Ni moda, ni tendencia, los derechos no son negociables

zairosas.22@gmail.com

En los últimos años, voces conservadoras como la de Charlie Kirk han vuelto a

poner sobre la mesa una idea latente en grupos conservadores: que el avance de

las mujeres habría ido demasiado lejos y que sería deseable regresar a un orden

más “natural”, más doméstico y más obediente. Cuando alguien sugiere que las

mujeres deberían renunciar a derechos conquistados; educación, trabajo

remunerado, autonomía económica, participación política, no está defendiendo

una simple preferencia moral. Está proponiendo una jerarquía social. Y eso

importa, porque los derechos no son un accesorio ideológico ni una moda

generacional: son la base mínima de la libertad.

El fenómeno de las tradwives es la versión más estética de ese retroceso. En

TikTok e Instagram abundan videos de mujeres que presentan la vida doméstica

como una promesa de plenitud: cocinar, cuidar, obedecer, sostener el hogar

mientras el hombre provee. No hay nada ilegítimo en que una mujer elija quedarse

en casa; el problema aparece cuando esa elección se vende como destino ideal

para todas. Los datos ayudan a poner el debate en perspectiva: según la

Organización Internacional del Trabajo), las mujeres realizan alrededor del 76%

del trabajo de cuidados no remunerado en el mundo, y el Banco Mundial estima

que su participación en la fuerza laboral global ronda el 47%, frente a más del 70%

en los hombres. Es decir, la “vuelta al hogar” no ocurre en un vacío romántico, sino

en un contexto donde el trabajo doméstico ya recae de forma desproporcionada

sobre ellas.

Por eso tantas mujeres se oponen a esta narrativa. No porque desprecien la

maternidad o la vida familiar, sino porque entienden que el feminismo no obligó a

nadie a salir de casa: amplió el menú de opciones. Antes de las conquistas legales

del siglo XX, millones de mujeres no podían votar, estudiar libremente, administrar

sus bienes o aspirar a una independencia económica real. Hoy, la brecha salarial

global sigue siendo de alrededor del 20%, lo que demuestra que la igualdad formal

todavía no se traduce en igualdad material. Defender derechos no significa

imponer carreras profesionales; significa garantizar que ninguna mujer dependa

por completo de la voluntad de otro para vivir.

La idealización tradwife también oculta costos muy concretos. La dependencia

económica limita la capacidad de salir de una relación abusiva, de ahorrar para la

vejez o de enfrentar una crisis familiar sin quedar desprotegida. La OMS calcula

que una de cada tres mujeres sufrirá violencia física o sexual a lo largo de su vida;

en ese contexto, tener ingresos propios se vuelve una necesidad. Los videos de

cocinas impecables y matrimonios perfectos rara vez muestran esa realidad.

Tampoco muestran el trabajo invisible que sostiene esa estética: horas de cuidado,

limpieza, organización y renuncia personal que casi nunca se monetizan ni se

reconocen.

El peligro se agrava porque internet convierte estas ideas en contenido

aspiracional. Un estudio publicado en Science en 2018 mostró que las noticias

falsas se difunden más rápido y más lejos que las verdaderas en redes sociales;

no es difícil entender por qué los mensajes emocionales, nostálgicos o

provocadores encuentran tanto terreno fértil. Los algoritmos premian el

engagement, no la complejidad. Así, una visión profundamente desigual puede

presentarse como estilo de vida chic, como si la subordinación fuera una elección

sofisticada y no una pérdida de poder. Cuando figuras públicas con gran alcance

normalizan ese discurso, no solo opinan: moldean el sentido común.

Defender los derechos de las mujeres no implica despreciar el hogar, la

maternidad o el matrimonio. Implica recordar que ninguna de esas decisiones

debe convertirse en obligación, ni en un mandato o rol único. Una sociedad libre

es aquella en la que cada quien decide su futuro sin invalidar las elecciones de

otra, en medio de este panorama resulta peligroso pensar que los derechos son

algo renunciable, pues han luchado generaciones para obtenerlos. Pore so hemos

de desconfiar de cualquier movimiento que pida este retroceso, pues más allá de

una tradición se volvería un atropello a quienes durante décadas han logrado la

igualdad y El Progreso.

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