Diez tesis sobre la Tercera Guerra Mundial (II)

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Por Raúl A. Villegas

Si las personas definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias

William Isaac Thomas y Dorothy Swaine Thomas

Tesis 4

No ha existido el tan cacareado “nuevo orden internacional”, ni unipolar, bipolar o multipolar, ni antes ni después de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Tampoco es nuevo el concepto mismo, toda vez que es una idea que se ha ido definiendo en conferencias, discursos y textos diversos de líderes políticos e ideólogos del establishment, principalmente de Estados Unidos. Se atribuye su primer uso político al expresidente Woodrow Wilson, en 1918, luego utilizado con gran difusión mediática por George W Bush en 1990, así como por Mijaíl Gorbachov en su intervención ante la ONU en 1988, donde anunció importantes medidas orientadas hacia la paz y la libertad de elección. Todos ellos hablaban de un promisorio futuro para la humanidad, mediante un acuerdo para la paz y la cooperación entre las grandes potencias.

En general, se ha entendido como nuevo orden internacional al cambio drástico en el pensamiento político mundial y al conjunto de normas, instituciones, leyes y acuerdos para regular la convivencia y las relaciones entre los Estados y otros actores globales, para resolver sus conflictos por la vía pacífica, y preservar la estabilidad y la vigencia del derecho internacional y la diplomacia. Supuestamente, se buscaba un cambio en las relaciones políticas internacionales, acorde con los cambios que las sociedades contemporáneas habían experimentado en su economía, su desarrollo científico y sus formas de vida con expectativas más elevadas. En la corriente clásica de las relaciones internacionales, las interacciones entre los actores mundiales pueden ser de cuatro tipos: de cooperación, conflicto, asociación y comunicación, aunque puede haber combinaciones entre ellas. Es obvio que hoy prevalecen las relaciones de conflicto creciente entre bloques de naciones, al tiempo que se aceleran todos los demás componentes de la crisis estructural, como la crisis económica, el desastre ambiental, el incremento de las luchas sociales, las pandemias y el quebranto de la salud pública, etc. En 1940, AH Wells escribió un libro de título “The New World Order”, donde propone otro esquema de relaciones internacionales que pudiera guiar al mundo hacia la paz, y para lograr ese fin se requería, según el autor, de un gobierno mundial socialista, científicamente planificado para defender los derechos humanos. “Sin una revolución en los asuntos internacionales y el establecimiento de los derechos humanos, nuevas guerras destructivas serán inevitables” (Wells, 2017, p. 126).

El concepto nuevo orden mundial se utiliza en dos contextos: geopolítico y como teoría de la conspiración. Ésta última es más que todo una cuestión de fe política o religiosa, como el Gran Israel que se propone Benjamín Netanyahu, o el Reich de los mil años, de Hitler. Por su naturaleza jabonosa, no científica y ajena a nuestro objeto de estudio, no abordaré esta cuestión. Desde el punto de vista geopolítico, el concepto pretende describir los cambios en el equilibrio del poder y conflictos entre los Estados y otros actores, que hoy transitan hacia otras formas de organización del poder en el territorio, a lo que llaman multipolaridad. Es parte esencial del discurso de los actuales dirigentes de Rusia, China, los países integrados del BRICS y sectores de la llamada izquierda progresista latinoamericana. Un concepto no bien definido que hasta hace poco fue utilizado con entusiasmo por la derecha liberal, ahora es el predilecto de la izquierda de todos los matices. El “orden mundial”, como la “pax romana” es una forma de dominación imperialista, acordada entre las grandes potencias para dividir el mundo en zonas de influencia y evitar o retrasar la confrontación militar y la destrucción total. Por ello, algunos ignorantes de la geopolítica hablan de un nuevo orden bipolar, tripolar, cuatripolar, etc, es decir, un acuerdo fundamental entre dos o más bloques de potencias. Como promesa milenarista o expresión retórica pacifista no suena mal. Pero como posibilidad real, no pasa de ser un concepto devenido en slogan publicitario que tiene la función de esconder la realidad política que está bajo la alfombra: la lucha sin cuartel entre el viejo león dominante que no quiere renunciar a los privilegios de su hegemonía mundial, y los jóvenes depredadores, más hábiles y fuertes, que deben derrotarlo para sobrevivir y fundar su propio linaje dominante. El “nuevo orden internacional” es a lo mucho una utopía (u-topos, algo que no existe), como tampoco tiene factibilidad el “nuevo orden regional” en Medio Oriente, que no es más que otro frente de la confrontación mundial entre grandes potencias. La guerra a muerte es condición de vida para ellas, y no hay lugar en el festín del poder para los enemigos derrotados, salvo como esclavos del vencedor. Basta con ver el trato que ha dado Trump a sus “aliados” europeos, sobre todo a partir de la guerra en Ucraniae¿.

Tesis 5

La Tercera Guerra Mundial en proceso, es el desenlace histórico del agotamiento sistémico del capitalismo neoliberal, y su avance no depende de las buenas o malas intenciones de los gobernantes en turno de algún país, como ahora nos lo quieren presentar los defensores del mesiánico “orden”, que en realidad es un soberano desorden que ha conducido ya a tres enormes conflagraciones mundiales. Los líderes, caudillos e iluminados sólo pueden acelerar o retardar el enfrentamiento final. El único factor con capacidad decisoria que puede superar la posibilidad de la guerra, son las grandes masas, sobre todo los trabajadores de la ciudad y del campo, unidos con los sectores medios ilustrados, las mujeres y los jóvenes donde reside todavía la consciencia de clase y la responsabilidad que esto implica para el cambio social radical. El siglo XXI, con la quiebra estructural de su sistema dominante, al mismo tiempo que representa la amenaza de la destrucción parcial y total, también es la mejor oportunidad que ha tenido la humanidad para liberarse del yugo de la opresión capitalista, sexista e imperial.

El siglo XX fue sin duda, un periodo de guerras, revoluciones y sangrientas represiones, sobre todo en el lapso que va de 1913 a 1945, donde tuvieron lugar las dos guerras mundiales, seguido de una larga Guerra Fría con decenas de guerras regionales, luchas de liberación nacional y devastadoras intervenciones imperialistas, como en Corea, Vietnam, Afganistán, Cuba y Medio Oriente. Fue, en palabras de Eric Hobsbawm, un caudaloso río de sangre y sufrimiento. Pero también fue un siglo de dolorosas decepciones, donde la esperanza de un mundo mejor pareció morir entre los restos del derrumbe de la URSS y la renuncia en la realidad burocrática del comunismo chino, para abrazar abiertamente la causa capitalista e imperialista. Junto con estos hechos de magnitud histórica suprema, la derrotas y defecciones de grandes movimientos populares en América Latina, Asia y África, contribuyeron a la derrota moral y política de los partidos socialistas y comunistas en todo el mundo. Con todo el dramatismo que tiene la muerte de una esperanza centenaria y el naufragio de un ideal en las turbias aguas de la corrupción y el interés capitalista, no obstante esta dolorosa experiencia también representó una valiosa enseñanza que ahora podemos rescatar para un programa civilizatorio de largo aliento, y en otro momento futuro para construir una sociedad que no repita los errores y deformaciones de otras revoluciones. Una reflexión inicial se impone en este repaso de experiencias catastróficas: ¿En qué falló la humanidad, en el programa que pretendió aplicar, o en la forma de aplicarlo? A riesgo de ganarme el odio eterno del Santo Oficio guardián de la ortodoxia, creo que en ambos. Desde el programa general esbozado por Carlos Marx y Federico Engels, en el “Manifiesto del Partido Comunista”, la dictadura del proletariado fue un principio fundamental en su visión futura del mundo. El otro fue la visión lineal del proceso histórico del desarrollo de las sociedades, que al ser profundamente desigual, establecía diferencias abismales en la forma que adoptarían los procesos revolucionarios en cada país. En los años 60´s y 70´s del siglo pasado se repetía que la revolución sería mundial en su contenido y nacional en su forma. Un esquema sin fundamento, nada más que eso. En los hechos, las directrices estratégicas, políticas, programáticas y tácticas se impusieron a escala mundial desde Moscú primero, y luego también desde Pekín, de acuerdo con los intereses propios y los compromisos contraídos por las burocracias con el imperialismo. Ello condujo a los pueblos de todos los continentes a derrotas inducidas tan dolorosas como la Revolución Española, la derrota de los trabajadores alemanes y el ascenso de Hitler, etc.

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