Un legado social para nuevas juventudes

Por: Zaira Rosas

zairosas.22@gmail.com

Era 2013 cuando conocí en persona a Rossana Reguillo. Acababa de leer un libro

suyo donde analizaba a los policías en México; su narrativa bastó para volverme

su admiradora y querer entender el mundo como ella lo hacía. Ese texto reunía

entrevistas con policías en Guadalajara, pero revelaba algo más profundo: la

inseguridad en México no es un fenómeno lineal, sino un entramado de voces,

contextos y silencios. Para comprenderla, decía implícitamente, hay que escuchar

a todas sus personas, conocer su vida y las motivaciones detrás de cada acto.

La vida intelectual de Reguillo estuvo marcada por una curiosidad inagotable y un

compromiso ético con la realidad. Fue catedrática en el ITESO y formó parte del

Consejo Consultivo de Comunicación de la IBERO Puebla. Sin embargo, su

influencia desbordó las aulas. Siempre se mantuvo cercana a las juventudes, no

desde la condescendencia, sino desde el reconocimiento de su potencia crítica y

creativa. Escuchaba, cuestionaba y acompañaba, la primera vez que pude

escucharle parecía ser alguien que nos conociera de toda la vida y pese a su gran

sabiduría se mostró atenta a nuestras inquietudes y nunca soberbia.

Su mayor acierto —y quizá su legado más poderoso— fue la capacidad de mirar

de frente el horror sin simplificarlo. En sus análisis sobre violencia, desapariciones,

narcotráfico y desigualdad, evitó las narrativas cómodas. En lugar de eso,

construyó relatos complejos donde cabían el dolor, la resistencia y las

contradicciones de México. Supo leer los signos de su tiempo, tanto en las calles

como en los espacios digitales. Por eso impulsó proyectos como el Signa Lab,

donde exploró cómo se construyen las conversaciones públicas en internet y cómo

circula la información en contextos de crisis.

Reguillo entendía que narrar es también disputar el sentido. Sus textos no solo

describían la realidad: la interrogaban. ¿Quién tiene derecho a contar la historia?

¿Qué voces quedan fuera? ¿Cómo se construye el miedo? En sus escritos sobre

México, la violencia nunca fue un espectáculo, sino una pregunta abierta que

exigía responsabilidad colectiva. Nos enseñó que detrás de cada cifra hay vidas, y

detrás de cada discurso, intereses.

Honrar su legado hoy implica más que recordarla: exige actuar. Para las

juventudes, su ejemplo ofrece varias rutas. Primero, informarse con rigor y no

conformarse con explicaciones superficiales. Segundo, escuchar activamente,

especialmente a quienes han sido históricamente silenciados. Tercero, apropiarse

de los espacios digitales con conciencia crítica, entendiendo que también ahí se

construye la realidad social. Y, sobre todo, atreverse a cuestionar incluso las

propias certezas.

En un contexto saturado de información, mantener la criticidad es un acto político.

Reguillo nos enseñó a analizar siempre todas las partes, a desconfiar de las

versiones únicas y a buscar las conexiones profundas entre los fenómenos. Su

legado invita a mirar más allá de lo evidente y a asumir la responsabilidad de

pensar el mundo en colectivo.

La revolución de ideas puede tener lugar en múltiples espacios, incluso en las

plataformas digitales donde los discursos pueden desafiar el autoritarismo, cerrar

los ojos ante la complejidad de nuevas formas de comunicación, sería traicionar su

memoria. En cambio, honrarla implica sostener la incomodidad de las preguntas

difíciles, defender el pensamiento crítico y poner por delante el bien común.

Porque, como ella mostró a lo largo de su vida, entender es el primer paso para

transformar la realidad que nos trastoca aunque no siempre parezca que algo

lejano también nos afecta.

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