
COLUMNA:
CIBERSEGURIDAD POLÍTICA
POR RAUL FRAGA JUÁREZ
21 junio 2026
En el teatro de la política mexicana, el chovinismo se alimenta de conmemoraciones vacías, desfiles de pólvora caduca y discursos desgastados. Sin embargo, cuando se trata de reconocer los verdaderos cimientos de la modernidad y la soberanía tecnológica, el aparato estatal padece una amnesia crónica y selectiva. El pasado 18 de junio transcurrió en la más absoluta irrelevancia burocrática, ignorando que se cumplían exactamente 68 años de la llegada de la primera computadora a México. Esta fecha, sistemáticamente invisibilizada en los registros de festejos nacionales, debería ser un recordatorio anual obligatorio de nuestra histórica incapacidad para valorar la ciencia como un eje de desarrollo estratégico, prefiriendo relegarla al sótano del olvido institucional.
Lo verdaderamente inadmisible no es solo la indolencia del gobierno, sino la alarmante pasividad de la propia Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). La Máxima Casa de Estudios —institución que originalmente impulsó, patrocinó y gestionó la adquisición de aquel titánico «cerebro electrónico» IBM 650— ha sido incapaz de otorgarle la debida dimensión y el peso político que merece un acontecimiento de tal magnitud. No estamos ante una simple efeméride técnica; estamos ante el big bang de la era informática en nuestra nación, consolidado gracias a la tenacidad de personajes históricos clave que hoy yacen sepultados por el desdén oficial.
Fue el genio y la obstinación del ingeniero Sergio Beltrán López lo que rompió la inercia de la época. Tras presenciar el uso de computadoras digitales en Estados Unidos para resolver complejos problemas científicos, Beltrán regresó convencido de que el país no podía quedarse atrás. Encontró un aliado fundamental en el entonces rector de la UNAM, el Dr. Nabor Carrillo Flores, y en científicos de la talla de los doctores Alberto Barajas y Carlos Graef. Juntos, enfrentaron la resistencia de investigadores de la propia universidad que se oponían al proyecto por considerarlo un lujo innecesario, logrando fundar el Centro de Cálculo Electrónico (CCE). Despreciar este origen y el legado de hombres como Beltrán López revela la nula visión de una clase política que consume tecnología extranjera de forma adictiva, pero desprecia la memoria de sus raíces locales.
Esta alarmante desconexión histórica cobra una factura directa en el presente. Si bien el arribo de la primera computadora hace casi siete décadas no generó un impacto inmediato en las redacciones de un periodismo mexicano entonces complaciente con el régimen, en la última década del siglo XX sus niveles de influencia se volvieron definitivos. Aquella máquina de más de 900 kilos que operaba con bulbos y tarjetas perforadas troqueló las bases de la era de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) en el nuevo milenio, convirtiéndose en el pilar que sostiene la libertad de expresión actual y el acceso central a la información.
Precisamente, la evolución de esta semilla tecnológica alteraría el panorama para siempre. La llegada del internet desató la crisis estructural más profunda en la historia de los periódicos impresos, transformando por completo su modelo de negocio, sus dinámicas de trabajo y la forma en que el público consume información. En México y el mundo, este impacto se manifestó a través de una reconfiguración radical de la industria mediática. La publicidad tradicional migró, las redacciones impresas se encogieron y los viejos barones de la prensa tuvieron que arrodillarse ante el imperio del clic y las plataformas digitales.
Esta mutación tecnológica terminó por detonar la crisis múltiple que hoy enfrentan los medios de comunicación en México. No se trata de un simple bache operativo, sino de un colapso sistémico en cinco frentes: una crisis de credibilidad, agudizada por datos del Reuters Institute Digital News Report que ubican la confianza de las audiencias mexicanas en un mínimo histórico del 31%; una crisis financiera terminal provocada por la migración publicitaria; una crisis tecnológica que los obliga a competir contra algoritmos opacos; una crisis de definición editorial que diluye el rigor periodístico en favor del impacto inmediato y el infoentretenimiento; y, de forma trágica, una crisis de seguridad sin precedentes que flagela a los profesionales de la información, convirtiendo al periodismo en un oficio de alto riesgo.
Frente a este desolador panorama, resulta urgente plantear soluciones de fondo. El Estado mexicano, a través de la recién creada Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones, tiene en sus manos la oportunidad histórica de mitigar esta agonía mediante una auténtica Agenda Digital Nacional Soberana. Esto no implica censura ni control gubernamental de contenidos, sino el diseño de políticas públicas que protejan la infraestructura informativa del país a través de tres ejes de acción inmediata:
• Soberanía tecnológica de datos y algoritmos: Crear un entorno digital nacional que dote a los medios nativos de servidores públicos seguros, rompiendo la dependencia asfixiante de las multinacionales de Silicon Valley que se quedan con la mayor parte del pastel publicitario y dictan el tráfico de lectores mediante fórmulas secretas.
• Fondo público de financiamiento transparente: Establecer esquemas de financiamiento independientes de las cuotas de propaganda oficial y de los intereses corporativos de las grandes plataformas, incentivando el periodismo de datos y de investigación mediante exenciones de impuestos en inversiones de ciberseguridad.
• Infraestructura de protección y blindaje digital: Integrar un Plan Nacional de Ciberseguridad que extienda redes seguras de anonimato y protección de datos para reporteros de investigación, protegiéndolos de las sofisticadas intrusiones digitales y campañas de desprestigio.
La propia UNAM documenta de forma demoledora el hito inicial de esta metamorfosis en sus archivos: «La primera computadora en México llegó el 18 de junio de 1958. Fue instalada en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), marcando el inicio de la era informática no solo en el país, sino en toda América Latina”. Que un acontecimiento innovador que retumbó con fuerza por buena parte del continente sea tratado hoy como un dato menor, es el reflejo exacto de un país que prefiere vivir de mitos del pasado antes que comprometerse con el financiamiento y la soberanía digital del futuro. Celebrar este día no es opcional; es una exigencia crítica frente a un sistema que insiste en mantener el rostro de sus verdaderos visionarios en la sombra.
oooOooo

