
¡De que la perra es brava, hasta a los de casa muerde! Así reza uno de los refranes mexicanos más socorridos. Y viene al caso por lo que esta ocasión, con su venia, comentaremos usted y yo.
Valdría, primero, remontarnos al pleno Siglo de Oro, cuando el genio del escritor español Luis Vélez de Guevara produjo una joya de la picaresca política: el célebre Fisgón Diablo Cojuelo. Este personaje tenía el poder de levantar los techos de las viviendas de Madrid para ver qué ocurría bajo los tejados. Era un fisgón con su nariz metida en las alcobas, confidente en las travesuras de los enamorados, ventilador de chismes y atizador de escándalos menores. Sus ojos nucleares lo veían todo.
La trascendencia de este espía de los callejones y vecindarios de la ex Villa del Oso y el Madroño quedó asegurada cuando el famoso canciller de Napoleón Bonaparte, el príncipe Charles Maurice de Talleyrand, conspicuo vigilante, fue señalado como el auténtico “diablillo cojuelo”, dueño de los secretos de alcoba de su Excelencia.
El defecto de la cojera –que asemejaba a Talleyrand con el Fisgón de Vélez– viene de una leyenda clásica del rey Salomón, que decía que éste había conseguido encerrar en una botella los espíritus malignos: menos a uno, cojo para más señas.
Este fue el que se encargó de liberar a los demás y su cojera se debió a que, cuando se produjo la famosa rebelión de los ángeles contra Dios, y los rebeldes fueron expulsados del cielo, cayeron encima de él, rompiéndole una pierna, causándole el defecto que arrastraría toda su vida.
En su obra 1984, Orwell, creador moderno del Big Brother, sentenciaba: “quien controla el pasado, controla el futuro; quien controla el presente, controla el pasado”, y como nunca antes, sobre nuestras cabezas se teje la telaraña invisible de espionaje en la que vamos quedando atrapados.
Ser Inocente es el Peor de los Crímenes
El síndrome orwelliano de la vigilancia ha penetrado de tal manera en las conciencias que los más exitosos programas de televisión en Europa y Estados Unidos, son los que tienen que ver con el gran ojo omnipresente.
Desde su pantalla doméstica, el telespectador puede ver, igual que el “diablo cojuelo”, lo que hace en la intimidad un grupo de personas, sometidas a un encierro prolongado.
Es como si estuviera entrenando para convertirse en poco tiempo en espía de extraños. Porque la nueva tarea de la humanidad es espiar. El síndrome del vigilante vuelve a ganar fuerza. Entre más débil, el gobierno quiere oír más que un tísico.
¿Qué conversas con tus amigos? ¿Qué correo recibes? ¿En qué compañías andas? ¿Cuáles son tus distracciones? ¿Qué música escuchas? ¿Qué libros, periódicos, páginas web o revistas lees y recibes? Y, por supuesto, como su campo de acción siempre han sido las recámaras, hasta ¿cuál es la pornografía que más te gusta?
Todo puede conducir a una pista, para prevenir, investigar y castigar a tus vecinos, a tus amigos, a los que te acompañen en alguna distracción intelectual. Se elabora así un nuevo atentado contra el ciudadano.
Obviamente, se incluyen normas abusivas que permiten búsquedas y espionajes telefónicos sin orden judicial y sin sentencia previa, así como arrestos “a la texana” sobre cualquier ciudadano que parezca “sospechoso”. Los juicios orales, por supuesto, van de la mano.
En contrapartida, los policías y agentes federales son inmunes a cualquier acción legal; las autoridades pueden recoger cualquier información confidencial sin aprobación ministerial ni permiso del afectado.
Todos somos en esencia, una red de informantes ad honorem, instruidos para transmitir al gran espía todo lo que vemos y escuchamos, violando flagrantemente el derecho constitucional a la libertad de expresión o a la de información.
La idea es que desaparezca la privacidad, a manos de las nuevas tecnologías.
El “diablo cojuelo” podrá levantar los tejados y el espía podrá invadir todos los resquicios. El crimen podrá ser detectado en la mente del criminal, ¡antes de que se cometa!
Si al investigado lo encuentran inocente, ¡mala suerte!, pues éste es el peor crimen que existe en medio de una sociedad donde la mayoría de los que mandan es corrupta.
Iniciativa que Atenta Contra la Constitución
Como usted se ha de imaginar, por lo descrito anteriormente, los toluquitas no podían quedarse atrás y en la Oficina del consultor jurídico de Los Pinos, se promovió una infame invasión a los derechos fundamentales de los usuarios de nuevas tecnologías.
Para darle seguimiento, se empolla en las comisiones legislativas un proyecto de “Ley para colaborar con la seguridad y la justicia”.
Sin embargo, su único propósito es obligar a las empresas operadoras a conservar datos, mensajes y direcciones de los usuarios de internet para investigar y combatir delitos.
Es muy conocida la celebrada alegoría del enciclopédico Hegel, repetida en varios tratados de filosofía del derecho, acerca de equiparar la ley con las alas del búho de Minerva, que refleja sus alas en vuelo al atardecer sobre la sociedad establecida.
La ley así es. Su función es regular las relaciones que ya se estilan entre la población para fijar sus límites, regular su ejercicio, castigar los abusos. Pero vomitar leyes que no regulan lo existente, ni tienen que ver con la sociedad de que se trata, equivale a lanzar fuegos fatuos. Bendecir la mentira con agua de borrajas.
Es demasiado draconiana, inflexible, persecutoria, en el tratamiento del intercambio de mensajes en las redes sociales. Afortunadamente llega tarde.
No cabe duda: ¡la ignorancia es atrevida!
¡No pasarán!

