*Movilidad en la Ciudad de México: cuando nadie está satisfecho*

Por Gonzalo López Abonza

Entre omisiones, decisiones parciales y falta de conducción, la movilidad en la capital refleja una crisis estructural. Más que una crítica, este es un llamado a corregir el rumbo antes de que la insatisfacción se convierta en un problema mayor.

Hablar de movilidad en la Ciudad de México hoy no es un ejercicio técnico, es un llamado de atención. Porque más allá de discursos y anuncios, lo cierto es que hay una percepción cada vez más extendida: en materia de movilidad, nadie está satisfecho.

Sí, el Sistema de Transporte Colectivo Metro sigue siendo la columna vertebral del sistema y un referente inevitable al hablar de movilidad. Sin embargo, más allá de casos específicos, lo relevante es entender que cualquier presión o falla en este sistema impacta al conjunto de la ciudad, evidenciando una problemática más amplia que no se limita a un solo modo de transporte.

La crisis es estructural.

El transporte concesionado —rutas, corredores y sistemas que mueven a millones de personas todos los días— enfrenta una presión financiera insostenible: costos en aumento, tarifas contenidas y subsidios que no alcanzan. No se trata de falta de capacidad, sino de un modelo que lo ha llevado al límite.

En ese contexto, el taxi concesionado sigue siendo un actor clave que no ha sido plenamente incorporado a una política moderna de movilidad. Hoy se vuelve indispensable impulsar una plataforma digital pública o regulada que acerque a usuarios y taxistas, que les permita competir en condiciones reales y aprovechar la tecnología disponible. No es un tema de nostalgia: es una necesidad para millones de capitalinos que requieren un servicio accesible, seguro y eficiente.

El transporte de proximidad —o mototaxis— también exige una mirada distinta. Durante décadas han resuelto lo que el sistema formal no ha podido: acercar a los usuarios a otros modos de transporte como el Metro, corredores y rutas, funcionando como un verdadero servicio complementario en la cadena de movilidad. Son parte de la vida cotidiana —de quien va al mercado, del estudiante, del trabajador—. Mantenerlos en la informalidad no resuelve el problema, lo prolonga. Integrarlos con reglas claras sería un paso hacia el orden.

A ello se suma un deterioro evidente en la infraestructura vial. Calles en mal estado, baches que se multiplican, topes colocados sin criterios técnicos y a discreción, terminan por hacer más lentos y costosos los traslados. Pero hay un fenómeno adicional que no puede ignorarse: cada vez hay menor superficie efectiva de rodamiento, mientras el parque vehicular crece de manera constante. La ecuación es simple y preocupante: más vehículos en menos espacio.

Al mismo tiempo, la infraestructura vial no se expande al mismo ritmo. La construcción de distribuidores, puentes y soluciones que realmente agilicen el tránsito ha sido limitada frente al crecimiento de la demanda. Esto genera una presión permanente sobre la red existente y explica, en buena medida, la saturación que vive la ciudad todos los días. Y mientras tanto, los sistemas de semaforización inteligente siguen siendo una promesa más que una realidad consolidada.

Sobre las ciclovías, vale la pena decirlo con claridad: quienes impulsamos una movilidad más equilibrada también reconocemos su importancia. Muchos somos ciclistas. Sin embargo, eso no impide señalar que algunas de las implementaciones recientes no han dejado satisfechos ni siquiera a los propios usuarios de la bicicleta —que, además, siguen siendo una proporción limitada dentro del total de viajes—. La discusión no es si deben existir, sino si están bien planeadas, si realmente resuelven problemas y si responden a una estrategia integral.

Y con un evento de la magnitud de la Copa Mundial de la FIFA 2026 en puerta, la exigencia de planeación y sustento técnico debería ser aún mayor. La ciudad no puede darse el lujo de improvisar.

En este contexto, comienza a percibirse algo aún más delicado: una autoridad que, más que conducir el sistema, parece estar reaccionando a él. No se trata de descalificar, sino de reconocer que la movilidad exige conducción, presencia y decisiones firmes.

Porque inevitablemente surge la pregunta: ¿y dónde está el piloto?

El tema de las aseguradoras es otro eslabón crítico que no puede seguir ignorando. Los costos han crecido de manera importante, mientras que el servicio, en muchos casos, deja mucho que desear. Esto impacta directamente en la operación del transporte y, por ende, en la calidad del servicio que reciben los usuarios. Sin una regulación efectiva, se convierte en una carga adicional para un sistema ya presionado.

La movilidad no es un asunto menor. Es una de las principales demandas de los capitalinos porque de ella dependen otros derechos: el acceso al trabajo, a la educación, a la salud, al espacio público. Depende, en buena medida, la calidad de vida.

Por eso, más que una crítica, este debe asumirse como un llamado. A corregir, a ajustar, a replantear. A pasar de la administración de los problemas a su solución.

Las alternativas existen: fortalecer al transporte concesionado, integrar tecnológicamente al taxi, regular con inteligencia al transporte de proximidad, mejorar la infraestructura vial, apostar por sistemas inteligentes de gestión del tráfico y explorar medidas que reduzcan la presión sobre la movilidad, como el teletrabajo o la reorganización territorial del empleo público.

Pero todo ello requiere algo esencial: voluntad.

Desde aquí, con respeto y reconocimiento, vale la pena hacer un llamado respetuoso a nuestra querida Jefa de Gobierno para que haga los ajustes necesarios y encauce con firmeza este tema, apoyándose en quien tenga que hacerlo. Los capitalinos se lo vamos a agradecer, porque de ello depende, en buena medida, la ciudad que habremos de dejar a las próximas generaciones.

Porque hoy la realidad es evidente: nadie está satisfecho. Y aún estamos a tiempo de corregir el rumbo.

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