Ceuta y Melilla: los migrantes como arma y munición

Mouris Salloum George Director general del Club de Periodistas de México, A.C. Periodista, escritor y analista, con una extensa trayectoria en el periodismo en México.

Hay fronteras que dividen territorios. Hay otras que dividen intereses. Y existen algunas, como la de Ceuta, donde la frontera se convierte directamente en un instrumento de poder.

Ceuta es una anomalía geográfica convertida en problema geopolítico: territorio español situado en el norte de África, rodeado por Marruecos y conectado políticamente con la Unión Europea. Su posición convierte cada movimiento en la frontera en algo mucho más importante que una cuestión migratoria.

Allí se cruzan soberanía, seguridad, intereses europeos, relaciones hispano-marroquíes, la cuestión del Sáhara Occidental y, sobre todo, el control de los flujos migratorios.

Y cuando la migración entra en el tablero geopolítico, quienes migran dejan de ser solamente personas que buscan una vida mejor.

Se convierten en una variable estratégica.

La frontera como arma

Marruecos conoce perfectamente el valor de su posición.

Durante años, la Unión Europea ha dependido de países vecinos para contener la migración antes de que alcance sus fronteras. Marruecos se convirtió así en un socio indispensable para España y para Bruselas en materia de vigilancia fronteriza, lucha contra las redes de tráfico y control de las rutas migratorias. Human Rights Watch señala que España ha incrementado el apoyo financiero y material destinado a Marruecos para labores de vigilancia fronteriza.

El problema aparece cuando esa dependencia genera una vulnerabilidad.

Porque quien controla el flujo también puede influir sobre la presión.

La crisis de Ceuta de mayo de 2021 mostró hasta qué punto podía ser explosiva esa dinámica. Aproximadamente 10,000 personas entraron en el enclave entre el 17 y el 19 de mayo, en un episodio que se produjo después de que las autoridades marroquíes aparentemente dejarán de aplicar los controles fronterizos en medio de una disputa diplomática con España.

La imagen fue extraordinariamente poderosa: miles de personas cruzando hacia territorio europeo mientras España desplegaba fuerzas de seguridad para contener la situación.

Pero detrás de aquella imagen había algo todavía más importante.

La frontera había demostrado que podía convertirse en mecanismo de presión diplomática.

No era necesario disparar un misil o movilizar un ejército. Bastaba con abrir parcialmente una puerta.

El migrante como munición

Aquí aparece la parte más incómoda de la discusión.

Hablar de migrantes como “arma” puede sonar brutal. Y precisamente por eso resulta necesario utilizar el concepto con cuidado: no significa que las personas que migran sean responsables de una estrategia estatal ni que todas las llegadas sean organizadas por un gobierno.

Significa que la vulnerabilidad humana puede ser instrumentalizada por actores políticos.

Cuando un Estado controla una frontera y sabe que al otro lado existe una demanda migratoria enorme, ese control adquiere valor político.

Cerrar la frontera puede convertirse en una demostración de cooperación.

Abrirla o relajarla puede convertirse en una señal.

Aumentar los controles puede utilizarse para demostrar compromiso.

Y permitir que la presión crezca puede convertirse en una forma de recordarle al vecino que su seguridad depende, al menos parcialmente, de quien está al otro lado.

El problema es que las piezas de ese juego no son fichas de ajedrez.

Son seres humanos, familias, jóvenes y niños.

Son personas que, en muchos casos, han atravesado guerras, pobreza, persecución o años de incertidumbre antes de llegar a una frontera.

En 2021, Human Rights Watch estimó que entre 1,500 y 3,000 de las personas que llegaron a Ceuta eran menores de edad. Las instalaciones de acogida quedaron desbordadas y cientos de niños permanecieron en condiciones precarias. (Human Rights Watch)

La pregunta entonces deja de ser solamente quién controla la frontera.

La pregunta es:

¿Qué ocurre cuando la vida humana se convierte en instrumento de negociación?

Marruecos y el valor estratégico de Ceuta

Para comprender Ceuta hay que mirar más allá de la migración.

Marruecos no reconoce la soberanía española sobre Ceuta y Melilla y considera ambos territorios enclaves ocupados. Al mismo tiempo, España considera ambas ciudades parte integral de su territorio.

Eso convierte cualquier crisis migratoria en algo potencialmente mucho más delicado.

Porque la frontera no solamente separa Marruecos de España.

Separa también dos concepciones distintas de soberanía.

Y detrás aparece otro conflicto: el Sáhara Occidental.

Las relaciones entre Madrid y Rabat han atravesado diferentes etapas de tensión y acercamiento, y la posición española respecto al plan marroquí para el Sáhara ha sido uno de los elementos fundamentales de su relación bilateral reciente. En ese contexto, Ceuta funciona como uno de los puntos donde la capacidad de presión marroquí puede hacerse visible de manera inmediata. Reuters ha señalado que la crisis migratoria de 2021 fue interpretada ampliamente como una reacción de Rabat a una disputa diplomática relacionada con la presencia en España de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario.

La frontera, entonces, deja de ser únicamente una frontera. Se convierte en mensaje.

Pero Europa tampoco es inocente

Sería demasiado cómodo construir una narrativa en la que Marruecos aparece como el único actor que instrumentaliza la migración.

Europa también lo hace.

La Unión Europea lleva años externalizando parte de su política migratoria. En términos sencillos: intenta mantener el control de sus fronteras lejos de las fronteras físicas de sus Estados miembros.

Marruecos intercepta. España recibe. Europa financia.

Y el migrante queda atrapado entre los tres.

Esta arquitectura puede ser eficaz desde el punto de vista de la seguridad, pero también genera una contradicción profunda.

Europa quiere controlar quién entra, pero necesita que otros países controlen quién llega.

Quiere defender sus fronteras, pero depende de Estados que no pertenecen a la Unión Europea para hacerlo.

Quiere hablar de derechos humanos, pero negocia simultáneamente con gobiernos cuya prioridad es el control territorial y fronterizo.

La crisis de Ceuta expone esa contradicción con una claridad difícil de ignorar.

En 2026, la Comisión Europea volvió a señalar la importancia estratégica de Marruecos para el control migratorio y propuso reforzar la cooperación y el apoyo a la gestión fronteriza. Al mismo tiempo, funcionarios europeos advirtieron contra la utilización de la migración como instrumento de presión sobre un Estado miembro.

La paradoja es evidente.

Europa necesita a Marruecos para proteger su frontera.

Pero cuanto más depende de Marruecos, mayor es la capacidad de Rabat para convertir esa dependencia en influencia.

2026: la historia vuelve a repetirse

Y aquí está la razón por la que Ceuta vuelve a ser relevante.

En julio de 2026, una nueva crisis llevó a decenas de miles de personas a intentar entrar en el enclave español. Reuters reportó que aproximadamente 60,000 personas intentaron llegar a Ceuta en medio de dificultades económicas, desinformación en redes sociales y redes de tráfico de personas. El episodio volvió a despertar sospechas sobre el papel de los controles marroquíes, aunque Rabat rechazó las acusaciones de haber facilitado deliberadamente el movimiento.

Posteriormente, autoridades europeas reclamaron una cooperación todavía mayor con Marruecos, mientras que el propio gobierno marroquí sostuvo que la crisis estaba relacionada con redes de tráfico, desinformación y una interpretación errónea de una decisión judicial española.

Eso es precisamente lo interesante.

No hace falta demostrar que cada migrante fue enviado por un gobierno para entender el mecanismo geopolítico.

La instrumentalización puede existir incluso dentro de una crisis que tenga múltiples causas.

Pobreza, desinformación, redes de tráfico, desempleo, desesperación, decisiones judiciales, política migratoria y tensiones diplomáticas.

Todos estos factores pueden coexistir.

Y todos pueden terminar produciendo el mismo resultado:

una frontera sometida a presión y una población migrante atrapada en ella.

El verdadero poder está en decidir cuándo se abre la puerta

La lección de Ceuta es mucho más profunda que “Marruecos deja pasar migrantes”.

El verdadero poder fronterizo consiste en decidir cuándo se abre y cuándo se cierra.

Y ese poder no pertenece exclusivamente a Marruecos.

España también lo ejerce. La Unión Europea también.

Los acuerdos de readmisión, los visados, las ayudas económicas, las operaciones de vigilancia, las devoluciones y los controles fronterizos forman parte de una misma arquitectura de poder.

Por eso, si queremos hablar seriamente de geopolítica, debemos abandonar la idea de que existe un único manipulador y unas únicas víctimas pasivas.

Existe un sistema. Y dentro de ese sistema, cada actor utiliza las herramientas que tiene disponibles.

Marruecos tiene la proximidad geográfica. España tiene la frontera europea. Bruselas tiene el dinero, el mercado y los acuerdos.

Las redes criminales tienen rutas clandestinas.

Y los migrantes tienen, muchas veces, solamente sus cuerpos.

Por eso son la parte más vulnerable.

Y precisamente por eso pueden convertirse en la parte más explotable del tablero.

Una munición que también dispara contra quien la utiliza

Existe, sin embargo, una ironía en esta estrategia.

Utilizar la migración como mecanismo de presión puede generar beneficios diplomáticos inmediatos, pero también puede destruir la confianza necesaria para gestionar precisamente aquello que se pretende controlar.

Cada crisis de Ceuta fortalece a quienes dentro de Europa exigen fronteras más duras.

Cada llegada masiva alimenta discursos xenófobos.

Cada imagen de una frontera desbordada puede convertirse en argumento electoral.

Y cada episodio de tensión entre Marruecos y España puede empujar a Europa a reforzar todavía más su dependencia de la vigilancia exterior.

El arma puede terminar disparándose contra quien la sostiene.

Porque cuando la migración se convierte en instrumento político, desaparece el espacio para una política migratoria racional.

Todo se transforma en seguridad, se convierte en amenaza y termina detrás de una valla.

El migrante no debería ser una frontera

Ceuta plantea una pregunta que Europa todavía no ha sabido responder:

¿Hasta dónde está dispuesta Europa a externalizar sus fronteras antes de externalizar también sus responsabilidades?

España no puede ser únicamente la muralla de Europa.

Y los migrantes no pueden ser la munición de nadie.

La frontera puede y debe ser controlada.

Pero controlar una frontera no significa convertir la desesperación humana en instrumento diplomático.

Porque cuando un gobierno puede presionar a otro utilizando el movimiento de miles de personas, cuando Europa responde transformando la migración en una cuestión predominantemente de seguridad y cuando quienes cruzan terminan siendo tratados como cifras, entonces la frontera deja de proteger únicamente un territorio.

Empieza a proteger intereses. Y esa diferencia importa. Mucho.

Ceuta no es solamente una ciudad española en África.

Es un laboratorio de la geopolítica contemporánea.

Un lugar donde soberanía, migración, seguridad, dinero y diplomacia chocan en apenas unos kilómetros.

Y donde queda expuesta una verdad incómoda:

En la política internacional, quienes tienen menos poder suelen terminar pagando el precio de las negociaciones entre quienes tienen más.

La frontera se convierte en arma.

La desesperación se convierte en estrategia.

Y el migrante, sin haberlo elegido, termina convertido en munición.

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