
Por Francisco Bendala Ayuso
Asia Occidental está situada estratégicamente en la encrucijada de tres continentes: Asia, Europa y África. Por ello, controla los accesos a y desde estos continentes. Situada en una posición central, se extiende desde la costa atlántica del norte de África hasta los límites occidentales de Asia Central y se encuentra entre el litoral meridional del Mediterráneo y las costas noroccidentales del océano Índico. Debido a su ubicación tricontinental y a su posición central, la región ha sido históricamente encrucijada de culturas, civilizaciones e intereses de los tres continentes. Desde el punto de vista geopolítico, se puede afirmar que Asia Occidental es, muy posiblemente, la región más importante del mundo.
Por lo dicho, Asia Occidental ha sido siempre centro de la atención internacional por múltiples razones. Su ubicación geoestratégica la ha convertido, desde la antigüedad, en el centro de atención mundial de naciones e imperios. En la actualidad, pero sobre todo tras la II Guerra Mundial, se ha convertido en el principal punto de tensión geopolítica del mundo por dos razones principales: a) el injustificado establecimiento en tal área del Estado de Israel, máxime al hacerlo en el corazón de región abrumadoramente musulmana, y b) la toma de conciencia por parte de los Estados que forman parte de Asia Occidental de que, entre todos ellos, poseen las mayores reservas de petróleo del planeta.
Hasta el momento, Asia Occidental venía rigiéndose por un modelo de seguridad que básicamente consistía en la coexistencia, bien que siempre tensa, cuando no abiertamente enfrentada, de alianzas entre varios de sus más importantes países con potencias externas, dividiéndose dicha área en dos bloques: los que optaban por guarecerse bajo la protección de Occidente, principalmente del mundo unipolar estadounidense (Arabia Saudí, Emiratos, etc.) y los que lo hacían bajo la de sus contrarios, fundamentalmente Rusia (Siria e Irán) y más recientemente de China. La coexistencia entre tales visiones podría haber sido posible, no exenta de las lógicas alteraciones, si no fuera por la existencia de Israel, factor de tensión fundamental no sólo por su ya mera existencia, sino más aún por su recalcitrante actitud expansionista, belicista y agresiva para lo que ha contado siempre con el respaldo de los EEUU, lo que ha dado lugar a múltiples conflictos que desembocaron en enfrentamientos armados de mayor o menor intensidad y duración, generando graves fricciones entre uno y otro de los polos en que, como hemos dicho, se dividía ese modelo de seguridad.
El hecho de que precisamente Israel, con su actitud y respaldo norteamericano –unidos por sus mutuos intereses, aquél por eliminar oponentes, y éste por dominar la región para expulsar de ella a Rusia y más recientemente a China–, fuera poco a poco logrando neutralizar a sus oponentes en la zona, llevó a la práctica extinción de ese otro polo del cual sólo quedó Irán. Así, el modelo de seguridad que había estado vigente hasta ahora quedaba prácticamente desmantelado o, al menos, a punto de serlo.
En la actualidad, cuando Israel, aprovechando la presidencia de Trump y su muy particular forma de ver el mundo, consiguió su apoyo efectivo para intentar dar el golpe definitivo y eliminar a Irán, dando lugar a la nueva “guerra del Golfo” en la que nos encontramos desde hace ya mes y medio, y debido a cómo se han desarrollado los acontecimientos, para sorpresa de muchos, o al menos de los menos informados, dicho modelo de seguridad ha terminado por saltar definitivamente por los aires.
Por un lado, porque los que confiaron en EEUU para protegerse han comprobado, perplejos, que no tiene la capacidad y potencia que le suponían y del que alardeaba, ocurriendo lo mismo con Israel con el cual habían llegado a entendimientos, aunque fueran forzados por las circunstancias, buscados a toda costa por puro y mero interés económico en pos de una estabilidad regional que les asegurara su extraordinario desarrollo económico.
Por otro lado, porque Irán ha demostrado ser lo que sólo algunos pocos se atrevieron a avanzar: una potencia en toda regla capaz de enfrentarse directamente –no sólo mediante los varios “proxis” que maneja– a Israel, pero incluso también al mismísimo EEUU y, además, lograr dejar a éste en evidencia y en una situación muy cercana al ridículo internacional. Tal hecho, incuestionable, sólo puede llevarnos a dar por finiquitado aquel modelo de seguridad y prever uno nuevo que ha de sustituirlo, pues la realidad, tanto a unos como a otros, les obliga a ello; entre otras muchas razones podemos citar como más destacadas por su especiales repercusiones el cierre del Estrecho de Ormuz, contestado in extremis con un aparente bloqueo naval estadounidense a los puertos iraníes poco o nada efectivo y los ataques directos sufridos por Kuwait, Arabia Saudí, Emiratos, etc., afectando a infraestructuras críticas como puertos, aeropuertos, refinerías, yacimientos energéticos que nadie pudo imaginar.
Como resultado de lo dicho, el panorama de seguridad en Asia Occidental va a experimentar una transformación significativa hacia un modelo más multipolar y diversificado. Este cambio se caracterizará por la disminución de la influencia exclusiva de potencias occidentales, sobre todo de EEUU, al apercibirse sus tradicionales aliados en la zona de que no tiene capacidad real para protegerles, o al menos no la que suponían o la que los estadounidenses aseguraban, lo que ha de obligar a los países del área a buscar otros alternativos dando lugar a la aparición y ascenso en la zona de actores regionales y extrarregionales que puedan ofrecer un equilibrio de poder diferente que garantice realmente su seguridad.
Así pues, se va a producir un crecimiento de la multipolaridad, tomando forma un nuevo modelo de seguridad regional más independiente, donde los países del área buscarán no sólo garantizarse a sí mismos su seguridad, sino también implicarse decididamente en tan importante asunto, a fin de gestionar sus propios conflictos multilaterales.
Otra consecuencia será la reconfiguración de las alianzas en la zona mediante la formulación de nuevos pactos (incluso con despliegues militares) que alterarán aún más los siempre inestables equilibrios tradicional mantenidos hasta ahora, lo que redundará en una mayor independencia de la sempiterna influencia de los EEUU.
Entre esos nuevos actores externos destacarán China, Pakistán y Turquía. La influencia de Rusia en la zona, que fue siempre muy importante disminuirá por estar absorbida por la guerra en Ucrania lo que facilita que su lugar lo ocupen los anteriormente citados.
• China es quien tiene mayores posibilidades de influir y beneficiarse del nuevo modelo de seguridad, pues intentará convencer a los países de la zona, o al menos a algunos de ellos, de adoptar un modelo integral que favorezca la estabilidad, condición sine qua non para el consiguiente desarrollo comercial, promoviendo como parte esencial del nuevo modelo la cooperación económica. Para ello, intentará impulsar la coexistencia pacífica, el respeto a la soberanía de los países y la coordinación entre desarrollo y seguridad, buscando, no cabe duda y al mismo tiempo, consolidarse como garante de paz para proteger sus suministros energéticos. En resumen, intentará convencer a los países del área de que el nuevo modelo de seguridad debe ser “integral”, es decir, además de militar, por supuesto, también debe impulsar la estabilidad política y el desarrollo económico al mismo tiempo. Para ello, China aspira ya a ser en Asia Occidental no sólo un importante socio comercial, sino mejor aún consolidarse como un garante de estabilidad; en relación con la actual crisis Pekín no ha ahorrado esfuerzos por conseguir su desescalada mediante una intensa labor diplomática, al tiempo que, reafirmando su apoyo a que Irán defendiera su soberanía y dignidad nacional, ha sabido mantenerse oficialmente “neutral” para proteger sus suministros de petróleo, pues no en balde es el comprador del 90% de las exportaciones de crudo iraní, lo que convierte a la estabilidad regional en una prioridad para la propia seguridad energética de China de cara a su actual Plan Quinquenal 2026-2030.
• Pakistán ha sido la gran sorpresa, demostrando una capacidad de influencia y habilidad diplomática de primera magnitud, consiguiendo convertirse en el mediador clave por excelencia entre Teherán Washington, para lo cual ha sabido jugar magistralmente sus dos más importantes bazas: su estatus de potencia nuclear y su condición de país musulmán, lo que le dota de una posición muy ventajosa de cara al futuro inmediato.
• Turquía se ha implicado también a fondo aprovechando su condición de miembro de la OTAN, su potencia militar y, no cabe duda también, su condición de país musulmán, además de su importante situación geoestratégica, buscando también la estabilidad de la zona bien que en su caso no a través de Irán, como China, sino propugnando la creación de una iniciativa de seguridad regional con Pakistán, Arabia Saudí y Egipto (que ya comienza a denominarse “cuadrilátero sunnita” aprovechando la cancelación de la política de acercamiento de Arabía Saudí a Irán debido al bombardeo iraní de varias refinerías sauditas y de la Base Aérea Príncipe Sultán), buscando garantizar la seguridad de rutas marítimas vitales con el Mar Rojo, potenciando la soberanía estatal frente a los múltiple grupos irregulares que abundan en el área; al tiempo, está consiguiendo que el conflicto en sí no le afecte sometiendo a estricta vigilancia no sólo todo lo que pueda afectar a su economía, sino también al turismo, fuente de ingresos fundamental para Ankara.
Por último, conviene tener muy en cuenta el papel que el propio Irán va a desempeñar a partir de ahora, pues no cabe duda de que va a provechar lo que ha demostrado para intentar protagonizar ese nuevo modelo de seguridad regional, que en su caso se basará en disminuir o incluso expulsar de la zona lo más posible la interferencia extranjera, especialmente la estadounidenses y occidental (incluso con la salida de sus fuerzas militares, o sea, de las bases), asumiendo los propios países de la zona su propia seguridad mediante la creación de una estructura militar integrada exclusivamente por los países del área para garantizar la paz y la estabilidad, acabando con los conflictos bilaterales aún activos, impidiendo injerencias externas, y aislando en lo posible a Israel
Así pues, el futuro del nuevo modelo de seguridad en Asia Occidental será de transición hacia un orden multipolar y fragmentado, donde la dependencia histórica de Estados Unidos disminuirá en favor de alianzas regionales más autónomas, lo que conllevará un declive paulatino del monopolio que ejercía desde hace décadas, forzando a los estados del área a ser más autónomos en su defensa, en lugar de confiar exclusivamente en Washington, incluso asumiendo la necesidad de contar con Irán no como uno más, sino como factor clave de ese nuevo modelo de seguridad, contando para ello con nuevos actores externos como China y Pakistán –tal vez también la India–, dando lugar a alianzas multilaterales como el citado “cuadrilátero sunní”, entre Arabia Saudita, Turquía, Egipto y Pakistán, o entre la India y Emiratos Árabes Unidos entre otras posibles.
Este nuevo modelo de seguridad ya emergente en Asia Occidental posiblemente evolucionará del tradicional escenario de intervención externa a un sistema de equilibrios, bien que frágiles, gestionado por los propios países del área, con el respaldo de varios “socios” impulsores de un mundo multipolar contrario al unipolar estadounidense existentes hasta ahora desde hace décadas.
Lo dicho no está exento, sin duda de grandes dificultades como son quiénes y cómo controlarán (protegerán) el Estrecho de Ormuz para evitar nuevas crisis globales o su empleo en favor de unos u otros, cuál será el equipamiento militar más idóneo para lograr la autonomía efectiva de ese modelo de seguridad, cómo eliminar las múltiples, enrevesadas y seculares rivalidades vigentes entre varios de los Estados o cómo disminuir la fragilidad interna de muchos de ellos.
–oo—
COMENTARIO: El sorprendente desarrollo, bien que sólo para los poco informados, de la actual crisis del Golfo, tiene entre otras una consecuencia de gran calado que consiste en la práctica destrucción del modelo de seguridad vigente en zona tan importante del mundo como es Asia
Occidental. Tal hecho obliga a los países del área a construir un nuevo modelo que corrija los defectos demostrados por el anterior que dependía fundamentalmente de EEUU quien ha quedado en evidencia en cuanto a sus pretendidas capacidades. Por ello, el nuevo modelo de seguridad deberá evolucionar hacia la autonomía de los países del área en detrimento de la influencia estadounidense, y en beneficio de nuevos actores externos como China, Pakistán y Turquía, pero contando con Irán como factor clave al haber demostrado ser una potencia capaz de enfrentarse con notable éxito tanto a Israel –pieza por excelencia de discordia del área–, como también a los EEUU.
Publicado origalmente en Expert Analytical Association “Sovereignty”.

