La saturación de medidas criminales de Donald Trump contra Cuba

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Por Luis Manuel Arce Isaac

 

  Donald Trump y su acólito Marco Rubio se han dedicado en año y siete meses de gobierno a idear y buscar cualquier tipo de sanciones económicas como parte de su política de aislamiento y preparación para un presunto ataque militar a la pequeña isla de Cuba si la fruta no cae por su propio peso.

   Para hacerlas más dramática y temibles, esas órdenes ejecutivas se anuncian y ejecutan bajo un gran paraguas también prefabricado, de calificar a Cuba, sin pruebas capaces de demostrarlo, de un peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos, el país más poderoso del mundo según Trump. Un cinismo de marca mayor.

   En consecuencia, han creado una sobresaturación de sanciones que superan a todas las anteriores acumuladas desde el 1 de enero de 1959, como carburo para madurar la fruta que 67 años después todavía no ha caído en sus manos, y eso los desconcierta mucho.

   Ya no saben qué inventar en el caso de la islita antillana, pero en cualquier momento la sancionan por plantar cocoteros en las playas bajo el argumento de seducir a los turistas estadounidenses con productos afrodisiacos que los pone a bailar cha-cha-chá, lo cual es una amenaza para su seguridad nacional.

    La saturación de medidas y sanciones económicas sin sustento justificativo, ni lógica argumental, la jurisprudencia la reconoce como «habituación coercitiva» o «desensibilización normativa», y se concreta cuando el castigo se vuelve rutinario por reiteración.

    De tal manera es así, que el cubano ya la concibe como una normalización imperialista de la amenaza, y parte sustantiva de la filosofía del miedo, el gran placer del egocentrismo, una de las tantas enfermedades de Donald Trump y Marco Rubio.

   Su consecuencia inmediata es que la sanción deja de ser efectiva al perder su poder disuasorio, aun cuando sus efectos dañinos pueden ser muy fuertes y golpear inmisericordemente a la persona humana, que es lo cotidiano en la hermosa y pacífica isla.

    Por supuesto que no vamos a desmentir ni a negar los importantes efectos dañinos del bloqueo sobre el pueblo cubano, quien lo sufre como sujeto directo de las sanciones de Trump.

   Es muy cierto, como expresan los peritos, que la saturación de medidas y sanciones afecta negativamente a la salud mental, el rendimiento laboral, los sistemas tecnológicos y los procesos de audio; y los apagones vuelven medio loco a cualquiera por muy ecuánime que sea.

    Tener un hijo con cáncer y no tener los medicamentos correspondientes para aliviar su dolor y crear esperanzas, o a otro con un padecimiento que requiera urgencia quirúrgica y no poder operarlo por falta de medios, lleva a los padres a punto de manicomio. El sufrimiento es descomunal.

    Entre los cubanos, también es verdad, hay fatiga crónica por esa política malthusiana de Trump y Rubio, hay bloqueo mental, irritabilidad por estrés acumulado, baja productividad, ausentismo, incremento de enfermedad, todo eso y muchísimo más, en medio de una sobrecarga de desinformación dirigida mediante Inteligencia Artificial.

    Pero, he ahí la contradicción. La saturación de medidas pierde efectividad, eleva la capacidad de resiliencia del afectado y aumenta asombrosamente el umbral de tolerancia tanto individual como colectiva, porque es tanto y tan diverso el castigo que ya no asusta, ni siquiera la amenaza de un ataque militar.

   Por el contrario, ante la perspectiva de que no habrá solución por parte del agresor, la indiferencia respecto de las medidas se hace más pronunciada y generalizada, y en una parte importante de la población las reacciones son muchísimos más cercanas al patriotismo que al antipatriotismo.

   Es lo que aturde los débiles cerebros de Trump y Rubio por el desequilibrio de sus neuronas, dominados por la irracionalidad. No acaban de entender el por qué los cubanos

asumen la sanción como un costo de su misma existencia, y eso los prepara para buscar formas propias y hasta primitivas, de sobrevivir, como regresar a la época anterior al descubrimiento de la electricidad, cocinar con leña y alumbrarse con lo que aparezca.

    La saturación de medidas de castigo, contraproducentemente, provocan lo que los profesionales de la salud mental denominan «reactancia psicológica» la cual se caracteriza por no aceptar reglas impuestas, sino, al contrario, aumentar su lucha en busca de recuperar la autonomía que el castigo les está arrebatando.

   Es decir, todo lo contrario a lo que desean los señores Trump y Rubio, y explica, al mismo tiempo, la determinación de la mayoría de los 9 millones 400 mil cubanos —cifra a la que se ha reducido la población cubana— de mantener vivo y enérgico su deseo rebelde de romper la normativa del miedo trumpiano y no dejarse arrebatar su libertad y soberanía.

    Y no es que el pueblo cubano le haya perdido el respeto al adversario, sino que este es quien lo ha erosionado, y eso lo ha distanciado tanto del objetivo de hacer claudicar a Cuba, que lo convierte en un elemento altamente peligroso para la integridad física de la mayor de las Antillas y su valerosa población.

   Es lo que deberían tener en cuenta en estos momentos cruciales quienes defienden a los cubanos de las atrocidades que esta cometiendo el neofascismo trumpiano.

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