• Hoy, ¿quién decide lo que lees ante la reorganización del poder informativo, cuando el 83% de la población mexicana tiene acceso a internet y el 66% utiliza las redes sociales para informarse semanalmente?

¿Imaginó usted que llegaríamos al punto de que las noticias las viéramos en un teléfono portátil, los noticiarios en páginas web o en YouTube, o que la información dejara de consultarse en los medios y, fundamentalmente, circulara en plataformas? Pero lo peor: que, mediante algoritmos, alguien decidiera qué contenidos nos aparecieran, a quiénes y con qué frecuencia.
La magnitud de este cambio la mide el Digital News Report 2026 del Reuters Institute, un centro de investigación académica y de debate sobre el periodismo y los medios globales con sede en el Reino Unido, que confirma que, a escala global, hoy se accede a las noticias a través de redes sociales y que las plataformas de video se utilizan más que los sitios web y las aplicaciones propias de los medios. ¿Se imagina? durante la semana previa, el 54% de sus encuestados las utilizó para informarse, frente al 51% que acudió a sitios o aplicaciones de organizaciones periodísticas; pero si se incluyen los chatbots de inteligencia artificial, el conjunto de fuentes intermediadas por plataformas alcanza el 56%.
El 83% de la población mexicana —según el reporte— tiene acceso a internet y, semanalmente, el 66% utiliza las redes sociales para informarse. La televisión, en cambio, ha seguido perdiendo terreno: su uso semanal como fuente de noticias cayó al 34%, casi la mitad del nivel registrado en 2017.
Pero no se confunda: esto no significa que los mexicanos hayamos abandonado por completo los medios tradicionales. N+ y El Universal, por ejemplo, han mantenido presencia, al igual que medios digitales como Aristegui Noticias, LatinUS e Infobae México. Lo que cambió —dice el Instituto Reuters— es la puerta de entrada; esto es, el ciudadano puede conocer una noticia en un periódico sin tener que ir al periódico; escuchar a un periodista o entrar a la página del medio que lo emplea; puede enterarse de una decisión presidencial —por ejemplo— a través de TikTok, Instagram, Facebook, YouTube, “X”, o a menudo mediante un fragmento de video, un comentario o un meme.
El creador de contenido como nuevo intermediario
De los mexicanos encuestados por el Reuters Institute, 39% declaró informarse a través de creadores o influencers especializados en noticias, representando uno de los porcentajes más altos entre los países hispanohablantes consultados para este estudio; además, el 27% utiliza TikTok para obtener información, lo que modifica absolutamente la relación tradicional entre el periodista, el medio y la audiencia; es más, el periodista ya no compite solamente contra otro periodista, ahora lo hace contra influencers, streamers, podcasters, comentaristas políticos, creadores anónimos, usuarios virales y, cada vez más, contra contenidos generados o modificados mediante inteligencia artificial.
La relevancia periodística dejó de ser criterio de selección porque hoy, en el universo algorítmico, compiten la novedad, la emoción, la sorpresa, la indignación, la identificación tribal y la capacidad de generar interacción. Esta transformación —en América Latina— es aún más intensa debido a la penetración de las plataformas sociales y audiovisuales, pero la tendencia mexicana forma parte de un fenómeno regional. En Colombia, por ejemplo, el 35% de los encuestados afirma recibir noticias semanalmente de creadores o influencers; entre los jóvenes de 18 a 24 años, ese porcentaje llega al 40%. TikTok, “X” e Instagram desempeñaron un papel central en la circulación de la información durante el proceso electoral de este país en 2026.
Como fuente semanal de noticias, las redes sociales en Brasil mantienen una ventaja de nueve puntos porcentuales sobre la televisión, mientras que el 33% obtiene información de creadores o influencers centrados principalmente en noticias. En Perú —continúa el estudio—, las redes sociales aumentaron en cinco puntos porcentuales como fuente de información y continúan ampliando su distancia respecto de la televisión. En Argentina, la televisión alcanza aproximadamente a la mitad de los encuestados como fuente semanal de información, pero los formatos de video en directo —especialmente los difundidos en YouTube— han adquirido una importancia creciente entre la juventud.
No es un panorama homogéneo, pero sí presenta una dirección común: la pérdida relativa de centralidad de los medios tradicionales y el crecimiento de un ecosistema en el que plataformas, creadores, video y personalidades digitales adquieren una capacidad creciente para determinar qué temas llegan a la ciudadanía, lo que los pondría en peligro a mediano plazo, de no fortalecer la certeza de sus contenidos.
La diferencia es que: el algoritmo no informa, escoge
El periodista selecciona una noticia siguiendo criterios profesionales, editoriales e, idealmente, éticos; pero el algoritmo de recomendación elige contenidos en función de variables que pueden incluir el comportamiento previo, la interacción, la permanencia, los intereses inferidos y otros parámetros; lo que significa que dos ciudadanos pueden consultar la misma plataforma y recibir universos informativos completamente diferentes.
Esto, sin duda, le está pegando a las democracias; por ello, el Instituto Reuters advierte que el creciente uso de redes sociales y video fragmenta el ecosistema informativo y reduce la influencia del periodismo institucional, mientras aumenta el peso de podcasters, YouTubers, TikTokers y otras personalidades (¿Comentógratas?). El propio informe ha señalado que esta transformación puede contribuir a la polarización política y al deterioro del debate público: “¿Y yo qué tengo que hacer?” respondió hace años el comunicador digital Vicente Serrano cuando comentábamos sobre la importancia de este fenómeno: “Documentarte y no apartarte de la academia”, solo se me ocurrió responderle.
La paradoja es que Internet multiplicó las posibilidades de expresarse, pero también las de manipular; un ciudadano dispone hoy de más información que cualquier generación anterior; sin embargo, tener acceso a millones de contenidos no significa necesariamente estar mejor informado; más bien, podría significar estar más expuesto.
Cuando la libertad de expresión se enfrenta al poder de las plataformas, esta libertad se convierte en un derecho humano fundamental; y ahí está la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, CIDH, quien en su relatoría especial, nos recuerda que ‘la libertad de expresión, a que toda persona tenemos derecho, nos lleva a buscar, recibir y difundir información, opiniones, por cualquier medio’; pero el ecosistema digital introdujo un problema que no existía en la era de la prensa impresa, aunque de las mismas dimensiones: ¿Quién controla las condiciones bajo las cuales una persona puede ser escuchada?
Una publicación puede ser legal y necesaria para la orientación de la sociedad; sin embargo, resulta prácticamente invisible porque el algoritmo no la distribuye. Lo hemos visto: un periodista puede producir una investigación rigurosa, mientras que un contenido falso obtiene millones de visualizaciones; así está diseñado. También que una persona puede ser víctima de una campaña coordinada de acoso, difamación o exposición de información personal, mientras que una mujer periodista o activista puede recibir amenazas y ataques de índole sexual, que son difundidos porque así lo han diseñado los señores de Silicon Valley.
Una organización social puede ser objeto de campañas de desprestigio
En efecto, ya lo ha advertido la CIDH: una comunidad puede quedar atrapada en un ecosistema informativo en el que predominan contenidos que confirman sus propias convicciones. Su relatoría identifica entre los riesgos contemporáneos la desinformación, el troleo, las campañas de desprestigio, la divulgación de información personal, la violencia de género digital, las restricciones arbitrarias al acceso a internet, la moderación indebida y el diseño algorítmico restrictivo.
Por ello, el problema no consiste solo en determinar si una publicación es verdadera o falsa, sino en preguntarnos: ¿Quién la hizo visible? ¿Quién la hizo viral? ¿Quién decidió a quién mostrársela? ¿Con qué datos y frecuencia? ¿Con qué propósito? Y aquí es donde entran en juego los derechos humanos, porque el nuevo ecosistema informativo afecta simultáneamente varios derechos.
Cuando la distribución depende en exceso de sistemas de recomendación opacos, existe el riesgo de que la diversidad informativa sea sustituida por una personalización extrema. La CIDH ha advertido que el ecosistema digital está deteriorando el debate público y ha llamado a desarrollar modelos de gobernanza de contenidos compatibles con los derechos humanos, una voz que sigue siendo inaudible.
El ecosistema informativo en México y América Latina está en una fase de reconfiguración: las redes sociales han democratizado la publicación y acelerado la circulación de la información, pero también han creado vectores de daño que afectan derechos humanos esenciales. Y las respuestas gubernamentales han comenzado a articularse, pero el desafío es complejo: requiere políticas públicas equilibradas, responsabilidad de las plataformas, periodismo robusto y ciudadanía alfabetizada. Solo una estrategia integral y basada en evidencia podrá preservar el derecho a la información veraz y la libertad de expresión en la era digital.
Un ejemplo: El deepfake de la presidenta @Claudiashein
El periodista Fred Álvarez (@lasillarota) escribió en Facebook que “Circula en la red un fragmento que, a simple vista, parece contar una historia de evasión”. Es la escena del pasado martes (22 de septiembre de 2026) en la mañanera, donde el periodista Jorge Chaparro (Mega Noticias) lanzó una de esas preguntas que pesan y exigen respuestas en nuestra vida pública:
«Presidenta: usted no construyó la Línea 12 del Metro, pero tuvo que enfrentar el problema del desplome. Usted no construyó el Tren Maya, pero ha tenido que enfrentar estos incidentes. Usted no construyó el Tren Interoceánico y tuvo que enfrentar un descarrilamiento. Usted no construyó Dos Bocas y ya han ocurrido al menos dos incendios por ahí (…) La pregunta, en concreto, es: ¿por qué no se actúa contra los responsables de esas obras, que sí tendrían que ser quienes respondan ante la sociedad mexicana»?
Lo que sigue en ese video viral —continúa Fred— es un silencio artificial. Segundos deliberadamente vacíos en los que, supuestamente, la presidenta calla, acorralada, antes de limitarse a responder con un evasivo: «es que somos parte de un movimiento…».
“No se vale editar videos de manera perversa para manipular lo que consumimos. Hay que decirlo con total claridad: esta distorsión no fue obra del periodista que formuló la pregunta —quien solo hacía su trabajo—, sino una artimaña fabricada por alguien contrario a la presidenta, alguien que prefirió mutilar los hechos en una sala de edición para sembrar el engaño (…) En tiempos donde las pantallas intentan dictar la realidad a la velocidad de un clic, jugar así con las imágenes es golpear por la espalda la confianza de la gente…”
De acuerdo con “X”, quien lo difundió tiene la cuenta “Personas relevantes” (@JaimeCCS) y agrega que es “LAE, CP, piloto, aviador y analista de costos aeronáuticos desde el año 2000, amante de la tecnología, opinión política, Anti-López, PRO-MÉXICO”. Su actividad más destacada fue un extenso hilo en octubre de 2023 sobre la “opaca venta” del avión presidencial, que generó una amplia discusión pública, señalando que, pese al anuncio oficial de la venta por 1,659 millones de pesos (92 millones de dólares), el Presupuesto de Egresos mantenía una partida de 500 millones de pesos para arrendamiento, lo que consideró evidencia de corrupción. Su frase destacada: “Apesta a robo y corrupción al por mayor”… Como dice Fred, “para la historia inmediata”. (Ver video —YouTube— en @SobrevillasProductions y SociodigitalTV9925)
Fuentes, organismos y estudios consultados:
• Reuters Institute for the Study of Journalism. Digital News Report (informes nacionales y globales).
• Pew Research Center. Estudios sobre el consumo de noticias y de redes sociales en América Latina.
• INEGI (México). Encuestas sobre el uso de internet y de las redes sociales.
• Latinobarómetro. Informes sobre la confianza en los medios y en las instituciones en América Latina.
• UNESCO. Informes y recomendaciones sobre desinformación, libertad de expresión y alfabetización mediática.
• Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OHCHR). Documentos sobre los impactos de las tecnologías digitales en los derechos humanos.
• Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT, México) y comunicados sobre debates regulatorios en torno a las plataformas y la desinformación.
• La Silla Rota y posts de Facebook y YouTube
• Portal de la Presidencia de la República
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