
Por José Sobrevilla
OK Nota otredades 11/08/2026
• Las plataformas digitales, la desinformación y el control de los flujos informativos permiten proyectar influencia sin ocupar territorio… Estados, empresas tecnológicas y alianzas reguladoras compiten y cooperan a la vez en un tablero en el que datos, algoritmos, minerales, energía y estándares son los nuevos ‘territorios’ estratégicos.
H.G. Wells escribió en 1940 ‘El nuevo orden mundial’, un libro en el que abordaba el ideal de un mundo sin guerras, donde la ley y el orden emanaran de un organismo rector mundial, y en el que examinaba diversas propuestas e ideas; sin embargo, hoy este concepto político y sociológico describe los profundos cambios en el equilibrio del poder global, las reglas económicas y las alianzas internacionales. Tras periodos de crisis o guerras, se marca la transición de un sistema de poder antiguo a otro nuevo, en el que la geopolítica contemporánea ha dejado de centrarse casi exclusivamente en el control territorial y militar clásico para convertirse en una competencia multidimensional. Ahora el poder se disputa en torno a la tecnología, los datos, la inteligencia artificial, la información, la energía, los recursos estratégicos y las cadenas de suministro, donde la economía, la seguridad y la innovación se entrelazan profundamente.
El nuevo orden mundial, entendido como una competencia por el control de la infraestructura inteligente del planeta, ya no depende únicamente de las capacidades militares o del tamaño de la economía, sino también de la capacidad para desarrollar, entrenar y desplegar inteligencia artificial a gran escala.
Como hemos dicho en otras colaboraciones, el poder internacional y la geopolítica se asociaban históricamente con las fronteras, los recursos naturales y los equilibrios militares; hoy, el control de las tecnologías críticas se considera un asunto de seguridad nacional. El análisis académico vincula esta evolución con la crisis de la globalización y con formas de “mercantilismo regulatorio”: los Estados emplean normas, estándares y restricciones tecnológicas como instrumentos de poder. La experiencia de la Guerra Fría, cuando la tecnología ya se consideraba una cuestión de seguridad entre Estados Unidos y la URSS, se actualiza en la rivalidad actual.
En este marco, la Unión Europea busca recuperar “el control” de la regulación tecnológica, mientras Estados Unidos y China compiten por la supremacía en semiconductores, inteligencia artificial (IA), 5G y computación cuántica, a medida que múltiples actores redefinen la soberanía digital, la gobernanza de internet y los flujos de datos.
El liderazgo en inteligencia artificial, chips avanzados, plataformas digitales y estándares técnicos determina las capacidades económicas y militares, hasta el punto de que quien controla la infraestructura digital, los algoritmos y los grandes volúmenes de datos influye en las narrativas, la opinión pública, el espionaje y la guerra de la información. La ciberseguridad, la soberanía digital y la posible fragmentación de internet se convierten en ejes de poder.
Las cadenas globales de valor —especialmente las de semiconductores, minerales críticos y tecnologías limpias— ahora constituyen vulnerabilidades geopolíticas; pandemias, conflictos (como la guerra en Ucrania) y tensiones entre Estados Unidos y China expusieron dependencias e impulsaron estrategias de de-risking (reducción de riesgos), near-shoring, friend-shoring y onshoring, más que un desacoplamiento total. La transición energética multiplica la demanda de minerales y materias primas; asegurar su suministro se convierte en una cuestión de seguridad nacional y de competitividad industrial.
Energía, fabricación avanzada y capacidad de innovación forman un triángulo inseparable. Políticas como el CHIPS and Science Act o la Inflation Reduction Act en EE.UU., y las iniciativas europeas de ‘soberanía tecnológica’, ilustran cómo la política industrial se ha geo-politizado para reducir las dependencias de proveedores ‘no confiables’ y reforzar la resiliencia.
Las plataformas digitales, la desinformación y el control de los flujos informativos permiten proyectar influencia sin ocupar territorio; la competencia por los estándares, la gobernanza de datos y los “relatos globales” forman parte de la misma disputa por el orden internacional.
No se trata del fin de la globalización, sino de su reconfiguración; la “hiperglobalización” se debilita; persisten interdependencias profundas, a menudo reencaminadas a través de terceros países, mientras crecen el de-risking y la competencia por los nodos críticos (chips, tierras raras, IA, cables submarinos, centros de datos, energía).
Como ha dicho Gerardo Galarza (analista político), la geopolítica actual es multidimensional porque la seguridad ya no se separa de la economía ni de la innovación. El control de los nodos tecnológicos y de suministro otorga un poder comparable (o superior) al del control territorial clásico. Estados, empresas tecnológicas y alianzas reguladoras compiten y cooperan a la vez en un tablero en el que datos, algoritmos, minerales, energía y estándares son los nuevos “territorios” estratégicos.
2026, la era de las reconfiguraciones
La evidencia acumulada por organismos internacionales, centros de investigación y universidades coincide en una conclusión: el mundo ya no transita hacia un orden internacional unipolar ni estrictamente multipolar, sino hacia un orden «tecno-geopolítico», en el que la inteligencia artificial, los semiconductores, los datos, la computación en la nube y la infraestructura digital son factores de poder tan importantes como el petróleo, el poder militar o el sistema financiero; transformación que no supone únicamente un cambio tecnológico, representa una reconfiguración del poder económico, político, militar y cultural a nivel mundial.
Después de la Guerra Fría, Estados Unidos consolidó un orden internacional basado en su superioridad militar, financiera y tecnológica; sin embargo, diversos estudios de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, Organización de las Naciones Unidas, UNESCO, Foro Económico Mundial, Stanford Institute for Human-Centered Artificial Intelligence, coinciden en que el poder internacional ahora depende crecientemente del dominio de cinco recursos estratégicos: inteligencia artificial, semiconductores, centros de datos, capacidad computacional y datos masivos.
La IA se ha convertido en una infraestructura estratégica comparable a la electricidad o al internet en el siglo XX. Aunque existen numerosos actores relevantes, el nuevo orden mundial gira principalmente en torno a tres modelos: Estados Unidos, que mantiene el liderazgo en investigación científica; empresas de frontera (OpenAI, Anthropic, Google DeepMind, Microsoft, Nvidia); infraestructura de nube e inversión privada. El AI Index de Stanford muestra que Estados Unidos continúa encabezando el desarrollo de modelos fundacionales y concentra gran parte de la inversión privada mundial en IA.
China persigue una estrategia completamente distinta. El Estado considera la IA un componente central de su política industrial y de seguridad nacional. Ha desarrollado grandes modelos lingüísticos propios, cadenas nacionales de suministro, producción de chips y plataformas digitales, así como ecosistemas abiertos como Qwen, DeepSeek y Kimi. La estrategia busca reducir la dependencia tecnológica del exterior y ampliar su influencia internacional mediante la infraestructura digital y la cooperación tecnológica.
La Unión Europea intenta diferenciarse mediante un enfoque regulatorio. Su prioridad es construir una IA segura, transparente, respetuosa de los derechos humanos, sometida a supervisión pública; aunque conserva fortalezas científicas e industriales, diversos análisis advierten que necesita acelerar las inversiones para no quedar rezagada frente a Estados Unidos y China.
Uno de los cambios conceptuales más importantes consiste en que los Estados ya no solo defienden fronteras físicas; ahora buscan controlar sus datos, su nube, sus modelos de IA, sus centros de procesamiento y sus redes de telecomunicaciones. La literatura reciente denomina a este fenómeno soberanía digital, entendida como la capacidad de un Estado para decidir sobre sus infraestructuras digitales y evitar depender estratégicamente de actores externos. Los datos se convierten en el nuevo recurso estratégico.
Si durante el siglo XX el petróleo fue el recurso más codiciado, numerosos estudios sostienen que ahora, en el siglo XXI, los datos desempeñan un papel equivalente. Los modelos avanzados requieren enormes volúmenes de datos para entrenarse; por ello, aumenta la competencia internacional por infraestructura digital, almacenamiento, sensores, satélites, servicios en la nube, conectividad global.
Como hemos venido expresando, la disputa por los datos ya forma parte de la seguridad nacional; la IA influye en la inteligencia estratégica, la vigilancia, el reconocimiento satelital, la defensa cibernética, la logística militar y los sistemas autónomos, hasta el punto de que la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) advierte que la competencia por estas capacidades puede desencadenar una nueva carrera tecnológica con implicaciones para la estabilidad internacional.
Así, las empresas tecnológicas adquieren influencia geopolítica. Otra característica inédita es que las compañías privadas participan directamente en la toma de decisiones estratégicas. Empresas como OpenAI, Google, Microsoft, Nvidia, Alibaba o Tencent desarrollan tecnologías de impacto global, mientras que sus inversiones y alianzas condicionan las políticas nacionales y las cadenas de suministro. La interacción entre Estados y grandes empresas tecnológicas redefine la gobernanza internacional.
La ONU impulsa la creación de mecanismos internacionales para la gobernanza de la IA. El Panel Científico Internacional Independiente sobre inteligencia artificial identifica siete ámbitos prioritarios: ciencia, economía, seguridad, derechos humanos, democracia, sostenibilidad y gobernanza, y advierte de que el desarrollo tecnológico avanza más rápido que las instituciones encargadas de regularlo.
La democracia entra en una nueva etapa: la UNESCO sostiene que la IA modifica profundamente la vida democrática mediante la personalización masiva de contenidos, la desinformación automatizada, la manipulación algorítmica, nuevas formas de deliberación pública y lo que se empieza a denominar “gobierno algorítmico”. Por ello, propone fortalecer la transparencia, la rendición de cuentas y la protección de los derechos fundamentales en el uso de sistemas de IA, mientras que la ONU advierte que el desarrollo de la IA está altamente concentrado en un reducido número de países.
Sin inversiones en infraestructura, talento y capacidades locales, muchas economías podrían quedar dependientes de tecnologías extranjeras, lo que ampliaría las brechas económicas y digitales entre el Norte y el Sur global. Las grandes empresas tecnológicas adquieren un papel geopolítico comparable al de muchos Estados y la gobernanza internacional enfrenta el reto de establecer reglas comunes antes de que la velocidad del desarrollo tecnológico supere la capacidad de regulación.
En conjunto, organismos como la ONU, la OCDE, la UNESCO, la UIT y el Stanford HAI (Stanford Institute for Human-Centered Artificial Intelligence) está enfocados en promover y guiar el desarrollo de la inteligencia artificial centrada en el ser humano, e insisten en que el sistema internacional está transitando hacia un orden tecno-geopolítico, donde la inteligencia artificial constituye uno de los principales determinantes del poder, la competitividad y la influencia global en el siglo XXI.
Principales fuentes consultadas
• Sciencedirect.com
• Siemens-energy.com
• Energy.gov
• Cambridge.org
• Ifri.org
• Coursebrowser.dce.harvard.edu
• https://www.unesco.org › artificial-intelligence
• https://tecscience.tec.mx/es/educacion-y-humanismo/la-unesco-y-el-tec-observatorio/
• https://www.hacerempresa.uy/edicion-riesgo-mano-a-mano-con-ricardo-galarza/
• https://www.weforum.org/stories/artificial-intelligence/the-ai-race-is-becoming-a-race-to-power-and-europe-faces-new-test/

