
Los líderes de la Unión Europea deben estar disgustados porque en ningún momento de la ampliamente difundida visita del presidente de China, Xi Jinping, a Estados Unidos, esa región, otrora factor omnipresente en el plano internacional, fue nombrada ni siquiera casualmente.
Su protagonismo mundial goza de un pretérito bastante olvidado y alejado del protagonismo que logró el siglo pasado, entre otras causas por un fuerte sometimiento a Estados Unidos que se inició en medio, y sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Washington, con alma carroñera, se cebó de sus restos tras la derrota del nazismo hitleriano.
Desde ese momento, la vieja y culta Europa comenzó a perder su brillo, y hoy en sus cúpulas no queda ni la platina que lo preserva. La actualidad política internacional así lo demuestra, y es algo lamentable. Lleva como 80 años siendo base de operaciones para el fortalecimiento del imperialismo yanqui, y sigue sin reaccionar, como una entidad minusválida.
Esa dependencia, radicalizada con Trump, cuyas amenazas parecen ser muy efectivas en todos los gobiernos de la UE, hace que vean el bosque ante sus ojos, pero no los árboles, y sus malas relaciones con Rusia los obnubilan y no los dejan razonar correctamente sobre asuntos trascendentes como las guerras de Ucrania e Irán.
La última, porque no les incumbe, es un conflicto particular de Estados Unidos e Israel; y la primera, porque sí les atañe directamente, y podrían solucionarla de una forma pragmática y mucho más beneficiosa para ellos que dejar que sea Trump quien negocie su finalización.
En el concierto internacional, cuya línea estratégica fue trazada de alguna manera por Xi Jinping en Washington al puntualizar la necesidad de un equilibrio estratégico entre las dos potencias para evitar una hecatombe, y no por Trump, quien no pudo contrarrestar los mensajes del visitante por una evidente falta de alternativas, la UE no ha tenido voz.
Erróneamente, se sigue concentrando en su enfrentamiento con Rusia a través de Ucrania, mientras la cadena de suministro de petróleo continúa soltando eslabones y se les acorta, y los altos precios los afectan y agravan las contradicciones internas que la debilitan mucho más aún, a pesar de que la convulsa situación internacional le está pidiendo a gritos que sea de verdad una unión europea y no una desunión.
Trump, al menos, se ha dado cuenta de que la guerra en Ucrania no conduce a nada bueno, y que mientras más se extienda en tiempo, también lo puede hacer en espacio y complicarse más todavía, con el consecuente aumento del daño económico que ya le ha ocasionado a la UE.
La tozudez europea le ha permitido a Estados Unidos, desde la época de Joe Biden —quien la indujo al incumplir los Acuerdos de Minsk de 2014 y propiciar el avance de la OTAN al este con el objetivo de amenazar la seguridad nacional de Rusia—, capitalizar el conflicto y sacarle el máximo jugo posible, como aspirar a quedarse con las tierras raras y otros minerales ucranianos.
Fue Europa la causa más directa de la firma del Acuerdo de Recursos Minerales entre Ucrania y Estados Unidos, firmado en el primer semestre de 2025, porque es parte del chantaje por la ayuda militar. EE. UU. no da nada gratis. El pacto le asegura a Washington beneficios comerciales y de suministro, con lo cual desplaza las prioridades e intereses que la Unión Europea tenía puestos en el subsuelo ucraniano.
No busquen más culpable de sus males que la propia UE por su error estratégico e histórico de hacer suya la guerra ucraniana propiciada por Biden y aumentada por Trump. De haberse cumplido los acuerdos de Minsk, incluida la no alteración de las fronteras de la OTAN, la situación política, económica, social y militar fuera otra muy distinta.
Rusia, hasta ahora, no está interesada en las riquezas de las que sí lo están la UE y EEUU. Pero los europeos tendrán que apurarse si quieren sacar alguna ganancia del conflicto. Si la guerra se acaba por la vía estadounidense y no por la del viejo continente, ni siquiera van a conseguir las migajas por las que habrían invertido tanto dinero y esfuerzos.
Ucrania cuenta con yacimientos estimados en billones de dólares. Alberga 22 de los 34 minerales catalogados como estratégicos por la propia Unión Europea, incluidos el litio, el grafito, el titanio y el uranio, pero que ni cuente con ello, pues todo eso es comida para la geofagia yanqui y sus necesidades de materiales para seguir desarrollando la IA. Hacerse dueño de esa riqueza es el declarado propósito de Trump.
Es bueno que París, Londres, Berlín y, en general, los 27, recuerden que el acuerdo firmado otorga a Estados Unidos derechos preferentes para la exploración y explotación de estos yacimientos, además de un fondo de inversión conjunto en el que se prevé la repartición del 50% de las futuras ganancias derivadas de las licencias mineras y energéticas.
Sin embargo, es difícil que EEUU lo pueda disfrutar y explotar mientras Ucrania esté en guerra, así que la UE tiene sus razones al desconfiar de las presuntas negociaciones directas entre Putin y Trump sin la participación de Zelensky, quien, para Washington, no pinta nada más allá del bufón que siempre fue.
Entonces, ¿por qué la UE alimenta la guerra que no podrán ganar jamás y, en su lugar, ocupa el protagonismo que ahora les arrebata Trump ante Putin? Es una cuestión de lógica, racional y pragmática.
Ese mismo pensamiento deberían aplicarlo a Oriente Medio. ¿Qué sentido tiene apoyar a Israel y enemistarse con Irán y favorecer a EEUU? ¿Hacerse cómplice de los genocidas de Gaza repudiados por todo el mundo? ¿Cifrar esperanzas en Arabia Saudita con todos los problemas que se ha buscado Riad con Yemen y exponiéndose a que los bloqueos de Ormuz y Bad el Mandeb escalen a grados insoportables para Europa y los precios del crudo y el gas lleguen al cielo, o se rompan las cadenas de suministro, pudiéndolas rehabilitar con Rusia?
Claro, para levantar la prohibición de exportar diésel y gas desde Rusia, es necesario levantar las sanciones sobre su importación, pero sería algo positivo, no negativo, porque las tensiones políticas bajarían a un mínimo y las comerciales seguramente serían mucho más estables y beneficiosas para las partes.
Incluso, en el supuesto improbable de que Ucrania gane la guerra, la UE perdería de forma definitiva el suministro de hidrocarburo y gas barato ruso para comprárselos muy caro a Estados Unidos, pues los yacimientos ucranianos pasarán a ser propiedad de las empresas yanquis por la exigencia de Trump a Kiev de que tendrá que «pagar de vuelta» la ayuda recibida, con un acumulado hasta la firma del acuerdo de 500.000 millones de dólares en recursos.
¿Cuál es el futuro de Europa? No hay que ser pitonisa para imaginarlo. En primer lugar, una enorme pérdida de soberanía, que es lo más grave y lastimoso de todo. Además, una planeación económica subordinada a Washington, como antaño lo fue al Plan Marshall de tan triste recordación.
Pérdida de autonomía en lo que los expertos denominan transición verde, partiendo del supuesto real de que Europa dependía del subsuelo ucraniano para reducir su profunda subordinación hacia China en el suministro de tierras raras y minerales críticos indispensables para su transición energética.
Ahora la dependencia sería de Estados Unidos y en condiciones de sometimiento. Una extorsión eterna que condicionará la toma de decisiones políticas y de cualquier naturaleza de la UE. Lo más probable es que la unión no resistiría, entonces se fraccionaría y desaparecería, debilitando peligrosamente a cada uno de los 27 individualmente.
Resumiendo, la Unión Europea es la naranja exprimida entre Washington y Pekín como consecuencia de ser, por su gusto, el eslabón más débil de la cadena. Ello, tanto por sus vulnerabilidades estructurales como individuales caracterizadas por un factor común: la fragmentación política que afecta gravemente la toma de decisiones, y la dependencia de una OTAN que sigue estando bajo el paraguas del Pentágono.
Si la UE quiere sobrevivir y que se tenga en cuenta en el universo de naciones, su primer paso es ser independiente real y no virtual, superar su vulnerabilidad económica y tecnológica, liberar sus fuerzas para buscar contrarrestar la dependencia energética y de materias primas críticas para su industria.
Pero, sobre todo, romper el nudo gordiano que la amarra a una dependencia multidimensional de Washington y una confrontación abierta, indeseable y peligrosa con Moscú. Mientras no lo haga así y subordine sus intereses a los de EEUU, aunque sea a regañadientes, seguirá siendo una Europa minusválida.


