
Por Luis Manuel Arce Isaac
Las medidas económicas adoptadas por el gobierno de Cuba concentradas en 23 ejes estratégicos y 176 transformaciones a ser aplicadas en lo que resta de año como base de sus tradicionales planes quinquenales, han desatado una interesante polémica nacional por ciertas inquietudes que despiertan respecto al modelo socialista de la Revolución.
Era una situación esperada, como también el oportunismo de los adversarios para criticarlos y formar una matriz de opinión falsa de que el país renuncia a sus ideales socialistas. O sea, que regresa a la sociedad capitalista en la cual lo más ostensible es la división de la sociedad en clases, según el caudal financiero de las familias o del individuo.
Las circunstancias en las que se adoptan las medidas, y el hecho de la unanimidad en los poderes del Estado, incluida la Asamblea Nacional, en el Partido, y en el debate popular que las precedieron, son un indicativo elocuente de que se trata de un imperativo por la salvación nacional.
Ciertamente, en ellas están presentes un sinnúmero de riesgos ineludibles propios de la profundidad y del radicalismo de muchos de los 23 ejes estratégicos que son los rectores del cambio y de los cuales emanan las 176 transformaciones.
El cubano común los observa con una mezcla de esperanza y de temor porque atañen a los conceptos socialistas por los que surgió la revolución y en cuya construcción el país lleva 67 años sin poder lograr lo que hubiera podido hacer si no hubiese existido la guerra económica de Estados Unidos contra la isla, cuya expresión mayor es un bloqueo económico, comercial y financiero que ya lleva ejecutándose 65 años.
Entre los ejes de mayor debate y generadores de temor, figura el fin de los monopolios estatales en el comercio exterior y la producción que la gente veía como una garantía de prevalencia de sus necesidades personales sobre las sociales o económicas.
Temen a una mayor desigualdad social ya manifiesta entre los empresarios privados dueños de Mipymes e incluso de cadenas de estas, que rompieron el esquema romántico de la revolución de una igualdad social absoluta que prevaleció hasta 1990 en Cuba por circunstancias muy específicas, y sin mucha conciencia de que fue el único país en el mundo y en la historia de la humanidad, que logró tal nivel de igualitarismo.
Al dinero no se le daba mucha importancia porque cada familia tenía garantizada la vivienda y la alimentación, la salud, el estudio, el deporte y el transporte en qué moverse, e incluso hasta el ocio recreativo.
Ninguna economía del mundo puede soportar algo semejante, y Cuba lo logró hacer durante 30 años, lo que sugiere que, en condiciones de desarrollo económico óptimo, es posible crear una sociedad así. Por extensión, comprender que un mundo mejor es posible.
Pero esa “bonanza”, en lugar de beneficiar, perjudicó en el sentido de un relajamiento de las metas de desarrollo en sectores estratégicos como el energético, porque el país tenía asegurado el suministro estable y abundante a precios resbalantes o por intercambio de bienes, del crudo soviético. La caída de la URSS y del campo socialista, cambió por completo el panorama.
Cuba se transformó de la noche a la mañana, y de pronto todo su entramado socialista perdió el sustento material y quedó en pie porque el ideológico se mantuvo como parte de sus columnas principales.
Ya Fidel Castro lo había previsto, y tan temprano como 1986 hizo la primera reforma con la cual se renunciaba a aquel sueño romántico de igualitarismo y del Estado como único responsable del bienestar social de la sociedad. La utopía fue tomando otras formas más realistas.
En 1991 ya no hubo más posibilidad que declarar una especie de pausa en la construcción del socialismo, y al Comandante en Jefe, estremecido de dolor, no le quedó otra alternativa que transmitirle al pueblo la necesidad de hacer cambios para salvar las conquistas del socialismo.
Desde entonces los cubanos llevan 35 años haciendo cambios constantes y trazando estrategias para lograr salvar esas conquistas, con un viento en contra descomunal porque el imperialismo arreció su bloqueo.
El enemigo estaba convencido de que el doble bloqueo por la desaparición de los organismos económicos y financieros socialistas por la caída soviética, que impactó tan fuerte al quedarse el país sin el 85 por ciento de su comercio exterior y el 75 por ciento de sus importaciones, sería el puntillazo a la revolución a la cual se le haría imposible sobrevivir. Pero sobrevivió, y demostró que el Estado socialista no era fallido, sino efectivo y pujante.
Los cubanos eran los últimos mohicanos del socialismo tradicional o escolástico, aunque en realidad su programa socioeconómico lo hacía único, en particular por su desbordante humanismo y el interés en convertirse en el hombre nuevo con el cual soñaba el Che, y ese pueblo caribeño fue el modelo tomado para su teoría.
Ese era el principal temor del imperialismo yanqui, y su bloqueo no era tanto por interés económico como ideológico, de allí la constancia y la brutalidad empleada.
Donald Trump repotencializó ese objetivo ideológico al máximo por dos motivos para él fundamentales: el primero, aniquilar de la forma más denigrante, perversa, maliciosa, ese ejemplo de sociedad del futuro basada en el humanismo que representa la revolución.
Segundo, su afán de que lo perciban como el Todopoderoso del universo, incluso aunque no lo vean como el Dios Santo que él pretende, sino como el Satán que es, pero que prevalezca la visión del miedo, la filosofía que aplica por su ego enfermizo y despiadado.
Llevó el bloqueo a sus extremos y, a tal punto, que está dispuesto a recurrir a la fuerza militar para hundir a la isla en el Mar de las Antillas, debido a que, hasta ahora, ha fracasado en todos sus intentos gracias a la heroica resistencia del pueblo y a los mártires que han muerto de enfermedades curables, falta de salud por la mala alimentación, el estrés y la angustia.
El presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez ha hecho lo que seguramente habría de hacer Fidel Castro en tales circunstancias: luchar para salvar las conquistas de la Revolución.
Es probable que el comandante en Jefe, con su ingenio único, hubiera ideado caminos más alternativos no iguales, pero eso es pura especulación. Los tiempos han cambiado, el bloqueo también, al igual que el mundo y los paradigmas de solidaridad, al punto de que ni las potencias amigas han logrado llevar petróleo a la isla, algo incomprensible, por temor a las represalias de Trump. Por tanto, no es correcto hacer comparaciones.
Esa misma situación, es decir, que no llegue a la isla petróleo de nadie, y esté trabajando con el suyo que es más bitumen que crudo por su alto grado de azufre y bajisimo API que lo hacía casi irrefinable hasta hace solo unas cuantas semanas, es un indicativo de la gravedad de la situación.
También, una confirmación de que, si no se toman medidas drásticas, aunque no les guste a todos, salvar esas conquistas ante el frenetismo agresivo del neofascismo trumpista, podría convertirse en un holocausto porque el manbisado del siglo XXI no va a dejar entrar a La Habana a los yanquis. Tendrían que dejarla en ruinas peor que La Guaira con los terremotos, y aún así no podrían conquistarla.
¿Hay temores con los cambios? Pues, ¡claro que sí! El hombre es el único ser vivo sobre el planeta con ambiciones, virtudes y defectos. La corrupción no es exclusiva de un país; es una serpiente de siete cabezas que Cuba tendrá que cortarlas todos los días por su capacidad de reproducirse. Es decir, las medidas requerirán vigilancia y un constante arqueo para no mediatizarlas, deformarlas ni convertirlas en factores de enriquecimiento ilícito.
Es importante recordar que no hay otro ser en la Tierra que pueda traicionar porque hasta los más cercanos al hombre solamente poseen instintos, no pensamiento. El humano está dotado de ambos elementos, y siempre están en lucha. Baste que el instinto se imponga paraque afecte al sentimiento y venga una debacle.
Es lo que está explotando hoy el adversario rampante o el que oculta se mendacidad con velos solapados, y ataca por igual las transformaciones sin evaluar los antecedentes. Es, por poner un solo ejemplo, lo que hacen los seudorevolucionarios autodenominados Comunistas Cuba, que han iniciado una campaña grosera y torpe como si fuese desde la izquierda.
Sus arengas, quizás generadas o al menos amplificadas desde Buenos Aires por Izquierda Diario —una red del trotskista Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), organización integrada al Frente de Izquierda y de Trabajadores – Unidad (FIT-U), que le sirve de tribuna—, atacan a la Revolución desde posiciones supuestamente chovinistas, pero alineadas a los objetivos principales de Trump, como reza su “programa” político.
Para muestra un botón. Su primer punto va directo al grano de la contrarrevolución: «Apoyar las protestas populares para que desemboquen en una revolución política que lleve a la clase trabajadora al poder» (El principal objetivo de Trump y Marco Rubio).
Y el segundo, al propósito pregonado por ambos: «Juicio contra los burócratas represivos que, mediante su mala gestión, han traicionado, reprimido y defraudado a la clase trabajadora cubana» (Segundo gran objetivo de los trumpistas).
Aunque se esconden tras falsas posiciones de denuncia del bloqueo, al abogar por un cambio de régimen se desnudan y dejan expuestas sus verdaderas entrañas reaccionarias y el real propósito de estimular la rendición de los cubanos, crear el caso, provocar violencia y propiciar una intervención militar que restablezca el estatus neocolonial de Estados Unidos sobre la isla, perdido el 1 de enero de 1959 con el triunfo de la Revolución de Fidel y Raúl.
A quienes persiguen esos objetivos mezquinos expuestos por esa entelequia Comunistas Cuba, aseguran, o creen, o desean, que los cubanos han abandonado el socialismo con los 23 ejes y las 176 transformaciones, les digo una cosa:
Cuba no solamente ha sido víctima del bloqueo yanqui que la aísla. Lo ha sido también de la distopía que ha genera el cambio de época, de los paradigmas corrompidos y falsos, de su propio orgullo de mantener la utopía fidelista, guevarista y martiana en la que el ser humano es el centro de un paraíso que se construyó únicamente en Cuba y que generó tanto odio en los centros de poder imperiales. No fue, ni es, un estado fallido, sino todo lo contrario, y por eso la ferocidad de Trump.
Como aún existe, la Revolución cubana es más odiada todavía, y quienes critican y hacen campaña contra los cambios, lo hacen desde la acera de estadounidense, no de la cubana. Pero también les digo otra:
No hay claudicaciones. Quienes han estudiado los clásicos del marxismo saben que las épocas económicas no se distinguen por lo que produce, sino cómo se produce. También que mientras los medios fundamentales de producción y las líneas sociales de desarrollo están en manos del Estados, ese régimen sigue siendo socialista, aunque lo demás utilice factores del libre mercado.
Eso sucede en China, en Vietnam, en República Democrática de Corea y en Cuba aun con las medidas anunciadas.
Si estas han sido decididas, no es por una voluntad de cambio de modo de producción ni de sus derivadas relaciones sociales, sino porque el país no puede vivir dentro de una urna de cristal. Cuba no es una torre de Babel. Cuba es una trinchera de salvación del hombre.

