
MEDIACIONES
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¿Cuánto de lo que creemos ser responde realmente a un proceso de autoconocimiento y cuánto es resultado de los discursos que consumimos? Vivimos en una época en la que parece más sencillo preguntarle a una inteligencia artificial quiénes somos que detenernos a descubrirlo. Buscamos respuestas inmediatas para inquietudes que, paradójicamente, requieren tiempo, reflexión y, muchas veces, acompañamiento profesional.
Basta con abrir TikTok para encontrar un video que enumere cinco señales de ansiedad, siete características de una persona narcisista o los comportamientos que supuestamente revelan un trauma infantil. En cuestión de segundos podemos identificarnos con alguna descripción y asumirla como propia. Lo preocupante no es buscar información sobre nuestra salud mental, sino convertir explicaciones generales en diagnósticos personales y confundir la identificación con el conocimiento.
Algo similar ocurre con la inteligencia artificial. Le preguntamos a ChatGPT por síntomas físicos, conflictos de pareja o patrones psicológicos, esperando respuestas que nos permitan comprender lo que experimentamos. Aunque estas herramientas pueden acercarnos a información valiosa, también pueden generar una falsa sensación de certeza. Una respuesta bien redactada no necesariamente es correcta y una explicación convincente tampoco sustituye el criterio profesional y aunque parezca que la IA sabe todo de nosotros y nos trate con cierta cercanía, estas interacciones tampoco suplen el contacto humano.
La psiquiatra Marian Rojas Estapé ha insistido en la importancia de comprender cómo la atención, las emociones y el entorno digital influyen en nuestro bienestar. Sus reflexiones sobre la hiperestimulación y la búsqueda de gratificación inmediata permiten plantear otra pregunta: ¿estamos utilizando la tecnología para conocernos mejor o para evitar la incomodidad de no tener respuestas?, pues pareciera que todo vacío ya sea emocional o de datos debe ser llenado y a la mayor velocidad posible.
El problema adquiere otra dimensión cuando confundimos popularidad con veracidad. Miles de reproducciones, comentarios o personas compartiendo una misma afirmación pueden hacernos creer que estamos frente a una verdad incuestionable. Sin embargo, los algoritmos no necesariamente privilegian la información más rigurosa, sino aquella capaz de mantener nuestra atención. Así, una opinión repetida suficientes veces puede terminar pareciendo un hecho.
En tiempos de incertidumbre, esta dinámica resulta especialmente significativa. Necesitamos pertenecer, encontrar explicaciones y sentir que nuestras experiencias tienen sentido. Los colectivos digitales ofrecen espacios de identificación y acompañamiento, pero también pueden convertirse en cámaras de eco donde las opiniones se refuerzan mutuamente y las perspectivas diferentes encuentran cada vez menos lugar.
¿Hasta qué punto elegimos libremente nuestras ideas cuando los contenidos que recibimos están condicionados por nuestras búsquedas, interacciones y preferencias anteriores? La aparente personalización de internet puede hacernos sentir comprendidos, cuando en realidad estamos siendo expuestos a una selección de discursos que confirma lo que ya pensamos. Esa sensación de seguridad puede transformarse en una forma sutil de dominación: no porque alguien nos obligue a creer, sino porque dejamos de cuestionar.
Aunque la apropiación de discursos no necesariamente es negativa, sí corremos el riesgo de adoptar posturas y etiquetas sin mayor cuestionamiento por el simple hecho de que resuenen de manera esperanzadora ante los miedos colectivos, de ahí que existan tendencias o movimientos que puedan crear una identidad que atente contra derechos humanos bajo el pretexto de orden y progreso, no es la primera vez que algo así resuena en la humanidad, pero sí es la primera ocasión en que la tecnología puede dar mayor eco a ideologías que incrementan la segregación e incluso la violencia.
Quizá el verdadero desafío contemporáneo no sea acceder a más información, sino desarrollar la capacidad de discernirla. Aprender a convivir con preguntas abiertas, contrastar fuentes y reconocer que no todo lo que nos representa nos define, aprender a conocernos bajo procesos propios de experimentación y no solo mediante las pantallas.
Porque conocernos implica mucho más que encontrar una descripción con la que coincidamos. También requiere atrevernos a cuestionar aquello que creemos saber de nosotros mismos. Y en una sociedad que ofrece respuestas para prácticamente todo, tal vez uno de los mayores actos de libertad sea recuperar la capacidad de construir nuestras propias preguntas.

