
El antimperialismo monolítico plantea unir a la izquierda frente a Trump, la ultraderecha y las divisiones políticas que debilitan al progresismo.

Muchos amigos de un gran valor moral y ético, de probada honestidad, admirable vocación revolucionaria y de amor al prójimo, me comentan que llegó el momento de crear una nueva izquierda para enfrentar con mayor éxito y eficiencia la lucha contra el nuevo fascismo liderado por el gobierno republicano de Donald Trump.
Sin enzarzarnos en discusiones, preferiría que el análisis se centre en el momento político en el que tenemos un resurgimiento del fascismo, y definir si en verdad necesitamos construir una nueva izquierda o si es más aconsejable cambiar la visión y de cómo enfrentar esta infortunada realidad.
Hay algo muy cierto, y es que la dispersión y la discrepancia que caracterizan a los movimientos y partidos progresistas en nuestros días expresan una debilidad peligrosa de la izquierda, muy bien aprovechada por la derecha para ganar territorio sobre el pensamiento político y la acción. La iniciativa les pertenece y es la que está a la ofensiva, golpeando. Todos lo sabemos.
Estamos presenciando un desparrame global ideológico que fragmenta y atomiza a la izquierda a tal punto que las facciones y organizaciones políticas llegan a repudiarse entre sí y dentro de sí mismas, en lugar de cooperar por compartir principios, aumentar su cercanía ideológica, despotenciar los conflictos y eliminar lo que el filósofo Jason Brennan define como «enemigos situacionales» dentro de un mismo bloque.
Ver esta publicación en Instagram
Es un punto a favor de quienes abogan por la creación de esa nueva izquierda que, por ahora, no es más que un deseo angustioso que lo aviva la impunidad del conservadurismo en su movimiento disruptivo, frente a la inercia de comunidades con identidades casi gemelares, pero que sus discrepancias magnifican lo que los separa en lugar de fortalecer lo que los une.
Esos enfoques dispares provocan escisiones motivadas por facciones internas o se mezclan con rencores personales que tienden a cerrar canales de comunicación y convertir la relación en un asunto irreconciliable. Es lo que desea el imperialismo.
Surgen posiciones inoportunas que dejan el esqueleto de la izquierda con todos los huesos afuera, tanto de la tendencia afín al pragmático como al radicalismo, y abandonan el terreno de la concertación, la tolerancia y la unidad, cuyos caminos se cierran mientras se amplían los de la división.
La izquierda global se convierte en un conjunto de visiones con más ojos que Argos por un enfoque del mundo multívoco. No es malo si no fuera porque, al no haber unanimidad o al menos consenso de criterios para la acción, las posibilidades de rompimiento crecen por mucho que se intente fortalecer la estructura ideológica para que no se derrumbe ante los sismos trumpistas.
Actuar en contrario es facilitarle la tarea al adversario, pues si hay dispersión política o ideológica, la hay también del voto porque reduce las posibilidades de construir mayorías competitivas, lo que beneficia directamente al polo opuesto.
Los ejemplos están a la mano. Recuérdese solamente a Colombia con Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella. Eso está ocurriendo no solo en América Latina, sino también en Europa, lo cual beneficia grandemente al fascismo resurgente en Estados Unidos con Donald Trump a la cabeza.
Ello debería hacer reaccionar a la izquierda y presionar para que las coaliciones progresistas sean más ideológicas que pragmáticas, a fin de evitar o disminuir el riesgo de crear discordias que las alejen de la ciudadanía, donde radica el verdadero poder.
La izquierda tiene otro hándicap en contra, y es el dominio de la tecnología de la comunicación que ejerce la ultraderecha y la usa abiertamente para avivar el odio y el rechazo hacia todo atisbo de progresismo, mediante una publicidad penetrante y destructiva de algoritmos y reflejos condicionados.
Ver esta publicación en Instagram
La nueva tecnología ha amplificado la capacidad operativa de la derecha con resultados de gobiernos subordinados como los de Argentina, Chile, Bolivia, Ecuador, Venezuela, Honduras y Perú, o una Europa carcomida por divisiones con una izquierda desunida.
Ante este escenario, la debilidad objetiva del imperialismo se vuelve menos evidente, pero mucho más peligrosa: han construido el espejismo de un poder absoluto en la figura de Trump, haciéndolo pasar por una fuerza capaz de dominar o destruir el mundo.
Quien no lo quiera ver así es porque no lo desea, pero hay caos en la izquierda cuando lo que se impone es orden, respeto, fidelidad en los principios y unidad, y eso es válido para el movimiento progresista mundial.
Esa fractura adquiere una connotación geopolítica internacional cuando las discrepancias hacen que se pierda el sentido histórico de procesos como las guerras en Ucrania e Irán, cuyas raíces vienen desde tiempos pretéritos que no es necesario recordar, pues todos los conocemos.
Aun así, en la izquierda europea hay grandes contradicciones en torno a ambos conflictos que ocasionan preocupación y tristeza, y abonan en favor de una rusofobia que puede acarrear graves consecuencias.
En América Latina, la repulsión política y de principios es más evidente y destructiva entre partidos con base ideológica común en teoría, y se hace más evidente cuando luchan entre sí por el control del poder, lo cual puede llegar a extremos de traición e implosiones internas capaces de hacer añicos la unidad que se estimaba irrompible.
No hay muchas alternativas, y tampoco tanto tiempo para escoger el rumbo que el mundo está exigiendo para detener el avance del fascismo.
Debe pensarse que la decisión que se tome no puede limitarse a la disyuntiva de nueva izquierda o unidad de la actual, sino que, sea cual sea, tiene que ser sobre la única base posible: el antimperialismo monolítico.

