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En los últimos años, voces conservadoras como la de Charlie Kirk han vuelto a
poner sobre la mesa una idea latente en grupos conservadores: que el avance de
las mujeres habría ido demasiado lejos y que sería deseable regresar a un orden
más “natural”, más doméstico y más obediente. Cuando alguien sugiere que las
mujeres deberían renunciar a derechos conquistados; educación, trabajo
remunerado, autonomía económica, participación política, no está defendiendo
una simple preferencia moral. Está proponiendo una jerarquía social. Y eso
importa, porque los derechos no son un accesorio ideológico ni una moda
generacional: son la base mínima de la libertad.
El fenómeno de las tradwives es la versión más estética de ese retroceso. En
TikTok e Instagram abundan videos de mujeres que presentan la vida doméstica
como una promesa de plenitud: cocinar, cuidar, obedecer, sostener el hogar
mientras el hombre provee. No hay nada ilegítimo en que una mujer elija quedarse
en casa; el problema aparece cuando esa elección se vende como destino ideal
para todas. Los datos ayudan a poner el debate en perspectiva: según la
Organización Internacional del Trabajo), las mujeres realizan alrededor del 76%
del trabajo de cuidados no remunerado en el mundo, y el Banco Mundial estima
que su participación en la fuerza laboral global ronda el 47%, frente a más del 70%
en los hombres. Es decir, la “vuelta al hogar” no ocurre en un vacío romántico, sino
en un contexto donde el trabajo doméstico ya recae de forma desproporcionada
sobre ellas.
Por eso tantas mujeres se oponen a esta narrativa. No porque desprecien la
maternidad o la vida familiar, sino porque entienden que el feminismo no obligó a
nadie a salir de casa: amplió el menú de opciones. Antes de las conquistas legales
del siglo XX, millones de mujeres no podían votar, estudiar libremente, administrar
sus bienes o aspirar a una independencia económica real. Hoy, la brecha salarial
global sigue siendo de alrededor del 20%, lo que demuestra que la igualdad formal
todavía no se traduce en igualdad material. Defender derechos no significa
imponer carreras profesionales; significa garantizar que ninguna mujer dependa
por completo de la voluntad de otro para vivir.
La idealización tradwife también oculta costos muy concretos. La dependencia
económica limita la capacidad de salir de una relación abusiva, de ahorrar para la
vejez o de enfrentar una crisis familiar sin quedar desprotegida. La OMS calcula
que una de cada tres mujeres sufrirá violencia física o sexual a lo largo de su vida;
en ese contexto, tener ingresos propios se vuelve una necesidad. Los videos de
cocinas impecables y matrimonios perfectos rara vez muestran esa realidad.
Tampoco muestran el trabajo invisible que sostiene esa estética: horas de cuidado,
limpieza, organización y renuncia personal que casi nunca se monetizan ni se
reconocen.
El peligro se agrava porque internet convierte estas ideas en contenido
aspiracional. Un estudio publicado en Science en 2018 mostró que las noticias
falsas se difunden más rápido y más lejos que las verdaderas en redes sociales;
no es difícil entender por qué los mensajes emocionales, nostálgicos o
provocadores encuentran tanto terreno fértil. Los algoritmos premian el
engagement, no la complejidad. Así, una visión profundamente desigual puede
presentarse como estilo de vida chic, como si la subordinación fuera una elección
sofisticada y no una pérdida de poder. Cuando figuras públicas con gran alcance
normalizan ese discurso, no solo opinan: moldean el sentido común.
Defender los derechos de las mujeres no implica despreciar el hogar, la
maternidad o el matrimonio. Implica recordar que ninguna de esas decisiones
debe convertirse en obligación, ni en un mandato o rol único. Una sociedad libre
es aquella en la que cada quien decide su futuro sin invalidar las elecciones de
otra, en medio de este panorama resulta peligroso pensar que los derechos son
algo renunciable, pues han luchado generaciones para obtenerlos. Pore so hemos
de desconfiar de cualquier movimiento que pida este retroceso, pues más allá de
una tradición se volvería un atropello a quienes durante décadas han logrado la
igualdad y El Progreso.

