SE VA LA ÚLTIMA FIGURA DEL CARDENISMO HISTÓRICO

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COLUMNA: CIBERSEGURIDAD POLÍTICA

29 octubre 2026

La partida de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano no es solo un hecho luctuoso; es el acta de defunción de una forma de hacer política. Con su fallecimiento, la izquierda mexicana entra en una profunda orfandad ideológica, despidiendo al hombre que prefirió la construcción de instituciones y la vía pacífica, antes que el incendio del país en 1988. Cuauhtémoc Cárdenas fue el ingeniero que en 1987 diseñó los planos de la transición democrática, fracturando al PRI desde sus entrañas creando e impulsando a la Corriente Democrática como una especie de Caballo de Troya partidista para exigir que se abriera la consulta a las bases para definir la nominación del candidato a la Presidencia de la República hacia el proceso electoral de 1988.

Cárdenas Solórzano también jugó un papel histórico con el telón de fondo de la reforma política del Distrito Federal de 1996, que abrió la puerta para terminar en 1997, vía la primera contienda en las urnas, con la prolongada época de los Regentes del Departamento del DF. Su victoria electoral lo convirtió en el primer gobernante de la Jefatura de Gobierno de la capital y estrenó así una nueva fase en el proceso democrático demostrando que la oposición civilizada podía gobernar la capital.

La izquierda de Estado y el vacío moral

Luego de tres décadas, el panorama luce radicalmente distinto. El fallecimiento del ingeniero Cárdenas coincide con la pérdida del registro nacional del Partido de la Revolución Democrática (PRD), partido que él mismo fundó en 1989 para reaglutinar a los tradicionalmente dispersos agrupamientos de la izquierda, según declaró en entrevista que le hice el 7 de mayo de 1989 en la Sala de Armas de la Magdalena Mixhuca, justo el día en que se selló la desaparición del Partido Mexicano Socialista (PMS) y el consecuente surgimiento del PRD.

Con los movimientos y nuevos pesos y contrapesos registrados en el casi centenario sistema partidista mexicano se consuma el monopolio absoluto de Morena como el único eje del poder público. Sin embargo, el vacío más grave no es de siglas, sino de estatura moral. Cuauhtémoc Cárdenas representaba una izquierda institucional y plural, que defendía los contrapesos democráticos y el diálogo republicano. Su ausencia extingue a la última voz con la autoridad necesaria para criticar, desde el mismo espectro progresista, los excesos centralizadores del poder actual.

La batalla por el epitafio y la estatua de bronce

Tras el último adiós ante el féretro del afamado hijo del “Tata Lázaro” (Cárdenas del Río), comienza la disputa inevitable por su memoria. El oficialismo se apresurará a colocarlo en el bronce como un simple «precursor» o el primer eslabón que pavimentó el camino para la llamada Cuarta Transformación. Pero reducir a Cárdenas a un mero antecedente es ignorar su esencia: un hombre que, a pesar de su obsesión por alcanzar la presidencia de la República y los escollos que enfrentó de sus tres fallidas campañas electorales, jamás sacrificó la legalidad por el pragmatismo de masas. Mientras la izquierda actual se cobija en la polarización, la figura del Ingeniero quedará en la historia como el recordatorio de una izquierda que prefirió la República antes que el dogma.

La muerte del Ingeniero y el fin de la congruencia

La partida de Cárdenas Solórzano es mucho más que un mero relevo generacional; es el epitafio de la última izquierda digna, congruencia e institucional que conoció este país. Al morir el Ingeniero, sucumbe también la idea de una opción progresista que respetaba el Estado de Derecho y sustentaba su actuación en las leyes, amén de que creía en el pluralismo y entendía que el poder no justifica todo exceso ni cualquier bajeza.

Cárdenas fracturó al régimen priista desde sus entrañas no para construir otro rebaño vertical, sino para abrir las compuertas de la democracia. El hombre que en 1988 prefirió la resistencia pacífica antes que incendiar la República para saciar su obsesión presidencial, hoy deja al desnudo las miserias de quienes heredaron su capital político solo para pervertirlo.

Morena y la traición al sello ideológico

Mientras el PRD de Cuauhtémoc Cárdenas agonizaba hasta perder el registro, Morena consolidaba su metamorfosis: de movimiento social transitó a convertirse en una maquinaria de Estado que hizo propios los peores vicios del viejo PRI, al que tanto criticaba. La izquierda actual, encarnada en el oficialismo de los gobiernos de la Cuarta Transformación, ha intercambiado la vieja agenda progresista —la de los derechos plenos, la autonomía ciudadana y la descentralización del poder— por un crudo pragmatismo electoral basado en la entrega directa de dinero y el culto a la personalidad. Morena no busca la transformación que Cárdenas idealizó; busca la permanencia absoluta mediante la destrucción sistemática de los contrapesos democráticos que el propio Ingeniero ayudó a construir con las reformas de la década de 1990.

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El arquitecto de las reglas del juego

Es una ironía perversa de la historia. El fallecimiento de Cuauhtémoc Cárdenas coincide con el periodo de mayor destrucción institucional que ha sufrido México en el último medio siglo. Aquello que el Ingeniero construyó con paciencia infinita, marchas pacíficas y pactos republicanos tras el fraude de 1988, hoy es demolido sin parpadear desde la cúpula del poder. Cárdenas no solo arrebató la capital del país al régimen unipartidista tricolor en 1997, sino que fue el motor definitivo que obligó al viejo sistema a ceder terreno para crear un árbitro electoral autónomo y garantizar que los votos contaran. Toda la arquitectura democrática nacional —desde el equilibrio legislativo hasta la existencia de minorías visibles— lleva el sello del cardenismo histórico.

El asalto al INE y la justicia arrodillada

La tragedia contemporánea es que la autodenominada «izquierda» en el poder, encarnada por Morena, se ha dedicado a pulverizar sistemáticamente cada uno de estos avances. El Ingeniero pasó sus últimos años levantando la voz en defensa de la autonomía del Instituto Nacional Electoral (INE). ¿La respuesta del oficialismo? Un estrangulamiento presupuestal y reformas destinadas a capturar al árbitro para regresar a los tiempos donde el gobierno organizaba y sancionaba sus propias elecciones. El desprecio de Morena por el legado de Cárdenas es absoluto: mientras el Ingeniero buscaba acotar el poder del Ejecutivo mediante la ley, la llamada Cuarta Transformación ha quebrado el orden constitucional con la colonización y destrucción del Poder Judicial, sometiendo a los jueces al aplauso del mitin y al capricho de las encuestas del partido.

El retorno del monocultivo político

Lo que hoy vivimos no es una evolución democrática; es una regresión autoritaria hacia el México hiperpresidencialista que el propio Cárdenas combatió en 1987 al salir de las entrañas del PRI. Morena ha quebrantado el sello de la izquierda plural para revivir los peores vicios del unipartidismo: la intolerancia a la crítica, la militarización del territorio nacional y la asfixia de la representación proporcional para sobrerrepresentarse de manera tramposa en el Congreso. Al despedir al Ingeniero, el oficialismo intentará colgarse de sus glorias pasadas mediante discursos solemnes. Sin embargo, la realidad es tajante: cada contrapeso destruido y cada institución debilitada por este régimen es una bofetada directa a la memoria de Cuauhtémoc Cárdenas y a la lucha democrática de millones de mexicanos.

Trascendencia Política y Democrática

La figura de Cárdenas es indisociable de la democratización mexicana. Su mayor valor radica en haber encauzado el descontento social y la fragmentación de las fuerzas progresistas hacia una vía institucional, pacífica y electoral. Su irrupción rompió la hegemonía absoluta del PRI y demostró que la alternancia era una posibilidad real en un sistema fuertemente autoritario. Con su liderazgo, la izquierda mexicana dejó de ser un movimiento marginal o clandestino para convertirse en una fuerza con auténtica vocación de poder.

Logros y Avances de Cuauhtémoc Cárdenas en la Arena Pública

• La Corriente Democrática: Junto a Porfirio Muñoz Ledo, fracturó al PRI desde sus entrañas. Esta disidencia cuestionó el rumbo neoliberal del partido y exigió democracia interna, sirviendo como la plataforma idónea para su renuncia y posterior movilización civil.

• El Frente Democrático Nacional (FDN): En 1988, articuló una coalición sin precedentes que aglutinó a partidos de izquierda, organizaciones sociales y descontentos del régimen, desafiando de manera real al oficialismo en las urnas.

• Fundación del PRD: El 7 de mayo de 1989 fundó el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Este partido nació con el objetivo explícito de ser una alternativa innovadora capaz de reagrupar a las corrientes de izquierda tradicionalmente dispersas.

• Jefatura de Gobierno del DF: Tras la reforma política de 1996, capitalizó el voto urbano y se convirtió en el primer gobernante electo en las urnas de la Ciudad de México en 1997, demostrando la capacidad de la izquierda para gobernar la capital de la república.

Escollos en la Búsqueda de la Presidencia

A pesar de su peso histórico, la aspiración de Cárdenas por alcanzar la silla presidencial enfrentó severos obstáculos estructurales y coyunturales a lo largo de tres campañas (1988, 1994 y 2000):

• El fraude de 1988 y la «caída del sistema»: En su primer y más cercano intento, se enfrentó a toda la maquinaria del Estado. El proceso electoral quedó marcado por la opacidad y la manipulación cibernética que operó a favor de Carlos Salinas de Gortari. Aunque Cárdenas optó por la resistencia pacífica para evitar el derramamiento de sangre, este episodio consolidó el gran mito de su triunfo robado.

• La rigidez del aparato estatal: En sus posteriores intentos, debió competir contra un sistema que aún controlaba los recursos públicos, los medios masivos de comunicación y las reglas electorales, limitando la equidad de las contiendas.

• El desgaste y el surgimiento de nuevos liderazgos: Para el año 2000, su insistencia copó los espacios de su propio partido, generando fricciones internas. Su figura comenzó a percibirse como un símbolo del pasado frente a opciones de cambio más pragmáticas o mediáticas, lo que diluyó su arrastre popular de antaño.

La partida del Ingeniero Cárdenas deja a la izquierda mexicana en una profunda «orfandad ideológica», marcando el cierre definitivo del ciclo del nacionalismo revolucionario y consolidando el monopolio absoluto de Morena como el único eje de poder progresista. Su fallecimiento a los 92 años rompe el último lazo con una izquierda que priorizaba la construcción de instituciones democráticas, el pluralismo no sectario y la mesura por encima de la polarización.

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