La Trampa de Tucídides, la guerra irrestricta y el siglo XXI

Por Gabriel Camilli

Las palabras importan. Mucho más cuando son pronunciadas por líderes de potencias que hoy disputan la conducción del sistema internacional. Por eso no pasó desapercibida la reciente referencia de Xi Jinping a la llamada “Trampa de Tucídides”, durante sus conversaciones vinculadas a la relación estratégica entre China y Estados Unidos.

Xi planteó si ambas naciones serían capaces de “superar la llamada Trampa de Tucídides”, elevando deliberadamente la discusión muy por encima de los aranceles, el comercio o las disputas tecnológicas. El mensaje fue inequívoco: el verdadero problema entre Washington y Beijing ya no es económico. Es histórico, estructural y geopolítico.

Para comprender la profundidad de esa afirmación resulta indispensable regresar más de dos mil años atrás. Tucídides fue un estratega e historiador ateniense del siglo V a.C., autor de la monumental Historia de la Guerra del Peloponeso, obra que todavía hoy continúa siendo lectura obligatoria en academias militares y centros de estudios estratégicos de todo el mundo. Tucídides describió el gran conflicto que enfrentó a Atenas, potencia marítima, comercial y expansiva, contra Esparta, potencia terrestre, militarizada y conservadora que dominaba el orden tradicional griego.

Tras las guerras contra Persia, Atenas comenzó a crecer de manera extraordinaria. Expandió su flota, controló rutas marítimas, construyó un sistema de alianzas y acumuló riqueza, influencia cultural y poder político. Esparta observó ese ascenso con temor. Fue entonces cuando Tucídides dejó una de las frases más célebres de la historia política: “Fue el crecimiento del poder de Atenas y el temor que esto provocó en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”.

Siglos después, esa reflexión sería reformulada como la “Trampa de Tucídides”: la idea de que cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia dominante, el riesgo de conflicto sistémico aumenta dramáticamente. La Guerra del Peloponeso terminó con la victoria militar de Esparta en el año 404 a.C. Sin embargo, el resultado estratégico fue mucho más complejo. El conflicto agotó a ambas potencias, debilitó al conjunto del mundo griego y abrió el camino para el ascenso de Macedonia bajo Felipe de Macedonia y posteriormente Alejandro Magno. La gran enseñanza histórica es contundente: en las guerras hegemónicas, incluso el vencedor puede terminar estratégicamente destruido.

Cuando Xi invoca a Tucídides no está realizando una referencia académica casual. Está describiendo cómo percibe la actual relación entre China y Estados Unidos. Muchos analistas occidentales presentan hoy a China como una nueva Atenas: una potencia emergente, dinámica, tecnológica y comercial que desafía el orden establecido. Mientras tanto, Estados Unidos aparece como una suerte de Esparta contemporánea: la potencia dominante que busca preservar el sistema internacional construido tras el final de la guerra fría.

Pero el problema central no es quién ganará. La verdadera cuestión es si el sistema internacional sobrevivirá intacto a esta transición de poder.

Y aquí aparece un elemento fundamental para comprender el siglo XXI: la transformación misma de la guerra. A fines de la década de 1990, los coroneles chinos, Qiao Liang y Wang Xiangsui, desarrollaron el concepto de “Guerra Irrestricta”. La tesis era revolucionaria: en el mundo contemporáneo la guerra ya no se limita al campo militar. Todo puede convertirse en arma. Las finanzas, el comercio, la tecnología, la energía, la información, las redes sociales, la presión diplomática, los mercados, el derecho internacional y hasta las cadenas logísticas globales pasan a integrar el escenario del conflicto. La frontera entre paz y guerra comienza a desdibujarse.

Y justamente eso es lo que estamos observando hoy entre Washington y Beijing. La confrontación ya existe, aunque todavía no adopte la forma de una guerra convencional directa. Se expresa mediante sanciones, bloqueos tecnológicos, disputas por semiconductores, competencia por la inteligencia artificial, presión naval en el Indo-Pacífico, luchas energéticas, operaciones de influencia global y una permanente batalla narrativa por definir quién representa el orden legítimo del siglo XXI.

No estamos frente a una nueva Guerra Fría clásica. Estamos frente a una competencia multidominio, permanente y difusa.

En este punto, la lógica de la guerra irrestricta se vincula directamente con lo que hemos conceptualizado como la “Niebla de la Guerra 2.0”. En la guerra contemporánea, la percepción importa tanto como el fuego. La narrativa puede valer más que una victoria táctica y el combate psicológico se vuelve inseparable del militar. La guerra ya no ocurre únicamente en el frente. También ocurre en los medios, en las plataformas digitales, en los mercados energéticos, en los sistemas financieros y en la mente de las sociedades.

El objetivo ya no consiste solamente en destruir fuerzas enemigas. Consiste en alterar voluntades políticas, fragmentar cohesión social y condicionar decisiones estratégicas.

Por eso China intenta evitar una confrontación militar frontal prematura. Beijing parece haber estudiado cuidadosamente la caída de Atenas. Busca ascender ganando tiempo, expandiendo capacidades industriales, fortaleciendo corredores comerciales, consolidando poder naval y presentándose como un actor racional frente a un orden internacional que percibe agotado. Mientras tanto, Estados Unidos enfrenta una creciente saturación estratégica que abarca simultáneamente la guerra en Ucrania, la crisis de Medio Oriente, la competencia en el Indo-Pacífico, la disputa tecnológica y la fragmentación del sistema global.

La referencia de Xi a Tucídides revela entonces algo mucho más profundo que una simple disputa bilateral. Estamos presenciando la transición desde un orden unipolar hacia un sistema crecientemente multipolar o policéntrico. Y como toda transición histórica de poder, el proceso contiene riesgos enormes.

La historia de Esparta y Atenas enseña que las guerras hegemónicas pueden destruir no sólo a los derrotados, sino también al sistema entero que ambas potencias intentan controlar. Pero la guerra irrestricta agrega un elemento nuevo: hoy el conflicto puede expandirse a todas las dimensiones de la vida humana sin necesidad de una declaración formal de guerra.

La gran pregunta del siglo XXI ya no es solamente quién dominará el mundo. La verdadera pregunta es si la humanidad será capaz de atravesar esta transición sin que la competencia sistémica entre grandes potencias termine convirtiendo al planeta entero en un campo de batalla multidominio.

 

 

 

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