores digitales y usuarios anónimos compiten por imponer narrativas.
Expertos en comunicación política señalan que la discusión pública ya no gira necesariamente en torno a los hechos, sino alrededor de interpretaciones emocionales de esos hechos; por lo que la percepción termina siendo más importante que la evidencia, como bien lo ha dicho el cuestionado columnista de El Financiero, Raymundo Riva Palacio.
Uno de los fenómenos más documentados en América Latina es la utilización de redes coordinadas de cuentas automatizadas. Investigaciones realizadas por universidades y centros especializados han identificado estructuras capaces de generar miles de mensajes simultáneamente para amplificar tendencias, posicionar etiquetas o desacreditar adversarios políticos; operaciones que funcionan creando la ilusión de apoyo masivo. Un usuario promedio observa cientos o miles de mensajes similares y puede concluir erróneamente que representan una opinión mayoritaria. Ejemplos de ello han sido incluidos en el mencionado libro “El sicariato informativo”.
Brasil fue uno de los primeros países de la región donde este fenómeno alcanzó gran escala. Durante diversos procesos electorales se documentaron campañas coordinadas que utilizaron redes sociales y aplicaciones de mensajería para difundir información falsa o engañosa. En México, Colombia y Argentina también se han detectado operaciones digitales destinadas a influir en la conversación pública mediante mecanismos automatizados. Lo preocupante es que la inteligencia artificial ha reducido significativamente los costos de estas estrategias. Lo que antes requería decenas de operadores humanos hoy puede ejecutarse mediante sistemas automáticos capaces de producir textos, imágenes y videos de apariencia auténtica, y Brasil representa uno de los ejemplos más estudiados de desinformación digital en el mundo.
Investigaciones periodísticas y académicas han documentado cómo millones de mensajes fueron distribuidos mediante grupos de WhatsApp durante campañas electorales, aprovechando la naturaleza privada y cifrada de la plataforma. A diferencia de Facebook o “X”, donde el contenido puede ser monitoreado públicamente, las cadenas de WhatsApp se propagan en espacios cerrados difíciles de rastrear. Esta situación permitió la difusión masiva de rumores, teorías conspirativas y contenidos falsos que alcanzaron audiencias de enorme magnitud antes de ser verificados.
El fenómeno reveló una realidad inquietante: las campañas de desinformación ya no necesitan medios tradicionales para alcanzar impacto nacional. En Venezuela, por ejemplo, la manipulación informativa ha adquirido características particularmente complejas debido a la intensa confrontación política.
Diversas organizaciones internacionales han documentado tanto campañas oficiales de propaganda como operaciones digitales destinadas a influir en la percepción pública dentro y fuera del país. La abundancia de información contradictoria ha generado un entorno donde la ciudadanía enfrenta enormes dificultades para verificar hechos básicos sobre economía, política y derechos humanos.
Especialistas describen este fenómeno como una “guerra de narrativas”, donde la lucha por controlar la percepción pública se vuelve tan importante como los acontecimientos mismos. Si la desinformación tradicional ya representaba un desafío considerable, los deepfakes han elevado el problema a una nueva dimensión, porque con ellos, mediante inteligencia artificial, es posible crear videos en los que una persona parece decir algo que jamás dijo o participar en eventos que nunca ocurrieron.
Los avances tecnológicos han sido tan rápidos que incluso especialistas encuentran dificultades para distinguir algunos contenidos falsificados. Un video falso de un candidato presidencial, un líder empresarial o una autoridad gubernamental podría desencadenar crisis políticas, financieras o sociales antes de que las verificaciones logren desmentirlo. Pero quizá el efecto más peligroso sea otro: la destrucción de la confianza en la evidencia audiovisual. Si cualquier imagen puede ser falsificada, entonces cualquier imagen auténtica también puede ser cuestionada.
En Colombia y Argentina, investigadores han observado cómo las redes sociales amplifican divisiones políticas preexistentes. Los algoritmos suelen mostrar contenidos compatibles con las preferencias ideológicas del usuario. Con el tiempo, esto genera comunidades digitales donde las personas interactúan principalmente con quienes comparten sus creencias, formando cámaras de eco informativas.
Dentro de estas burbujas, las noticias falsas encuentran condiciones ideales para prosperar porque rara vez enfrentan cuestionamientos significativos. La consecuencia es una creciente fragmentación del espacio público y una disminución de los consensos mínimos necesarios para el funcionamiento democrático.
La manipulación digital no afecta únicamente a la política. Mujeres, periodistas, activistas y menores de edad se encuentran entre los grupos más vulnerables. UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia), la agencia de la ONU dedicada a proteger y promover los derechos de todos los niños, niñas y adolescentes, ha alertado sobre el incremento de imágenes y videos falsificados mediante inteligencia artificial con fines de explotación sexual, acoso o extorsión.
Periodistas de investigación han sido blanco de campañas coordinadas destinadas a desacreditar su trabajo mediante rumores, montajes y ataques digitales. La violencia simbólica generada por estas prácticas tiene consecuencias reales en la vida cotidiana de miles de personas. La principal víctima de la desinformación no es una elección específica ni un gobierno determinado; las democracias requieren que los ciudadanos compartan una base mínima de hechos verificables para debatir, discrepar y tomar decisiones colectivas.
Cuando la verdad se vuelve relativa y cada grupo construye su propia versión de la realidad, la posibilidad de diálogo disminuye y aumenta la polarización. La confianza en los medios, en las instituciones y en la evidencia misma comienza a deteriorarse. Por lo tanto, México y América Latina atraviesan una transformación histórica del espacio público. La combinación de algoritmos, redes sociales, inteligencia artificial, bots, fake news y deepfakes ha creado un ecosistema informativo donde la percepción puede ser moldeada con una eficacia sin precedentes.
La región enfrenta un reto que trasciende la tecnología. Se trata de una cuestión democrática, cultural y educativa. La capacidad de las sociedades para distinguir entre información verificable y manipulación digital será uno de los factores decisivos para la calidad de la vida pública en las próximas décadas.
La pregunta ya no es si la realidad puede ser manipulada digitalmente. La evidencia demuestra que puede hacerlo. La verdadera pregunta es si las democracias latinoamericanas serán capaces de desarrollar las herramientas necesarias para defender la verdad en una era donde la ficción puede parecer más real que los hechos.
Fuentes consultadas
*[UNESCO – Disinformation in Latin America and the Caribbean](https://www.unesco.org/en/articles/how-can-latin-america-and-caribbean-deal-disinformation?utm_source=chatgpt.com)
*[Instituto Nacional Electoral (INE) – Estrategia Certeza contra la desinformación](https://centralelectoral.ine.mx/?utm_source=chatgpt.com)
*[Oxford Internet Institute – Computational Propaganda Project](https://demtech.oii.ox.ac.uk/?utm_source=chatgpt.com)
*[UNICEF América Latina y el Caribe](https://www.unicef.org/lac/?utm_source=chatgpt.com)
*[Reuters Fact Check] (https://www.reuters.com/fact-check/?utm_source=chatgpt.com)
*[First Draft News Archive (desinformación digital)](https://firstdraftnews.org/?utm_source=chatgpt.com)
* [International Fact-Checking Network (IFCN)](https://www.poynter.org/ifcn/?utm_source=chatgpt.com)
* Organization of American States – Informes sobre integridad electoral y desinformación.
* World Economic Forum – Riesgos globales de desinformación e información falsa.
* OECD – Estudios sobre resiliencia democrática e integridad de la información.

