Vacaciones adelantadas y rezago educativo a cuestas

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El anuncio sobre la posible conclusión anticipada del ciclo escolar en México a

partir del 5 de junio abrió una discusión que va mucho más allá del calendario

académico. La polémica comenzó cuando Mario Delgado declaró públicamente

que, en reunión con secretarios de educación de las entidades, se había acordado

adelantar el cierre escolar para proteger a niñas, niños y adolescentes de las altas

temperaturas y, además, ajustar actividades ante la realización del Mundial de

Futbol. Sin embargo, horas después, la presidenta Claudia Sheinbaum aclaró que

no existía una decisión oficial y que únicamente se trataba de una propuesta en

evaluación. Esa contradicción exhibió, una vez más, la falta de coordinación y

comunicación clara dentro del propio gobierno.

Más allá de la confusión política, el tema ha generado indignación porque toca uno

de los aspectos más sensibles para cualquier país: la educación. Reducir

semanas del ciclo escolar no es un ajuste menor ni un trámite administrativo.

Implica modificar contenidos, acelerar procesos pedagógicos y dejar incompletos

aprendizajes fundamentales. En un sistema educativo que todavía arrastra

rezagos profundos desde la pandemia, cualquier reducción del tiempo en las aulas

representa un golpe adicional para millones de estudiantes.

El problema no es únicamente que se suspendan clases antes de tiempo; el

verdadero debate es qué mensaje envía esta decisión. Resulta preocupante que el

argumento del Mundial aparezca entre las razones principales para considerar el

cierre anticipado. La protección ante las olas de calor puede ser legítima y

necesaria, especialmente en estados donde las temperaturas alcanzan niveles

extremos, pero mezclar esta medida con la organización de un evento

internacional alimenta la percepción de que nuevamente las prioridades

gubernamentales están enfocadas en intereses externos antes que en el bienestar

educativo del país.

Aunado a lo anterior se hace evidente la falta de planeación pues la elección de

México como sede del Mundial se conoce desde años atrás y pareciera que recién

hay que implementar acciones logísticas que aminoren el impacto de miles de

visitantes y extranjeros que para más de una figura pública serán la prioridad de la

agenda pública.

La molestia social también surge porque parece ignorarse la realidad cotidiana de

miles de familias mexicanas. Tres meses prácticamente completos sin actividades

escolares representan una carga enorme para las personas cuidadoras,

especialmente para las mujeres, quienes históricamente asumen la mayor parte

del trabajo doméstico y de crianza. Muchas madres trabajadoras tendrán que

resolver quién cuida a sus hijas e hijos mientras ellas cumplen jornadas laborales.

Otras simplemente no contarán con opciones, lo cual profundiza en desigualdades

ya existentes.

En ese contexto, el gobernador Samuel García reaccionó rápidamente al anunciar

apoyos dirigidos a madres y padres de familia para enfrentar el posible cierre

adelantado. Más allá de simpatías políticas, el gesto evidencia que sí es posible

pensar en medidas complementarias para proteger a la infancia y acompañar a las

familias. Sin embargo, también deja al descubierto otro problema estructural: la

desconexión entre los distintos niveles de gobierno. Mientras la federación lanza

propuestas ambiguas, los estados intentan responder sobre la marcha a

escenarios que ni siquiera han sido oficialmente definidos.

La educación mexicana ha atravesado demasiados cambios en pocos años.

Primero fue la interrupción provocada por la pandemia; después vinieron

modificaciones curriculares, debates ideológicos sobre los nuevos libros de texto y

ahora posibles recortes al calendario escolar. Cada transformación se presenta

como urgente o necesaria, pero pocas veces se construye con una visión de largo

plazo que coloque realmente al estudiante en el centro.

La discusión debería ir más allá de si las clases terminan en junio o en julio. Lo

verdaderamente importante es preguntarnos qué tipo de educación queremos

sostener en medio de crisis climáticas, cambios sociales y presiones políticas.

¿Verdaderamente queremos avanzar en este tema? O es más conveniente un

país con los estadios llenos, las pantallas prendidas y las aulas vacías.

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