
COLUMNA: CIBERSEGURIDAD POLÍTICA
POR: RAUL FRAGA JUÁREZ
23 de agosto de 2026
• El reto de la televisión pública ante la IA: ¿innovación o neutralidad?
• Voces de la periferia: Pioneros en la preservación cultural de los medios públicos
• La humildad de José María, “Chema”, Pérez Gay; la historia no contada del origen del Canal 22
Hoy, en los tiempos en que imperan las Tecnologías de la Información y la Comunicación, las redes sociales y la Inteligencia Artificial, la gran mayoría de la población —sobre todo los nativos digitales— poco o nada sabe del verdadero origen que impulsó a los Medios Públicos, Educativos y Culturales de México. Mientras muchas de estas frecuencias se utilizan actualmente como simples bocinas propagandísticas del gobierno en turno, resulta necesario rescatar algunos pasajes trascendentes del gran esfuerzo realizado por profesionales de la comunicación regional alternativa. Hablamos de directivos, periodistas, reporteros, conductores, técnicos y demás personal operativo cuyo trabajo permitió significativos avances que las nuevas generaciones hoy desconocen, bajo la falsa premisa de que la verdadera televisión pública nació en los despachos de los burócratas centralistas. La realidad es que tuvo su cuna en la resistencia de periodistas de provincia y en la humildad de los grandes creadores.
Corría el arranque de la década de 1990; el salinismo devoraba el espectro de los medios del Estado con su implacable ola privatizadora, entregando el pastel de Imevisión al capital privado. En ese escenario de orfandad mediática para la cultura, la necesidad de unirse era una discusión recurrentemente planteada entre los directores de medios del país. Sin embargo, hacía falta pasar de la idea a la acción. Fue entonces cuando un grupo de quijotes (que no “grillos”), desde los medios estatales, decidió tejer una armadura colectiva, liderados por Directores Generales los Sistemas Estatales de Radio y Televisión, y portadores con colmillo, visión social y las suelas gastadas de operar con presupuestos de hambre: Raúl Fraga Juárez desde Michoacán, el mítico Virgilio Caballero desde Oaxaca, Laura Jarque Alonso comandando Guerrero y Héctor Parker Vázquez al frente de Tlaxcala.
El verdadero hito histórico se consolidó en Morelia. Al frente del Sistema Michoacano de Radio y Televisión (SMRTV), Raúl Fraga Juárez materializó el esfuerzo institucional para congregar formalmente a sus homólogos. La capital michoacana se convirtió en la sede estratégica de un Encuentro Nacional de Directores de Medios Públicos y Culturales que sirvió para que las distintas emisoras estatales —que hasta entonces operaban de manera aislada y bajo una asfixia presupuestaria asfixiante— firmaran los primeros acuerdos de intercambio y defensa mutua.
En esa mesa de trabajo coordinada por Fraga no se buscó la foto ni el brindis protocolario; se fincaron las bases definitivas de la radio y la televisión pública a través de cuatro ejes estructurales que transformaron las reglas del juego:
Primero, un histórico Acuerdo de Intercambio y Coproducción de Contenidos, diseñado para romper el centralismo: se pactó una parrilla compartida sin costo donde cualquier serie educativa o documental local/regional de un estado se transmitiría sin pago de por medio en las demás entidades, además de unificar presupuestos en coproducciones regionales para dejar de depender de la federación.
Segundo, firmaron una Declaración de Identidad Común y Autonomía Editorial, que diferenció, por primera vez, la «televisión oficial de gobierno» del verdadero «medio de servicio público», blindando contenidos orientados a la ciudadanía y pactando una resistencia frontal a las lógicas comerciales y la tiranía del rating.
Tercero, se firmó un Pacto de Homologación Tecnológica y Capacitación para tejer redes de asistencia técnica de los sistemas avanzados hacia los más rezagados y profesionalizar el talento local con un estándar unificado.
Y cuarto, el golpe maestro: la creación de una Comisión Organizadora Permanente. Los directores acordaron no disolver la mesa al terminar el evento, comprometiéndose a cabildear colectivamente ante la Secretaría de Gobernación (vía Radio, Televisión y Cinematografía, RTC) y la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) para defender en bloque las concesiones del espectro radioeléctrico.
La voluntad profesional y gremial emanada de Morelia sirvió como el combustible directo para el andamiaje de la Red. Este rol como anfitrión, estratega y articulador en Michoacán es la razón por la cual la historia le reconoce a Raúl Fraga Juárez un papel de liderazgo ejecutivo indispensable para la descentralización de la cultura audiovisual mexicana.
Esa Red de buena voluntad y convenios políticos temporales con los altos tomadores de decisiones estatales (gobernadores) maduró con los años. Aquel embrión jurídico dio paso definitivo a la constitución oficial de la Red de Radiodifusoras y Televisoras Educativas y Culturales de México, A.C. (Red México) el 1 de noviembre de 2005. Este acto legal blindó ante la ley los objetivos fundacionales de independencia, pluralidad frente a los monopolios y cooperación mutua permanente. Con el tiempo, el proyecto inicial pasó de 74 afiliados a integrar hoy a más de 85 miembros —sistemas estatales, canales federales como Canal 11, Canal 22 o JusticiaTV, y frecuencias universitarias como TV UNAM— operando cientos de señales que alcanzan una audiencia masiva de más de 25 millones de personas, manteniendo su vida democrática mediante Asambleas Generales Ordinarias para fijar posturas ante el IFT y el Congreso de la Unión.
Pero hay una postal de aquellos años noventa que retrata a la perfección el tamaño del compromiso y el respeto que infundía este bloque periférico. Ocurrió el mismo día en que (marzo de 1992), en un evento en la residencia oficial de Los Pinos, el presidente Carlos Salinas de Gortari nombró al intelectual y diplomático José María Pérez Gay como Director General del naciente Canal 22, cuya señal saldría al aire el 23 de junio de 1993.
El flamante director, recién retornado a México luego de una importante estadía profesional en Alemania, sabía de letras, de filosofía y de la alta cultura europea, pero de la operación técnica y los laberintos de la televisión nacional en las regiones, poco o nada. En un gesto de desbordante humildad intelectual y pragmatismo puro, apenas recibió el nombramiento y frente al cobijo de la casa presidencial, el maestro «Chema» Pérez Gay no buscó el aplauso de la élite cultural chilanga; pidió apoyo y orientación inmediata a Virgilio, Fraga, Jarque y Parker, con quienes se reunió al día siguiente en el restaurante Dos Puertas, para que le ayudaran a definir y diseñar los contenidos del Canal 22. Quería el ADN de los estados, la pluralidad del México real y el blindaje que solo este bloque de directores podía ofrecerle frente a la avasallante televisión comercial y la escasa o nula atención que los gobernadores le brindaban a la comunicación pública. Aquel día, la frescura europea de Pérez Gay se amarró al colmillo político y operativo de los directores estatales. Se demostró que, para construir un medio con vocación nacional, primero hay que mirar y escuchar a la provincia. Lo demás, es simple “centralismo ilustrado”.
Para explorar el contraste entre el periodismo alternativo de los años 90 (que hizo avanzar a la radiodifusión y televisión pública) y nuestra realidad digital gobernada por las redes sociales y la Inteligencia Artificial, es necesario analizar cómo cambiaron las dinámicas de poder, la tecnología y el concepto de «independencia». El panorama se divide en tres ejes de contraste radical:
1. De la escasez del espectro a la dictadura del algoritmo: Aquel periodismo alternativo (años 90): El gran reto era el acceso al espectro radioeléctrico. Conseguir una concesión de radio o televisión frente al monopolio comercial era una batalla titánica. Los contenidos se cuidaban con celo artesanal; al haber pocos canales, cada documental o programa educativo debía justificar su existencia con rigor cultural e impacto social.
Hoy, cuando reina la realidad digital, el espectro es infinito gracias a internet, pero el espacio de atención es minúsculo. El reto no es transmitir, sino ser visto. Los contenidos ya no los filtran directores con visión social, sino algoritmos diseñados para retener al usuario mediante la polarización, el conflicto o el entretenimiento rápido, diluyendo la vocación social y educativa original.
2. La descentralización real frente a las burbujas de eco: Aquel periodismo explorativo de la década de 1990 abrió la puerta para que los esfuerzos de Virgilio Caballero, Laura Jarque, Raúl Fraga, Héctor Parker y sus homólogos hicieran crecer la señales de medios públicos. Querían que la voz de Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Tlaxcala y demás estados llegara al centro del país para romper el discurso único. Se basaba en el conocimiento del territorio y el periodismo de a pie.
La realidad digital: Aunque las redes permiten a cualquier persona en provincia transmitir en vivo, el ecosistema digital tiende a crear bocinas de eco ideológicas. En lugar de integrar la diversidad del país, las plataformas fragmentan a las audiencias en nichos digitales donde los usuarios consumen solo lo que reafirma sus prejuicios, facilitando que los gobiernos en turno utilicen estos canales para propaganda dirigida.
3. Impulso al cambio, resistencias del poder y la cooptación institucional: El referido periodismo de la década de 1990 nació bajo una lógica de resistencia y contracultura frente a un Estado privatizador y monopolios televisivos. Los directores de los Sistemas Estatales de Radio y Televisión estados buscaban crear «contenidos de servicio público», que incomodaron al grupo en el poder de la época, pero también sensibilizaron a la ciudadanía y colaboraron en su búsqueda por llegar a ser una sociedad ilustrada.
Las herramientas digitales e institucionales han facilitado una centralización técnica de la propaganda. Al convertirse muchos medios públicos actuales en réplicas de las narrativas oficiales de los gobiernos de cualquier nivel, el espíritu crítico original se debilita. Los «nativos digitales» consumen información hiperlocal o global en TikTok o YouTube, pero suelen desconocer que las frecuencias públicas que ven en sus pantallas de Smart TV costaron décadas de resistencia gremial para no ser comerciales.
Por eso, mientras hoy las pantallas se inundan de aplausos dirigidos y algoritmos que adormecen, recordar la epopeya colectiva del gran acuerdo de Morelia para crear la Red Nacional de Medios Públicos, Educativos y Culturales, así como y la sensibilidad de “Chema” Pérez Gay, no es nostalgia barata; es un recordatorio de que los medios públicos nacieron para servir a los ciudadanos, no para endulzarle el oído a los gobernantes. La infraestructura está ahí, conquistada a golpe de congruencia regional; falta ver quién se atreve hoy a encenderla con la misma dignidad y visión de quienes la fundaron.
Porque la verdadera televisión del Estado no se mide por los likes comprados con recursos públicos, ni por el beneplácito de los gobernantes efímeros; se mide por la memoria de un país que se reconoce libre frente a sus pantallas. Dejar morir el espíritu de Morelia es aceptar la derrota ante el aplauso fácil de la nueva era. Y en ese mercadeo de “contenidos” fugaces y monetarización como meta, quienes pierden son la sociedad y la verdad.
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