A 25 AÑOS DEL 11-S: EL TERRORISMO CAMBIÓ DE FORMA

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Por Natalio Steiner

A veinticinco años de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el terrorismo internacional no desapareció: cambió de métodos, estructura y escenario.

El ataque contra las Torres Gemelas y el Pentágono fue producto de una Al Qaeda centralizada, capaz de preparar durante años una operación extremadamente compleja, trasladar terroristas entre distintos países y coordinar ataques simultáneos. Aquella modalidad provocó una profunda transformación de los sistemas de seguridad occidentales.

Estados Unidos y sus aliados destruyeron campos de entrenamiento, persiguieron dirigentes terroristas, reforzaron los controles aeroportuarios y fronterizos y desarrollaron una cooperación internacional de inteligencia sin precedentes. También se intensificó el seguimiento de las fuentes de financiación y de las comunicaciones de organizaciones extremistas.

Pero los grupos terroristas se adaptaron.

Las grandes estructuras fueron reemplazadas parcialmente por pequeñas células y por los denominados “lobos solitarios”: individuos radicalizados capaces de atacar utilizando medios simples como cuchillos, vehículos, armas de fuego o explosivos improvisados.

La expansión del Estado Islámico marcó una segunda transformación. ISIS convirtió Internet y las redes sociales en herramientas fundamentales para reclutar seguidores, difundir propaganda e inspirar atentados a miles de kilómetros de sus bases territoriales.

Hoy, Al Qaeda e ISIS ya no poseen la capacidad territorial y operativa que tuvieron en sus momentos de mayor poder, pero continúan activos mediante numerosas filiales, particularmente en África, Medio Oriente y partes de Asia.

También aparecieron nuevos desafíos. Los grupos terroristas pueden utilizar comunicaciones cifradas, criptomonedas, drones comerciales y nuevas tecnologías para propaganda, financiación, reconocimiento de objetivos o planificación de operaciones.

La lucha antiterrorista también evolucionó. Las grandes intervenciones militares fueron dejando paso a operaciones de inteligencia, fuerzas especiales, ataques selectivos, vigilancia tecnológica y cooperación entre servicios de seguridad.

El objetivo principal pasó a ser prevenir el atentado antes de que ocurra: detectar procesos de radicalización, identificar movimientos financieros sospechosos e interceptar redes que operan cada vez más en el espacio digital.

El resultado es una paradoja. Organizar otro ataque de la magnitud del 11-S es hoy considerablemente más difícil, pero detectar a un individuo aislado dispuesto a atacar con recursos mínimos puede resultar igualmente complejo.

Veinticinco años después, aquella tragedia continúa dejando una enseñanza fundamental: el terrorismo no permanece estático. Se adapta a las defensas que se levantan contra él. Y la lucha para enfrentarlo exige inteligencia, cooperación internacional y capacidad permanente para anticiparse a su próxima transformación.

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